Su
verdadero nombre, Emmanuel Goldenberg. Se le considera un mito
a medias, un satélite que ha girado
siempre a la órbita de los Bogarts o Gables, pero ese rostro
feo y malcarado lo conoce todo el mundo, Robinson es el gánster
por definición, igual que John Wayne es el western y Chaplin
la comedia muda.
En su época de máximo
esplendor, después de haber rodado Hampa dorada en 1931, donde interpretaba a un gánster sediento de poder
que termina sus andanzas cosido a balazos, en una época
en la que las películas de gánsters trufaban las
carteleras, muchos hampones reales de Chicago y Nueva York copiaron de Robinson hasta el más mínimo detalle, el rictus
de esos ojos cargados de desprecio, el cigarro encendido entre
los labios mientras habla. Edward G. Robinson es la Ley Seca,
el otro lado de los felices veinte, el rostro que muchos le ponemos
al mismísimo Al Capone.
Robinson
es el gánster por definición, igual que John
Wayne es el western y Chaplin la comedia muda.
Nace en 1893 en Bucarest, Rumanía,
pero a los diez años se traslada a Nueva York, al Lower
East Side, donde no tarda en interesarse por la interpretación,
llegando a actuar en multitud de obras dentro de los círculos
de Broadway, una de ellas, The Kibitzer, escrita
por él mismo, gozará de cierto éxito.
En 1913 consigue una beca para la American Academy of Dramatic
Arts, y debuta en el cine con Bright Shawl (1923).
La confirmación viene con la citada Hampa dorada (el título original, Little Caesar, es
mucho más acertado). Robinson marca en este film las constantes
del personaje del gánster en el cine. Su interpretación
va más allá de la simple maldad del protagonista
Rico Bandello, y convierte su recorrido vital en el film en una
tragedia griega acerca del hombre ciego de poder, guiado por una
fuerza superior a él, marcado por un destino del que no
va a poder huir.
Los años treinta sirven
para que Edward G. Robinson afiance su nombre en el cine de gánsters.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, trabajará con Howard Hawks,
William Wyler, o con Michael Curtiz en el film ambientado en el
mundo del boxeo Kid Galahad (1937).
Durante la guerra, Robinson no dudó en colaborar con los
soldados desplazados a Europa, y se convierte en el primer actor
en viajar a Francia para entretener a la tropa justo después
del desembarco de Normandía.
En la década de los cuarenta,
Robinson reparte su tiempo participando en diversas donaciones
a entidades culturales y religiosas, acrecentando su importantísima
colección de arte e interpretando a personajes inolvidables. Perdición (1944, Billy Wilder), es una
inolvidable cinta negra en la que Robinson actúa como secundario, El extraño (1946) le permite trabajar a las órdenes
del joven prodigio Orson Welles, y en La casa roja (1947)
se adentra en vertientes cercanas al terror.
Sus dos obras más memorables
de este periodo son de las pocas que desmarcaron a Robinson de
su papel habitual como villano. La primera de ellas es La
mujer del cuadro (1944, Fritz Lang), donde interpreta
a un hombre bueno y decente (de los que al salir de la oficina
se van al club a tomarse un whisky con los amigos y fumarse un
puro antes de la cena) inmerso en una oscura trama de asesinato;
y la segunda, Perversidad (1946), también
de Lang, cuyo argumento es mellizo al de La mujer del
cuadro, pero esta vez se sustituye el ambiente onírico
de esta por un clima decadente, donde Robinson se deja la piel
encarnando a un personaje cuya vida se echa a perder sin remedio.
En ambos films, Robinson es un hombre corriente inmerso en una
espiral descendiente que lo despoja de la seguridad que creía
tener en la vida, y también en las dos obras, es un hombre
fustigado impíamente por ese pedazo de cerdo que es el
personaje que siempre interpreta el rubio Dan Duryea.
En 1948 lo encontramos de nuevo
como jefazo corrupto y sanguinario en Cayo Largo,
de John Huston, donde lo llegamos a odiar más que al propio
Dan Duryea. Pasada su última etapa de esplendor, Robinson
afronta las dos décadas siguientes compaginando la televisión
con el cine. Participa en grandes producciones como Los
diez mandamientos (1956, Cecil B. DeMille) o el último
John Ford, El gran combate (1964).
En 1956, con más de sesenta
años a sus espaldas, su vida da un par de quiebros importantes.
Primero se divorcia de su mujer, con la que llevaba casado 29
años, el proceso le obligará a vender su gigantesca
colección de arte por 3.250.000 dólares, mientras
batalla con los problemas que tiene su hijo, que había
intentado suicidarse varias veces. El segundo cambio importante
es en el plano profesional, con Robinson regresando a Broadway
en la obra Middle of the night.
Edward
G. Robinson fue un actor de su tiempo. Su fealdad, que sin
duda le impediría triunfar en la actualidad, ha dado
rostro y alma al lado más oscuro del ser humano.
En 1958 se casa con Jane Bodenhemier,
una diseñadora de ropa. A estas alturas, poco le quedaba
por demostrar al viejo Robinson, aunque el Comité de Actividades
Antiamericanas le amargó la vida llamándole a declarar
debido a unas supuestas conexiones con organizaciones comunistas
que recibieron algunas de las donaciones que realizó en
los años cuarenta. De su declaración no se pudo
extraer ningún antiamericanismo apetecible para la comisión,
así que Robinson salió con su prestigio intacto.
Con 82 años participa
en su último film, la obra de ciencia ficción Cuando
el destino nos alcance (también titulada Soylent
Green), dirigida por Richard Fleisher y protagonizada
por Charlton Heston, donde su personaje tiene una de las muertes
más bellas que yo recuerdo.
En 1973, un cáncer acaba
con su vida, y ese mismo año, la Academia le premia con
un Oscar póstumo, situando definitivamente su figura a
caballo entre los admirados secundarios del Hollywood clásico
(de Agnes Moorehead al citado Dan Duryea), y las míticas
estrellas como Bogart o Mitchum.
Edward G. Robinson fue un actor
de su tiempo. Su fealdad, que sin duda le impediría triunfar
en la actualidad, ha dado rostro y alma al lado más oscuro
del ser humano. Cualquier mafioso o político corrupto que
se precie debería tener sus films en la estantería
de su salón.