El
primer Barroco español, del siglo XVII, nos deja un genial
pintor coetáneo a los grandes artistas del Siglo de Oro.
El reconocible e inmutable, estilo que le remontó a los
altares del éxito durante varias épocas, concluyó
también, condenando su carrera artística.
Nació
en Fuente de Cantos, en la provincia de Badajoz en 1598 en una
familia de comerciantes; pero de su infancia se desconocen todos
los datos, hasta que a la edad de 16 años se convierte
en el aprendiz de Pedro Díaz de Villanueva, un pintor sevillano.
Era una época muy fructífera para el panorama artístico,
definido por una espectacular y una agitada prosperidad
de pinturas y esculturas. Desde la populosa ciudad de Sevilla,
donde el taller de Pacheco, dotado de rasgos de Academia al estilo
italiano, era el más exitoso, se saciaba la demanda de
la clientela religiosa y partían todos los barcos hacía
el nuevo continente.
Sus personajes están dotados de animados y penetrantes rostros
Cuando Zurbarán concluye su aprendizaje se instala con 18 años en el pueblo de Llerena como pintor, donde un año más tarde contrae matrimonio por vez primera, con la viuda María Páez. Sus dos primeras esposas coinciden en ser de mayor edad que el pintor y en pertenecer a familias acomodadas de mercantes.
Al enviudar, Zurbarán se casará de nuevo con Beatriz de Morales, también viuda y madre de varios niños. La venta de cuadros a los fieles clientes de su tierra, cuyos primeros encargos son obras secundarias y algún diseño urbanístico para el pueblo de Llerena, permiten a Zurbarán mantener a su abundante familia. Hasta que en 1626 se hace público su talento, cuando los dominicos del convento de San Pablo de Sevilla le abren el hermético mercado de la ciudad, encargando 21 lienzos, al taller en el que dirige a varios oficiales y aprendices.
Una portentosa habilidad para
reproducir materiales, intensa fuerza expresiva en los rostros,
el delicado cromatismo, y riqueza de color, un abundante abanico
de matices blancos, junto a torpes perspectivas y la incoherencia
espacial... son algunos de los rasgos definitorios de este primer
trabajo importante.
La falta de pericia para construir
espacios y la discordancia en la ordenación de los personajes
de sus cuadros, y la incomprensión de las leyes de perspectiva
y proyección, son carencias constantes en la pintura de
Zurbarán, que sabe compensar con la extraordinaria minuciosidad
que logra plasmar en sus lienzos, donde la textura de objetos,
cabellos y pieles pueden casi palparse. Sus personajes están
dotados de animados y penetrantes rostros, que los distan de los
acartonados semblantes de otros pintores. Por su peculiar concepción
del color, coloca contiguas, tonalidades consideradas contrarias
por la tradición académica, pero que bajo la magia
de su pincel se manifiestan en armónica composición. "La curación milagrosa de Reginaldo de Orléans",
"Santo Domingo" en Soriano y tres padres de la Iglesia,
"San Gregorio", "San Ambrosio" y
"San Jerónimo", son los lienzos que se conservan
de su primer encargo para los dominicos de Sevilla.
El extraordinario "Crucificado",
del Art Institute de Chicago, pintado en 1627, es una representación
del decálogo del Naturismo tenebrista, hondamente acogido
como un estilo propio, en la sensibilidad pictórica de
Zurbarán durante toda su carrera. Al año siguiente,
fijando su objetivo y residencia definitivamente en la capital
Sevillana, pinta 22 lienzos para el convento de la Merced Calzada.
El taller de Zurbarán,
cuyos oficiales realizan obras para toda periferia dejó
marcada su huella, con su particular pintura y estilo propio,
de modelos extraídos de estampas y libros brindados por
los delegantes del lienzo, por toda la comarca andaluza. Junto
al exitoso tema de los crucificados de cuatro clavos, moda del
momento influenciada por el taller de Pacheco, el cordero trabado,
símbolo del sacrificio pascual, cuya blanca lana significa
la pureza y la victoria de la vida sobre la muerta, es otro de
los argumentos predilectos de Zurbarán, que favorecían
su creciente fama, llegando incluso a ser solicitado por Velázquez,
pintor de Felipe IV, para colaborar en el Palacio del Buen Retiro
de Madrid en 1634.
A Zurbarán pertenecen los"Trabajos de Hércules" y los lienzos sobre el "Socorro
de Cádiz", pertenecientes a una la serie de famosas
batallas, a la que pertenece también "Las Lanzas"
de Velázquez.
El reconocible e inmutable estilo condenó su carrera artística
Todos estos éxitos favorecen
la entrada de Zurbarán en el mercado de exportación
a América e incluso, la encomendación del ornamento
de un barco en 1638, para una fiesta en el Buen Retiro de Madrid.
La serie conventual del monasterio
de Guadalupe, firmada en ese mismo año, es uno de los trabajos
claves en su momento artístico y por el que Zurbarán,
pasa a ser conocido por la humanidad. El ciclo histórico-legendario,
dedicado a la Orden jerónima y a su tradicional vinculación
con la Corona de España, se ha conservado intacto, conservando
la distribución original del siglo XVII. Es en este trabajo
donde se hace más evidente la influencia que el estilo
de Ribera ejerce en la obra de Zurbarán.
Sus lienzos posteriores son un reflejo de los conocimientos vividos
y adquiridos en Madrid, principalmente el cromatismo y el paisaje
atmosférico de Velázquez, así como las composiciones
de Bartolomé y Vicente Carducho.
La crisis general española
durante la década de 1640 a 1650 y la sublevación
andaluza mengua los encargos y obliga a los pintores a aventurarse
en mercados alternativos. Nueva España,
Lima, Guatemala y Buenos Aires son los principales destinos que
albergaran la obra de Zurbarán.
La joven Leonor de Tordera se
convierte en la tercera esposa de Zurbarán en 1644, a la
vez que su hijo Juan de Zurbarán comienza a seguir los
pasos de pintor de su padre, colaborando en el taller. Sólo
la epidemia de la peste, llevándose a más de la
mitad de la población, podía acentuar tanto la crisis
Sevillana, por lo que Zurbarán decide cambiar su lugar
de residencia.
Entre 1650 y 1652, un cambio de
estilo, en el que se manifiesta el gusto por el sfumato, un modelado
más blando y delicado, se hace patente en la obra del pintor.
Buscando la protección
y recomendaciones de Velázquez, en 1658 se instala definitivamente
en Madrid, donde su estilo se colma de delicadeza e intimismo,
acariciando los cuadros con blandas y aterciopeladas pinceladas,
en un abanico cromático transparente y luminoso que representa
temas de devoción privada y lienzos de pequeñas
dimensiones. Son los últimos años de vida de Zurbarán,
donde se manifiesta su obra más pura y personal. Muere
en 1664 dejando como testamento los temas religiosos oficiales
de sus lienzos y los cuadros de devoción o profanos y retratos
para particulares. Una enorme devoción por las
Inmaculadas Concepciones y las Vírgenes
niñas o dormidas, las Sagradas Familias,
tiernas y poéticas con connotaciones del costumbrismo español
del momento. El
niño Jesús, los Crucificados,
la figura de San Francisco son temas de especial
predilección, legados en la obra de Zurbarán.