La
llegada al poder de los bolcheviques no significó, en sus
inicios, una ruptura de éstos con sus escritores y artistas
de vanguardia.
Muchos
-como Mayakovski, Einseinstein, Tatlin, Rodchenko, Babel, y otros-
no vacilaron en ofrecer sus servicios al joven estado proletario
que se estrenaba, y participaron –aún en medio de
grandes luchas y contradicciones- en los profundos e insólitos
acontecimientos políticos que tenían lugar. El LEF
–Frente de Izquierda de las Artes- fue el ala más
revolucionaria de la vanguardia rusa en aquellos duros años
de privaciones y guerra civil. Organizado por el poeta Vladimiro
Mayakovski, tenía como divisa la lucha por eliminar todo
cuanto estuviese superado por la vida con el fin de crear un arte
nuevo al servicio de las multitudes.
En
líneas generales, los partidarios del LEF consideraban
que el arte no podía reducirse a un "experimento puro",
o convertirse en "juego gratuito", sino que debía
ser expresión de la verdad revolucionaria. Por esa razón
solían rechazar la vieja imagen romántica del artista
como creador de obras únicas. Para ellos, el concepto moderno
del arte tenía que transformar al artista en otra cosa:
una especie de productor –o ingeniero- capaz de crear piezas
útiles para la sociedad.
Vladimir Tatlin (1885-1953), y El Lissitzky (1890-1941), serían
los abanderados de estos principios al desarrollar un arte comprometido,
pero desde los referentes de la vanguardia. La obra más
conocida de Tatlin es su Homenaje a la III Internacional,
revolucionaria en cuanto a su concepción artística
y también en cuanto al empleo de los materiales. El Lissitzky
-por su parte- ofrecería una verdadera lección a
sus contemporáneos al pintar Con el ariete rojo
golpead a los blancos, cuadro en el que nos ofrece una
versión distinta acerca del empleo de los elementos formales.
En él, los triángulos, círculos y demás
formas geométricas se cargan de sentido ofreciéndonos,
metafóricamente, una verdadera épica de la guerra
civil.
El LEF –Frente de Izquierda de
las Artes- fue el ala más revolucionaria de la vanguardia
rusa en aquellos duros años de privaciones y guerra
civil.
No
todos aquellos intelectuales asumirían –desde luego-
las posiciones de los constructivistas. De hecho, existían
grupos que defendían estéticas cuyos presupuestos
ideológicos no sólo resultaban contrarios a los
del LEF, sino también a los de la misma Revolución
de Octubre. En el centro de las posiciones más extremas
se encontraban las teorías suprematistas de Kasimir Malevich
(1878-1935), para quien el verdadero –y tal vez único-
camino posible de un artista era el de la libertad total, alcanzada
sólo mediante la supremacía absoluta de la sensibilidad
pura e incontaminada.
Las obras surgidas de tales conceptos mostraban también
una elaborada simplificación formal, y una evidente tendencia
a la economía de color casi siempre sobre la base de armonías
de acromáticos: blanco sobre blanco, negro sobre negro,
etc.
Tanto Malevich como Vasily Kandinsky (1866-1944) mantenían
fuertes contactos con los principales centros de arte moderno,
y gozaban de gran prestigio lo mismo en su patria que fuera de
ella.
Si
fuera poco, ambos se destacaban también en la docencia:
Malevich, como profesor de arte en Vitebsk, y Kandinsky al frente
del Inchuk (Instituto de Cultura Artística) de Moscú,
creado en mayo de 1920, y de cuyo programa había sido autor.
Cuando
Walter Gropius lo llama en 1921 a Weimar, acude de inmediato no
sólo ante la grata perspectiva de poder ofrecer sus teorías
a la Bauhaus, sino –como afirma Frank Witford en su monografía
sobre la escuela- "empujado por los temores de una reacción
contra el arte experimental en la Unión Soviética,
y desencantado de la Revolución".
Lo cierto era que frente a la vanguardia rusa, se alzaba la sombra
del Proletkult -antípoda de todas aquellas innovaciones
en el arte y la literatura y defensor a ultranza de una cultura
de arraigo popular-. Bogdanov, su principal ideólogo, sostenía
abiertamente que en un régimen socialista la individualidad
artística estaba condenada a extinguirse, disuelta en la
conciencia colectiva. Por consiguiente, en esa misma sociedad,
el arte estaba condenado a desaparecer puesto que era fruto de
la conciencia individual.
Vale
decir que tampoco las autoridades estatales simpatizaban demasiado
con el proyecto futurista, ni con quienes lo defendían.
Según testimonios de Natalia Krupskaia –esposa de
Lenin-, el nuevo arte "le parecía a Ilich ajeno
e incomprensible". Y Máximo Gorki –su amigo
personal- relata la escasa devoción que éste sentía
por Mayakovski: "Grita e inventa no sé qué
palabras enrevesadas, y me parece que no le salen las cosas bien,
y se le entiende poco".
El
debate libre fue sustituido por el debate político,
y quienes mantuvieron a toda costa su credo artístico
pagaron con la vida o se vieron obligados a marchar al exilio.
Por
eso, en más de una oportunidad el líder soviético
había llamado la atención a aquellos creadores tildándolos
de ser "excesivamente iconoclastas en pintura",
para exhortarlos de inmediato a conservar lo bello y tomarlo de
modelo. Para el hombre que dirigía los destinos del pueblo
ruso, la belleza radicaba en los clásicos, en el realismo que brotaba de la literatura, el teatro y la pintura. Y mantuvo
siempre una actitud secretamente hostil hacia el futurismo.
No obstante, hasta 1926, la prudencia en materia de política
cultural fue grande. Pero la prematura desaparición de
Lenin –que había logrado mantener un cierto equilibrio
entre las distintas tendencias, permitiendo la libre "emulación"
entre todas- abrió el camino a las fuerzas más conservadoras.
El argumento tomaba como punto de partida "las sólidas
tradiciones de la literatura realista basadas en la problemática
social", así como la necesidad del carácter
partidista del arte y la literatura esgrimida por el extinto mandatario
en algunos de sus escritos.
Con una exposición en la que se resaltaban la vida y costumbres
de los pueblos de la URSS, el neoverismo inició su contraataque.
A partir de entonces empezó a cobrar fuerza un conjunto
de severas normativas estéticas -conocidas con el nombre
de "realismo socialista"- que terminó sustentando
las bases de un arte tan rancio como paternalista. La demagógica
actitud de los nuevos dirigentes rusos, y su total rechazo a la
asimilación de un arte maduro y experimental, hicieron
fácil el camino para "solucionar" -a su manera-
los problemas entre arte y pueblo, volviendo los ojos al pasado
y cerrándolos ante los históricos y trascendentales
problemas que planteaba la cultura dentro de una nueva sociedad.
El debate libre fue sustituido por el debate político,
y quienes mantuvieron a toda costa su credo artístico pagaron
con la vida o se vieron obligados a marchar al exilio.