En
medio de los estruendos de la Primera Guerra Mundial nació
en Zurich una de las experiencias más insólitas
de las vanguardias artísticas: el dadaísmo.
A
diferencia de los otros ismos de entonces, empecinados en ofrecer
un programa renovador y coherente que les sirviera de carta de
identidad, el estilo adoptado por los integrantes de aquel movimiento
fue el de no tener estilo, ni norma alguna que pudiera servir
para encasillar sus acciones. Así lo proclamaron en uno
de sus tantos manifiestos, cuando dijeron con toda claridad estar
en contra de los sistemas, porque el más aceptable de todos
era –según ellos- no tener, por principio, ninguno.
Totalmente
libres de ataduras estéticas, artísticas, políticas,
espirituales y hasta morales, los dadaístas se dieron
a la tarea de hacer pedazos...
Totalmente
libres de ataduras estéticas, artísticas, políticas,
espirituales y hasta morales, los dadaístas se dieron a
la tarea de hacer pedazos la vieja imagen del arte y del artista
que la sociedad contemporánea se había empeñado
en cultivar. Y si una de las mayores ambiciones de los creadores
de todos los tiempos había consistido en la búsqueda
del reconocimiento social de su obra, para aquellos jóvenes
iconoclastas tal aspiración carecía ya de sentido,
y se esforzaron por desterrarla de la memoria colectiva mediante
burlas y provocaciones de todo tipo.
Tal actitud no fue, por supuesto, gratuita, sino que estuvo avalada
por los acontecimientos.
Durante una alocución radial en París, Tristan Tzara
–tal vez el principal gestor de aquel movimiento- había
dicho que para comprender dada era absolutamente necesario considerar
dos cosas: primero, el estado anímico de los escritores
y artistas ante el conflicto bélico, y –segundo-
el nivel intelectual del arte y de la literatura en aquellos días.
Suiza
-país neutral durante la guerra- había sido el punto
de arribo de muchas de las personas que huían. También
lo fue de cierta cantidad de escritores y artistas que buscó
refugio en ese país europeo. En tal contexto, un grupo
de los más afines -integrado por el poeta rumano Tzara
(1896-1963), el pacifista alemán Hugo Ball (1886-1927)
y varios pintores y escultores de distintas nacionalidades, entre
los que hallaban Francis Picabia (1879-1953) y Richard Huelsenbeck
(1892-¿?)- dio vida, en 1916, a la insólita experiencia.
Un cabaret que no por casualidad se llamó "Voltaire"
fue el centro de operaciones dada, y punto irradiante hacia el
resto del mundo de la peculiar conducta dadaísta. Decorado
con máscaras del escultor húngaro Marcel Janco (1895-1984),
y pinturas del cubano-francés Picabia, el Cabaret Voltaire
acogió al ruidoso grupo de inconformes procedente de las
naciones beligerantes. Rodeado por un público que no cesaba
de lanzar chiflidos, insultos y carcajadas, Ball recitaba poemas
abstractos y Tzara se hacía acompañar de instrumentos
de percusión durante la lectura de sus "poemas simultáneos".
Las exposiciones de aquellos artistas –siempre escabrosas
y provocadoras-, tenían como fin sacudir a un espectador
adocenado por la costumbre y la vieja moral. Y lo consiguieron
sólo de la única forma posible: mediante el escándalo.
De
esta manera se iniciaba una nueva época en la relación
arte-sociedad y público-artista, basada, esencialmente,
en un intercambio más activo, pues sin la sorpresa o el
escándalo que provocaban sus acciones, dada no habría
alcanzado nunca la aureola y la atención que logró
obtener.
Algunas de las técnicas
empleadas por sus principales representantes enriquecieron,
sin duda, el arsenal artístico contemporáneo.
La
experiencia de Zurich se diseminaría rápidamente
por el Viejo Continente para llegar, en su derrotero, hasta tierras
americanas, donde el arte se hallaba todavía regido por
viejos preceptos academicistas.
Tiene
lugar entonces un fenómeno curioso: mientras el dada neoyorquino
asume un aire entre divertido y absurdo con las insólitas
ocurrencias de Picabia y Marcel Duchamp (1887-1968), la versión
berlinesa adopta un disfraz revolucionario para minar, desde dentro,
los soportes de una Alemania militarista y con ansias de revancha.
Si Duchamp envía a concurso un urinario que titula Fuente,
y Arthur Cravan ofrece una conferencia que concluye con la intervención
de la policía, en una galería de Berlín tiene
lugar la más feroz exposición dadaísta que
cerebro alguno hubiese podido concebir.
En
ella se exhiben alrededor de doscientas obras procedentes de todo
el mundo cuyos temas van desde el sarcasmo político hasta
la virtual obscenidad. Entre las más provocadoras hay una
titulada Arcángel prusiano, y no es otra cosa que un maniquí
-con cara de cerdo y atuendo de oficial- colgando del techo.
Menos explosivas resultarían las versiones alemanas de
Colonia y Hannover, con Max Ernst (1891-1976) y Kurt Schwitters
(1919-1948) como principales protagonistas. Ernst daría
vida a sus fotomontajes y Schwitters inventaría sus collages
Merz, integrados por elementos diversos y fortuitos, hasta arribar
a su obra cumbre: un gigantesco collage, titulado Merzbau, que
llegó a ocupar dos pisos de su casa, y en el que cabía
de todo: colillas de cigarros, boletos de autobús, cabello
humano...
La última estancia de dada fue París, donde un nutrido
grupo de intelectuales –integrado por Paul Éluard,
André Breton, Louis Aragon y otros- continuó haciendo
suyos los mismos principios. Más literario y artístico
que el de Suiza y Berlín, el dada parisino mantuvo su espíritu
perturbador y polémico, asumiendo -a ratos- actitudes contestatarias
que llevaron el movimiento a su extinción. El famoso juicio
a Barrès quebró la unidad del grupo cuando las dos
direcciones principales –la de Breton y Tzara- terminaron
enfrentándose. Y la puesta en escena de una obra del segundo,
El corazón a gas, finalizó a puñetazos entre
los mismos dadaístas.
Como cabe suponer, el fenómeno dada –salvo alguna
que otra excepción- no produjo grandes obras. Su fuerte
–y su razón de ser- estuvo en la sorpresa, la espontaneidad
y el escándalo. Sin embargo, no podría ignorársele
dentro de las corrientes de la vanguardia, ni pensar en un nuevo
modo de concebir el arte de espaldas a sus aportes.
Algunas de las técnicas empleadas por sus principales representantes
-como el fotomontaje, el frottage, y el ready-made
(con el sello de Duchamp)- enriquecieron, sin duda, el arsenal
artístico contemporáneo, convirtiendo el "azar"
en una suerte de doctrina dadaísta. Y aunque resulte ambiguo
calificar de "artísticos" los ready-made
de Duchamp, podemos asegurar que es de lo mejor que nos dejaran
las vanguardias del siglo XX, al punto de que décadas más
tarde dieron paso al pop norteamericano, conocido también
como "neodada".
Al margen de estos "aportes", el dadaísmo quedó
–más que como una gigantesca broma de un grupo de
inconformes- como una poderosa reacción ante el empobrecimiento
espiritual de un siglo que escondía su naturaleza bárbara
debajo del disfraz del nacionalismo patriotero.