Según
Wilhem Worringer, la elección de la forma –en cualquier
período histórico- es siempre el reflejo de las
relaciones del hombre con su ambiente natural. De este modo, el
ambiente nórdico "con su austeridad, su frío
y su lobreguez" no propiciaría otra cosa que
inseguridad y miedo.
Tales
argumentos no convencieron al poeta y ensayista Herbert Read,
quien se negó a admitirlos respondiendo que la ansiedad
metafísica que late en el expresionismo
alemán no es diferente a la de otros movimientos artísticos
contemporáneos como el futurismo
y el surrealismo.
Y se basó en una idea de Kandinsky que vio, en aquella
corriente, "una teoría de aplicación universal"
sintonizada con "la psicología humana en general",
razón por la cual la obra de arte tendría que ser
"la expresión exterior de una necesidad interna"
más allá de cualquier ambiente determinado.
El juicio de Kandinsky –que peca también de exceso-
plantea el total divorcio del producto artístico con la
realidad (y por ende con la Historia). Sin embargo, como fruto
de un gran malestar social ha de ser recordado el expresionismo,
fenómeno que debemos analizar desde diversos ángulos.
Desde el filosófico, como reacción frente al optimismo
positivista en su intento de crear una ciencia al margen de las
luchas ideológicas. Desde el político, como reflejo
del conflicto entre las clases sociales y el rechazo a la guerra.
Y desde el artístico, como necesidad de poner punto final
al impresionismo,
empeñado en sustituir los asuntos de contenido por otros
puramente técnicos: los de la ciencia, los de la pintura,
los de la luz.
Las
primeras manifestaciones expresionistas –con antecedentes
en van Gogh, Munch y Ensor- se localizan en la obra de Maurice
Vlaminck (1876-1958) y Georges Rouault (1871-1958).
Las
primeras manifestaciones expresionistas –con antecedentes
en van
Gogh, Munch y Ensor- se localizan en la obra
de Maurice Vlaminck (1876-1958) y Georges Rouault (1871-1958).
El primero, antes de acogerse a la nueva poética, había
sido un pintor fauve, de gama muy intensa y violenta. Como todo
buen anarquista, Vlaminck era propenso a cualquier tipo de audacia
y transgresión que pusiera en entredicho las viejas normas
académicas, y trataba de mostrar en sus obras "la
naturaleza en libertad, liberada de las viejas teorías
y del clasicismo". Poco a poco, su anarquismo derivó
en una paleta cada vez más sombría, a tono con su
enorme pesimismo.
Nacido durante los días de la Comuna, el pintor Rouault
hizo su obra inicial "bajo el signo de la acusación
y la ira". Los protagonistas de sus "gouaches"
son, unas veces, payasos y prostitutas; otras, proletarios, gente
de abajo, hijos del sufrimiento y la injusticia.
Pero fue en la Alemania de Guillermo II donde, con mayor fuerza,
se manifestó el fenómeno artístico. Podría
incluso asegurarse que las contradicciones políticas y
sociales de aquel país terminaron por dar carta de nacionalidad
a un movimiento que habría de extenderse hacia otros del
área, internacionalizándose.
El
primer núcleo se denominó El puente (Dresde,
1905) y sus fundadores –Kirchner, Bleye, Heckel, Müller
y otros- tenían el propósito de "atraer
a todos los elementos revolucionarios y en fermento",
pero sin llegar a mantener filiación política o
estética alguna. Intentaron destruir los viejos cánones
que frenaban "la sublimación instintiva de la
forma". Y a su modo lo lograron, amparados en la idealización
de una belleza primitiva como fuente de inspiración. Mas
no serviría de mucho: el suicidio de Kirchner, en 1938
–ya instalado el fascismo en Alemania- así lo demostraba.
Apenas
un año después de la desaparición de El
puente -y tres antes del estallido de la "Gran Guerra"-
se crea en Munich El Jinete azul. Este segundo núcleo
expresionista surge de la escisión de La nueva asociación
de artistas de Munich, y persigue como objetivo captar "la
esencia espiritual de la realidad" sobre la base de
un refinamiento estético que los alejaría del grupo
anterior. Su defensa de un arte desvinculado de los problemas
sociales dejó expedito el camino hacia la pintura abstracta,
de la que Kandinsky y Fraz Marc eran partidarios. Sólo
Paul Klee, que a diferencia de su colega ruso jamás sintió
interés por la teosofía, se mantuvo a cierta distancia
de lo "nebuloso", situándose a medio camino entre
la figuración y la abstracción.
La
versión "politizada" del expresionismo alemán
sería consecuencia de la actitud asumida por otros intelectuales
mucho más atentos del acontecer nacional –como Käte
Kollwitz (1868-1945)-, o de algunos que habían sobrevivido
a la experiencia bélica en el frente. Dos de ellos –Otto
Dix (1891-1969) y George Grosz (1893-1959)- pondrían su
empeño en denunciar "esos horrores, ese espectáculo
de muerte". El primero, realizaría varias series
de grabados sobre el tema a lo largo de un período comprendido
entre 1920 (La trinchera) y 1933 (Los
siete pecados capitales).
Pero
la fuerza del expresionismo radicó en ese sentimiento
de angustia existencial que manifestaba.
Lejos
de pretender convertir sus aguafuertes en propaganda, Dix describió
en ellos, minuciosa y objetivamente, los efectos destructivos
de la guerra sobre la naturaleza humana. Por su parte Grosz, valiéndose
de un estilo punzante salido del "folklore de las letrinas",
se destacó por sus ataques sin piedad contra burgueses,
industriales y militares, a quienes representó, en dibujos
y pinturas, de manera grotesca y ridícula. En su autobiografía
Un sí menor y un No mayor, dejó
constancia de su rechazo a la época que le había
tocado vivir:"Lo que veía me
repugnaba, y llegué a aborrecer a la humanidad. Todos los
que me rodeaban tenían miedo. Yo también tenía
miedo, pero no tuve miedo de oponerme al miedo." Y concluye:
"Podría escribir páginas enteras acerca
de este eterno tema, tantas veces comentado, pero todo lo que
podría decir al respecto está reflejado en mis dibujos."
La riqueza de un movimiento tan complejo dejó obras narrativas
como El proceso, de Franz Kafka, piezas teatrales
como Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht,
y filmes como El gabinete del Dr. Caligari, de
Robert Wiene, en el que tres artistas expresionistas -Hermann
Warm, Walter Röhring y Walter Reimann- serían los
encargados de pintar los escenarios. Más allá de
las fronteras alemanas conoceríamos el lirismo de Marc
Chagall, la violencia protocubista de Picasso,
y la magia de los retratos de
Modigliani.
Pero la fuerza del expresionismo radicó –sin lugar
a dudas- en ese sentimiento de angustia existencial que manifestaba,
y en su interés por mostrar el lado más oscuro y
degradado del ser humano. No por casualidad la censura fascista
cayó con tanto desprecio sobre aquellas obras a las que
llamó, a modo de escarnio, "arte degenerado".