Apuesto
a que muchos americanos han soñado alguna vez con que su
presidente tiene el rostro de Charlton Heston.
Para todos ellos
Heston es el héroe definitivo, el guerrero yanqui que Hollywood
envió a ajustar cuentas con la historia de la humanidad;
facturándolo a oriente para encarnar a Moisés, al
medievo para vestirse de Cid Campeador, a la batalla de Midway
y al futuro lejano en un mundo dominado por simios.
Heston
se ha pateado toda la Historia en nombre de los valores éticos
de su país, enarbolando bien alta las barras y estrellas.
Guste o no guste es el héroe por excelencia. Se mueve como
pez en el agua entre miles de extras y millones de dólares
en decorados, tiene carisma, su rostro despide una fuerza natural
y en sus ojos está la causa por la que lucha, el sacrificio
al que se somete y su triunfo final.
Pero Charlton Heston no ha sido el candidato republicano a presidente
que muchos soñaban y ha preferido quedarse
en una humilde segunda línea, básicamente en la
presidencia de la Asociación Nacional del Rifle, arengando
a las masas de sureños armados y peligrosos de Texas. Qué
pena. Pero no os cebéis con el facha de Heston, que ya
lo ha pasado suficientemente mal en su vejez; alzheimer, alcoholismo
y cáncer de próstata, ¿a quién no
se le va la olla con semejante procesión? Olvidemos a ese
Heston anciano y senil de Bowling for Columbine, no nos metamos
con él, que mi abuela era de los nacionales y no por ello
la insulto cuando la veo, pobre mujer; y el viejo Charlton, ¿qué
puede hacer? es el héroe americano, y ser "héroe"
y "americano" equivale a ser republicano, amigos.
God, guns and government.
John Charlton
Carter se formó durante años en el teatro, primero
universitario, luego en Broadway. Su patriotismo le salía
por los poros, y no dudó en enrolarse al ejército
del aire durante la Segunda Guerra Mundial, donde lo destinan
al puesto de radiotelegrafista.
A la vuelta
de la guerra consigue cierto éxito en la televisión
(sobre todo en un programa de teatro televisivo, Studio One), y
en 1950 coge sus bártulos y se marcha a Hollywood con su
mujer, con la que se había casado en 1944, en un feliz
matrimonio que ha durado hasta el día de hoy.
Su
primer film en California es Ciudad en sombras, dirigido por William
Dieterle para la Paramount. Heston pasará en dos años
de ser un actor con ciertas expectativas, a consagrarse como una
estrella cuando en 1952 se estrena El mayor espectáculo
del mundo, de Cecil B. DeMille, film que consigue cinco nominaciones
a los Oscar y en el que nuestro héroe comparte cuota de
pantalla con James Stewart. En el mismo año Heston actúa
en El salvaje, uno de los diversos westerns en los que participó
el actor, que demostró estar dotado para pasar de un género
a otro sin problemas.
En 1954 es
el turno de Cuando ruge la marabunta, de Byron Haskin, un favorito
particular, en la que Heston interpreta a un terrateniente insoportable
enfrentado a una plaga de hormigas asesinas.
Los diez mandamientos, de nuevo dirigida por el Carol Wotjila
del cine bíblico Cecil B. DeMille, encasillará a
Heston para el resto de su carrera en el papel de héroe
de masas apto para cualquier periodo de la historia. La película
es la hecatombe en todos los sentidos de un Hollywood colgado
de manierismo, desesperado por robar espectadores a la televisión
a fuerza de Cinemascope, Technicolor y films más grandes
que la vida y el universo. Heston está a la altura de su
misión divina, y abre las aguas del Mar Rojo con la devoción
de un santo (¿cuánto tardará la Iglesia en
beatificarlo? ¿no lo intentaron con Gaudí? ¿Qué
tiene Gaudí que no tenga nuestro Charlton?). Cuentan que
DeMille pensó en Heston para el papel de Moisés
mientras observaba en Roma la imponente escultura del Moisés
de Miguel Ángel.
La década
de los cincuenta también nos muestra a un Heston comprometido
con las causas artísticas. Gracias a su empeño particular,
Welles dirigirá Sed de Mal, una de sus mejores obras, en
la que Heston encarna a un improbable policía mexicano
de luna de miel con Janet Leigh.
Ben-Hur arrasa
en los Oscar (once en total, como Titanic, 1997, y El Señor
de los Anillos, el retorno del Rey, 2003), y la sobresaliente
labor de Heston le proporciona su primera y única estatuilla,
aunque en 1977 le otorgan un Oscar a la labor humanitaria.
Heston rodará
El Cid y 55 días en Pekín con el mega-producer Samuel
Bronston. Ambos films, dirigidos por Anthony Mann y Nicholas Ray
respectivamente, son de una evidente calidad no siempre reconocida.
En 55 días en Pekín, el abandono del proyecto a
poco de terminar el rodaje por parte de Nicholas Ray, obligará
a Heston a tomar las riendas en la dirección de algunas
escenas. Será también en estos años, cuando
el actor se enamore de España y de la algarabía
pamplonica de San Fermín.
En las medianías de los sesenta trabaja entre otros con
el duro Sam Peckinpah (Mayor Dundee) y con Carol Reed en la notable
aunque increíble historia de El tormento y el éxtasis,
que cuenta la lucha de intelectos y fe entre el pintor renacentista
Miguel Ángel (Heston, por supuesto) y el Papa Julio II
(Rex Harrison) con las pinturas de la Capilla Sixtina de telón
de fondo.
Heston diversifica su carrera, y confía y alenta producciones
arriesgadas, como El planeta de los simios (Franklin J. Schaffer,
1968) o El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971), aunque
sin abandonar el personaje prototípico de héroe
que siempre le ha acompañado.
En los setenta
Heston será un valor seguro para el nuevo cine de catástrofes,
con terribleces como Aeropuerto 75 (1974, Jack Smight) o Terremoto
(1974, Mark Robson). Debutará también como director
en Marco Antonio y Cleopatra (1973), de la que también
es autor del guión.
No dejará
de trabajar en los ochenta. Alumbra una productora con su hijo
en 1981, y se casa con unos cuantos culebrones televisivos como
Los Colby o Dinastía. La salud delicada y sus actividades en pro de la América
armada le dejan poco tiempo para el cine últimamente, aunque
sería injusto no destacar por ejemplo su emocionante soliloquio
en el Hamlet de Brannagh (1996), su aparición de En la
boca del miedo (1995) de John Carpenter, o ese simio agonizando
en el lecho de muerte en la nueva versión cinematográfica de El planeta
de los simios (2001) de Tim Burton.