Si pudiéramos bucear en uno de los limpios mares tropicales de hace unos 550 millones de años, disfrutaríamos de un panorama espléndido pero desconcertante.
Veríamos criaturas extravagantes, psicodélicas, habitantes de un mundo de expectativas y experimentos.
Apenas existen restos fósiles de etapas anteriores.
Ante nosotros se pasearían gambas de cinco ojos con largas trompas como las de los elefantes, pero acabadas en pinzas; animales-puzzle, como el gran depredador Anomalocaris, cuyas partes se clasificaron en principio como ¡tres animales distintos!; gusanos con largas espinas y patas tentaculares terminados en una burbuja; lombrices recubiertas de placas escamosas; animales con aspecto de almohada dotados de afilados dientes y extraños híbridos entre peces y babosas marinas.
Entre todas estas criaturas asombrosas pasaría seguramente desapercibido un pequeño animal lejanamente parecido a un pez, pero sin aletas, sin escamas y sin cabeza ni ojos distinguibles. Los paleontólogos lo llaman Pikaia. Nunca sospecharíamos que todos nosotros (los hombres, los elefantes, las serpientes, las aves, los dinosaurios, los anfibios y los peces), descendemos de él.
La vida animal compleja pareció surgir de pronto, casi de la nada, en este periodo. Apenas existen restos fósiles de etapas anteriores. Los animales de una fauna anterior en unos 100-150 millones de años, la de Ediacara, son muy distintos y aparentemente mucho más simples. Suelen tener formas de cintas o delgados cojines y no presentan estructuras diferenciadas. Hoy se piensa que constituyen una rama lateral, una vía muerta de la evolución que no dejó descendientes.
En el Cámbrico, los animales no sólo aparecen de golpe, sino que lo hacen con una sorprendente variedad. Prácticamente todos los grandes grupos que conocemos en la actualidad (los moluscos, los anélidos, los artrópodos, los equinodermos y nuestro propio grupo, el de los cordados, entre otros) aparecen ya con representantes de muchas y diversas formas. Además, muchos de los fósiles encontrados son tan extraños que parecen pertenecer a grandes grupos distintos a los que conocemos hoy día. Parece como si la vida animal derrochara creatividad en sus inicios, y se dedicara a probar de forma lúdica todo tipo de estructuras y apariencias.
No se sabe muy bien por qué la vida animal esperó tanto para desarrollarse (ya habían transcurrido 8 novenas partes de la historia de la Tierra) y qué factores provocaron que emergiera de forma tan explosiva. Probablemente un requisito para una vida multicelular compleja es la disponibilidad de una fuente de energía abundante. Por ello, hubo que esperar a que los niveles de oxígeno en la Tierra fueran altos (aunque no se sabe muy bien en qué momento fueron similares a los actuales y qué nivel mínimo de oxígeno necesitan los organismos para desarrollar una cierta complejidad).
Otro posible factor que se ha apuntado recientemente es el desarrollo de sistemas de regulación genética basados en el ARN, más versátiles y con mayor capacidad de respuesta que los basados exclusivamente en proteínas. Quizá hasta entonces los organismos no dispusieron de capacidad para regular los complicados patrones de diferenciación celular que ocurren en el embrión. Hasta que no se dio ese salto cualitativo, relativamente simple, de pasar el mando de unas moléculas a otras, no pudo desarrollarse la vida multicelular compleja. Tras relativamente poco tiempo pueden surgir muchas formas a partir de pequeñas alteraciones en distintos puntos del desarrollo embrionario.
Si Pikaia hubiera sido un poco menos afortunada, ninguno de nosotros estaría aquí.
Hoy sabemos también que poco antes del Cámbrico la vida pasó por una de las pruebas más rigurosas que haya debido de superar jamás. La más terrible glaciación de la historia convirtió a la Tierra en una bola de nieve e incluso todos los océanos se congelaron en sus capas superficiales (el hielo alcanzó en ellos espesores de centenares de metros). No se sabe muy bien cómo se las arregló la vida para persistir, pero el caso es que cuando los hielos se retiraron recuperó muy pronto el tiempo perdido.
La "explosión del Cámbrico" es desde hace mucho tiempo asunto de acalorado debate entre los biólogos (en realidad desde los tiempos de Darwin, para cuya teoría de la evolución, que se basa en cambios graduales y continuados, era un fenómeno incómodo). Algunos paleontólogos han llegado a postular mecanismos exóticos de evolución para comprenderla. Por ejemplo, el más radical de ellos, Stephen Jay Gould, sostiene que la selección natural jugaba un papel muy secundario en esta época, y que la principal fuerza de la evolución era el simple y ciego azar. Fuerzas como la depredación y la competencia tenían poca importancia relativa en esta etapa infantil y experimentadora de la vida y era la pura suerte, en forma de fenómenos catastróficos, la que decidía qué linajes se extinguían y cuáles se salvaban. Si Pikaia hubiera sido un poco menos afortunada, ninguno de nosotros estaría aquí.
Hoy parece que las aguas van volviendo poco a poco a su cauce. La desmesurada variedad de planes corporales del Cámbrico había sido un poco exagerada: algunos de los animales más estrambóticos han podido ser incluidos en los últimos años en grupos familiares. Además, se van encontrando pruebas de que "la explosión" no fue tan brusca. Los análisis genéticos señalaban que los animales bilaterales habían empezado a evolucionar varias decenas de millones de años antes. Ahora se cuenta además con el hallazgo de microscópicos fósiles de animales bilaterales efectuado en China, con una antigüedad de entre 580 y 600 millones de años (es llamativo que a pesar de su pequeñez ya hubieran desarrollado un grado considerable de complejidad interna). En cualquier caso, sí parece una pauta general de la evolución la alternancia de etapas de transformaciones rápidas seguidas de periodos largos de mayor estabilidad.
La explosión del Cámbrico puede ser el reflejo de una época en la que había muchos nichos ecológicos libres y escasa competencia, y por ello los organismos pudieron desarrollar una gran plasticidad e inventiva. La selección natural determinaría poco a poco cuáles de esas formas eran aptas para ocupar los nichos y cuáles se extinguirían al entrar en competencia con otras más eficientes. Poco a poco los planes corporales cristalizaron y ya no pudo desarrollarse más experimentación a este nivel básico, aunque la deslumbradora diversidad de la vida actual (hoy seguramente hay más especies que nunca en la historia de la Tierra) demuestra que el vasto juego de combinaciones no se ha detenido jamás.