Un famoso paleontólogo decía que no se ocupaba de organismos que murieron hace mucho tiempo, sino de organismos que vivieron hace mucho tiempo. Más importante que etiquetar los fósiles, sería conocer la rutina diaria de alguna humilde criatura del pasado.
Hay que dejar que los largos milenios y milenios sitúen a cada personaje en su lugar
Los restos de todo el esplendor de la vida durante miles de millones de años son increíblemente pobres, dispersos y confusos. Trillones de seres han pasado por la existencia y sólo una fracción minúscula ha dejado alguna huella. Para llegar a ser un buen fósil tienes que escoger de forma muy precisa dónde y cuándo morir y esperar un cúmulo de circunstancias muy improbable.
Los fósiles presentan una cantidad enorme de sesgos estadísticos, por lo que es muy difícil reconstruir verazmente la vida del pasado. Fosilizan mucho mejor los organismos con partes duras, los que viven en entornos de sedimentación, como mares o lagos, y los que mueren de forma plácida. Un extraterrestre que recolectara fósiles al azar, concluiría que las formas de vida dominantes en la Tierra han sido las almejas y los ammonites (la probabilidad de que encontrara huesos de homínidos es muy próxima a cero). Los paleontólogos tienen que desarrollar herramientas para corregir estas desviaciones.
Además, su labor es comparable a la de los detectives, que también investigan hechos pasados. Encuentran un cadáver y un entorno compuesto por multitud de objetos, y han de discernir cuáles de ellos están queriendo decirles algo. A partir de unos pocos indicios inconexos, han de construir una historia en la que todo encaje y un móvil que dé sentido a esa historia.
El móvil de la vida lo descubrió Charles Darwin en el siglo XIX: la evolución por selección natural, la tendencia a la autoperpetuación de los organismos adaptándose a entornos cambiantes. Las historias que imaginan los paleontólogos deben estar dirigidas por ese afán ciego y las piezas del rompecabezas no deben entrar en contradicción con él. A veces algunos factores, como las catástrofes naturales, alteran bruscamente el guión, pero la historia ha de reanudarse siguiendo los mismos principios.
Las historias que imaginan los paleontólogos tienen un ritmo desesperantemente lento y lo usual es que no haya grandes giros en el argumento, porque los individuos tienen una herencia previa y no pueden inventar estructuras complejas de golpe. En esas historias hay incontables actores y a ninguno de ellos se le puede asignar por principio un papel protagonista o secundario. Hay que dejar que los largos milenios y milenios sitúen a cada personaje en su lugar.
Los paleontólogos deben ser extremadamente minuciosos, porque cada vez que realizan una excavación están destruyendo una página de la historia de la Tierra. Deben tomar todos los datos que puedan del entorno y de la disposición de los restos. Cualquier pequeño detalle puede arrojar luz sobre el modo de vida de los organismos.
Los paleontólogos necesitan de todo tipo de ciencias. Echan mano de la geología para conocer los estratos en que están los fósiles y poder datarlos, para saber si los organismos murieron in situ o sufrieron transporte tras morir, o para saber si alguna deformación tectónica ha alterado su forma.
La física atómica les sirve para conocer la edad de los fósiles con gran precisión, por medio de la determinación de la proporción de los diferentes isótopos de cada átomo. Ésta también puede aportar datos sobre la dieta de los organismos, el entorno en que vivían o el clima del pasado. Por ejemplo, hoy se puede saber si un animal vivía en agua dulce o salada, ya que el agua salada tiene una proporción distinta de formas del oxígeno que la dulce y el oxígeno que los animales tomaban del agua queda fijado en sus huesos.
Los modelos biofísicos por ordenador pueden ofrecernos datos acerca de cómo se movían los dinosaurios a través de sus huellas, y hasta de la velocidad que podían adquirir. El estudio de los huesos y las inserciones musculares en ellos puede permitir recrear cómo corría, movía los brazos o mordía un dinosaurio.
La anatomía comparada con otros restos fósiles y con organismos actuales ha sido tradicionalmente la fuente principal de información sobre la función de cada estructura y para discernir relaciones de parentesco. Es un método propenso a errores, ya que muchas estructuras pueden haber ejercido funciones distintas en organismos extinguidos a las que ejercen en los actuales. Además, algunas estructuras parecidas pueden no revelar parentesco, sino convergencia para adaptarse a un entorno similar. Con todo, esta disciplina se apunta todavía éxitos tan espectaculares como la primera determinación del sexo de un dinosaurio, realizada en 2005, al encontrar en huesos de un tiranosaurio una estructura muy similar a la que se desarrolla en las aves hembras cuando ponen huevos.
La disciplina que ha revolucionado la paleontología en las últimas décadas, y en especial el esclarecimiento de las relaciones de parentesco, ha sido la biología molecular, que permite secuenciar moléculas portadoras de información, como el ADN y las proteínas. La tasa de mutaciones en las secuencias de estas moléculas es básicamente constante a lo largo del tiempo, por lo que pueden servir de “reloj molecular” que revele hace cuánto tiempo dos linajes de organismos divergieron a partir de un antecesor común. Estos datos están alterando visiblemente la forma global del árbol de la vida.
Los paleontólogos necesitan de todo tipo de ciencias
Las moléculas esenciales para el funcionamiento de los organismos están muy conservadas a lo largo de la evolución y pueden servir para establecer los grandes linajes. Otras moléculas no tan esenciales pueden mutar más rápidamente y servir para establecer ritmos cambiantes de evolución y para averiguar el grado de parentesco entre organismos estrechamente relacionados. Estos datos se extraían de moléculas de organismos actuales (“en tus genes hay un compendio de la historia de tus antepasados y de los diferentes mundos en los que han vivido”, como dijo alguien). Pero el hallazgo de ADN y proteínas en restos fósiles está proporcionando por primera vez un conocimiento directo de la biología íntima de los organismos extintos.
Hace unos años se comunicó que se había devuelto a la vida a unas bacterias que estaban encerradas en cristales de sal y que al parecer habían permanecido en estado latente durante 200 millones de años. Quizá también sea posible completar poco a poco el material genético que se extrae de los fósiles e intentar la clonación de los organismos. Entonces podríamos abandonar las deducciones y las conjeturas y dedicarnos simplemente a observar, maravillados sin duda.