El
director Elia Kazan dijo sobre James Dean "Todo el mundo
pasa por un periodo cuando tiene unos diecisiete años y
odia a su padre, a la autoridad, rechaza las normas... Eso es
lo normal en esta edad, pero Jimmy nunca dejó de ser así".
Durante
cincuenta años de mito post mortem, James Dean ha representado
la lucha del adolescente contra la incomprensión de sus
mayores, su soledad ante un mundo cimentado en unos valores en
los que no logra encajar. Pero, como afirma Elia Kazan, el joven
actor no abandonó nunca este rol, y fuera de la pantalla
grande continuaba siendo un rebelde sin causa, el eterno adolescente
confuso, de ahí quizás la autenticidad de sus personajes
y el verismo que transmiten al espectador.
Cuántos de nosotros nos hemos metido en la piel de ese
Jimmy Dean que huye de su casa middle class dando patadas a los
muebles ante la mirada de unos progenitores boquiabiertos en Rebelde
sin causa. Sus patadas, esos gestos de frustración eran
también nuestro corazón rebelde que quería
cambiar el mundo cuando ni siquiera había llegado a la
mayoría de edad.
Durante
el rodaje de su tercer film Gigante, dirigido por George Stevens,
se le prohíbe terminantemente al rebelde Dean asistir a las peligrosas
carreras de coches organizadas a veces clandestinamente en circuitos
alejados de la ciudad, era de todos conocida la afición
del actor por las carreras y el motor. La prohibición tuvo
su efecto, pero al poco tiempo de acabar la filmación,
Jimmy estaba deseoso de rodar su nuevo Porsche Spyder, que él
apodaba cariñosamente The Little Bastard, y de paso asistir
a alguna de esas adrenalínicas carreras que tanto le apasionaban.
Así, un 30 de septiembre de 1955 Jimmy conduce su Porsche
acompañado por su mecánico particular en dirección
a un meeting nocturno de coches y motores rugientes en Salinas.
Era de noche y los coches con sus flashes de luz rompiendo la
oscuridad se cruzaban con el bólido de Jimmy por el carril
contrario. Pocos saben que Jimmy había protagonizado un
anuncio aconsejando a los jóvenes que tuvieran mucho cuidado
con la conducción, él no era un salvaje en la carretera,
como mucho tenía dificultades si conducía sin gafas,
al sufrir de una miopía galopante que por cierto le daba
esa mirada brumosa que ha seducido a tantas generaciones.
Continúan hacia Salinas por la autopista cercana a Paso
Robles, un coche se acerca por el carril contrario, parece que
se les vaya a echar encima, "se desviará" le
comenta Jimmy a su copiloto. Estas fueron sus últimas palabras.
El coche no se desvió y colisionó con el Porsche
de Jimmy acabando con su vida, tenía 24 años. El
mecánico y el otro conductor sobrevivieron al accidente.
De
la autopista de Paso Robles se elevó una leyenda atemporal
reciclada continuamente por aficionados al cine, adolescentes
faltos de afecto y grandes marcas dispuestas a ganar dinero con
la imagen del héroe. Cuando Jimmy murió se vendieron
miles de cazadoras rojas en Estados Unidos (las mismas que vestía
en Rebelde sin causa), el rock n´roll absorbió parte
de la fuerza y rebeldía del actor (Elvis lo admiraba, Lennon
dijo: "sin James Dean los Beatles nunca habrían existido"),
y Rebelde sin causa, estrenada pocos días después
del fatídico choque, fue todo un éxito. El mundo
se dio cuenta de la importancia de James Dean como símbolo
y de su potencial publicitario. Humphrey Bogart, con buen ojo,
decía "de haber vivido nunca habría estado
a la altura de su publicidad".
Pero
Jimmy fue, ante todo, un actor. Era grande porque transmitía
autenticidad y porque llenaba pantalla al mínimo gesto.
La carga emotiva que bascula entre la timidez e introspección
y la furia desgarrada, de sus actuaciones cabe buscarla quizás
en una infancia poco común, alejada del resto de chicos
de su edad.
Cuando Jimmy cuenta con nueve años fallece su madre, el
ser a quien más quiso, y de quien más
dependió. Su padre lo dejó en manos de su tios
y se crió en una granja, practicando deporte y ocupándose
de quehaceres con el ganado que quizás habrían hecho
feliz a John Wayne, pero no a él.
Fallecida su madre, y siendo Jimmy alguien siempre falto de afecto,
aparece la figura del reverendo James A. Weerd, su principal mentor,
el hombre que le impulsó a ser actor y le reveló
su talento en potencia. La relación entre ambos fue muy
estrecha, tanto que se especula con que el reverendo iniciase
a Jimmy en las prácticas homosexuales. Fuera de toda duda
queda la inclinación gay del actor, que incluía
una fijación enfermiza por Montgomery Clift, quien
llegó a sentirse agobiado ante el acoso del joven Dean.
Cuando termina sus estudios en la universidad californiana de
UCLA, Jimmy viaja a Nueva York e ingresa en el Actor´s Studio.
El método de la conocida institución neoyorquina
por el cual el actor recupera experiencias personales no siempre
agradables para formar a su personaje calará muy hondo
en el actor.
En 1953 consigue su éxito crítico más notable
en Broadway con The Inmoralist, y de allí a su primera
película, la producción Warner Al este del Edén,
donde conoce a Pier Angeli, de quien se enamora locamente,
aunque ella se casará pronto con un cantante.
Rebelde sin causa es el film donde Jimmy destapa su tremendo carisma
y adquiere su aura de adolescente confuso y angustiado ante una
sociedad adulta que no quiere entenderle. El rodaje dura dos meses,
y el resultado es una crónica realista de la vida de los
gangs o bandas de jóvenes americanos que se divierten con
peligrosas carreras de coches en el desierto (el director Nicholas
Ray se entrevistó con chavales que formaban parte de estos
grupos en la vida real).
El último film de Dean, Gigante, rodea al actor de grandes
figuras como Rock Hudson (a quien Jimmy odiaba por corresponderle
en el guión frases más brillantes, aunque Hudson
envidiaba también el éxito y reconocimiento masivo
de Dean por su papel en Al este del Edén). Jimmy agrava
su difícil carácter y se comporta de forma insoportable
en el rodaje, no acepta presiones u órdenes con facilidad
ni del director ni de nadie. Jack Warner diría de él:
"Ese Dean... nos dio muchos problemas, pero valió
la pena".
Y justo cuando todo empezaba, la historia se termina bruscamente
en aquella autopista. Una carrera que duró un suspiro.
Al Este del Edén, Rebelde sin causa y Gigante, vehículos
para llevar a un joven de Indiana al olimpo de los mártires.
A
una cierta edad todos deberíamos ver un film de James Dean
como un paso más en la evolución de la vida. Igual
que a los 18 nos sacamos el carnet de conducir o a los veintitantos
terminamos la carrera, visionar Rebelde sin causa y sentirse identificado
con Jimmy a los 15 años debería ser obligatorio
en un mundo ideal, por lo necesario que es ir a la contra, rebelarnos
y romper las normas de nuestros padres cuando las hormonas lo
exigen, aunque luego la vida nos engulla con su aburrido trajín
de obligaciones sociales y compensaciones materiales.
Nunca
sabremos qué habría hecho la vida con James Dean, aunque
yo desde luego me lo puedo imaginar perfectamente con cincuenta
años, cazadora roja y moto, pasando de todo y de todos,
libre.