Doménikos
Theotokópoulos, El Greco, nació en 1541, en Candía,
capital de la isla de Creta. Hasta la edad de veinticinco años,
vivió en su ciudad natal ejerciendo la profesión
de pintor. Existe una gran laguna de documentación en esta
época de juventud de El Greco.
El origen de su estilo artístico
se sitúa en el enfrentamiento de la cultura latina y griega,
puesto que aunque es instruido en los conocimientos occidentales
básicos, también desarrolló una sólida
formación en la antigua cultura griega
y bizantina.
Toda su vida firmó y leyó en griego, a la vez que
practicaba con fervor el catolicismo, sin despreciar la cultura
ortodoxa como desvela en muchas de sus pinturas. Su
obra más importante de esta época es "Tríptico
de Módena", que exhibe tanto la originalidad de
su intelecto, como una potente capacidad de expresión pictórica.
En las obras de su primera etapa, El Greco muestra ya su orientación
y su alto grado de compromiso con los esquemas figurativos renacentistas.
En 1568 emigró a Venecia en busca de mejores mercados para desarrollar su carrera y para
perfeccionarse en el arte. Dos años más tarde instaló
su residencia en Roma, cuando aún era un pintor totalmente
desconocido y en proceso de formación. Con este viaje completó
su conocimiento sobre los grandes pintores renacentistas y fue
introducido en los ambientes artísticos romanos.
Se
relacionaba con eruditos, con poetas y con sacerdotes, sin
embargo, no lo hacía con otros pintores.
En 1572 ingresó en la Academia
de San Lucas y fue nombrado "Miser Dominico Greco".
La primera obra firmada por el artista de esta etapa italiana
es una tabla de pequeñas proporciones dedicada a San Francisco.
En la última fase del periodo veneciano, realizó
dos pequeñas pinturas al temple, sobre tabla: "La
Expulsión de los mercaderes del templo"
y "La
curación del ciego", concebidas en una monumental
escala en contraste con las diminutas dimensiones del formato,
que muestran fuertemente su carácter veneciano por la utilización
del color y su tendencia a la inclusión de elementos triviales
y anecdóticos, además de la imaginativa y teatral
decoración arquitectónica, de amplias perspectivas
asimétricas. Estas obras representan el trabajo más
ambicioso del pintor hasta el momento, a pesar de evidenciar también
su inmadurez pictórica, y hacen patente su dominio de la
cultura veneciana. No existe
apenas ninguna diferencia entre la pintura veneciana y romana
de El Greco, debido al estrecho intervalo de tiempo existente entre
ambas, sin embargo en Roma comenzó su atrevimiento pictórico
y su manierismo.
En 1577 vivía ya en Toledo,
donde realizó tres retablos para la iglesia de Santo Domingo
el Antiguo, que aún mantienen la influencia italiana, y
un lienzo para la sacristía del monasterio del El Escorial
encargado por Felipe II en 1580 con el tema de "El Martirio de
San Mauricio". Al poco tiempo de su llegada a Toledo inició una relación
de amor con Jerónima de las Cuevas, con ella convivió
sin pasar por el matrimonio y tuvo a su hijo en 1578, Jorge Manuel,
que comenzaría a trabajar con su padre en su juventud.
Durante toda su estancia en Toledo tuvo que enfrentarse a varios pleitos con la jerarquía
eclesiástica, con motivo de los escasos trabajos encargados
por ésta. Mantenía su propio taller de pintura,
vivía de alquiler en un majestuoso palacio del marqués
de Villena, y a pesar de sus cuantiosas ganancias por la gran
cantidad de obras de arte que vendía, se endeudaba con
resuelta facilidad.
Era
considerado por sus coetáneos un hombre ingenioso
e inteligente, a la vez que vanidoso y altanero.
Se relacionaba con eruditos, con
poetas y con sacerdotes, sin embargo, no lo hacía con otros
pintores. En su pequeña biblioteca de libros en griego,
español e italiano, realizaba comentarios teóricos
sobre tratados de pintura y arquitectura. Era considerado por
sus coetáneos un hombre ingenioso e inteligente, a la vez
que vanidoso y altanero.
Tras conseguir un contrato con
la iglesia Parroquial de Talavera la Vieja, el Greco se encarga
de realizar, en 1595 del ostensorio del hospital
de Talavera.
Además de las obras religiosas
comienza una larga realización de retratos de caballeros,
intelectuales y clérigos, que le convierten en uno de los
geniales retratistas de todos los tiempos. "El Caballero de la mano en el pecho", presentado como prototipo del
señor español de la época en numerosas obras
literarias, fue pintado hacía 1580 iniciando la serie de
retratos de caballeros de El Greco, que son plasmados fuera de su
contexto habitual, dotados de una halo de misterio, expresión
de la personalidad del artista, que parece haberlos cargado de
su propio ímpetu y energía interior.
Entre 1586 y 1588 realiza la más
famosa de sus obras, "Entierro del señor de Orgaz (El entierro del Conde de Orgaz)",
cuyo tema conmemora el entierro del conde, en una tradición
o leyenda toledana, según la cual San Esteban y San Agustín
bajaron del cielo para dar sepultura al cuerpo. El cuadro fue
contratado concediendo bastante libertad al artista, por la iglesia
de Santo Tomé de Toledo, lugar en el que aún permanece
la obra.
Entre 1597 y 1607, realiza el retablo del Colegio de doña María de Aragón y los retablos de la Capilla de San José,
el retablo del colegio de San Bernardino, el
retablo del Hospital de Illescas y Los
Apostolados.
En el último periodo de
su vida, El Greco exacerba su subjetividad originando obras altamente
sintéticas y de un puro aire visionario. La "Vista
y Plano de Toledo" del Museo de El Greco, sorprende por
la delicadeza y la ambiciosa exactitud monumental.
Murió en Toledo en 1614.
A pesar de ser un artista
de gran reputación durante su vida, El Greco fue tachado
por generaciones posteriores que le consideraban incapaz en cuanto
a la técnica, además de mentalmente inestable.