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Mayo 18, 2009

Así es la vida de los pastores de Marulanda, municipio donde dicen que hay más ovejas que personas

Escrito en: | MundoNoticias |

En el verde de las montañas, a más de 2.800 metros sobre el nivel del mar, deslumbra una avalancha blanca. Cuatro hombres tratan de contenerla y de llevarla por su cauce. Son doscientas ovejas, cada una con su cría, que abrigan el paisaje de Marulanda.

Su cuidado es toda una tradición en esta localidad y los logros de estos pastores les han permitido llevar su experiencia y ejemplares a otras zonas del país.

Octavio Llanos Ruiz es uno de los que ha crecido entre ovejas. “Desde los 5 años lidio con ellas. Mis primeras 20 cachorras me costaron 20 pesos y hoy tengo 1.800. Lo que más me gusta es el repoblamiento, hemos llevado ovejas a Nariño y Cauca”, dice el señor, de 70 años, uno de los principales ovinocultores de Colombia.

La rutina de los rebaños comienza todos los días a las 6 a.m., cuando los pastores sacan las ovejas del establo a los potreros y les dan sal, agua y buenos pastos. Se comunican con ellas a través de silbidos y gritos, que evitan que se desorienten y se pierdan. Sin embargo, es común que los pastores deban salir tras algunas descarriadas o aquellas que han sido abandonadas por sus madres.

“Lo más lindo de ser pastor es ver crecer al animal, el proceso de vida de una oveja”, afirma Leonardo Arenas Álvarez, gerente de la Cooperativa Ovina de Marulanda, con 200 socios y 700 hectáreas para pastoreo.

Luego de consentirlas, los pastores comienzan el esquilado. Con tijeras o a veces con máquinas les quitan la lana con tal habilidad que, en solo 10 minutos, el animal que antes era una bola blanca, queda limpio.

Empacan la lana en costales, la trasladan a unas lavadoras industriales y las ponen al sol para secarse. Por cada arroba de lana les dan 25 mil pesos.

Es ahí donde entran las mujeres de las familias, que pasan la lana por una máquina llamada calamechera, que la desmenuza. Luego, la tejen, la filetean y comienzan a peinarla con el mismo cuidado con el que los pastores lidiaban a las ovejas.

La jornada de pastoreo termina cada día cuando las cuentan. “De dos en dos es mejor”, dice Llanos, para quien una oveja perdida es como un hijo que debe tener cerca de su vida.

RICARDO VEJARANO
ENVIADO ESPECIAL EL TIEMPO
MARULANDA (CALDAS)

- [Fuente Original]

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