Un
retrato del héroe yankee sin la carga mitológica
y violenta de John Wayne. James Stewart fue el símbolo
del americano medio y respetable, era como tu vecino o tu primo.
Podías encontrártelo en una esquina de Madison Avenue,
sacando la basura a de su casa a las ocho, comiendo un día
laborable en San Francisco o en la mesa de al lado en tu oficina.
Un hombre
de a pie en medio de la sociedad del siglo XX, con sus problemas
y tristezas, pero también con sus anhelos, quizás
con una familia a la que mantener, o una mujer de la que enamorarse.
Si John Wayne es el héroe que todo americano quería
ser, "el padre de todos", Jimmy Stewart era el héroe
que todos tenemos dentro, el ser corriente y un poco anodino que,
en un momento dado, es capaz de trascender su normalidad para
enfrentarse a un problema y, por supuesto, tirar siempre en la
dirección correcta, por el camino de la moralidad y los
buenos valores.
Jimmy Stewart
era un joven estudiante de arquitectura nacido en Indiana cuando
el futuro director de Camelot Joshua Logan le propone que se una
al grupo de teatro universitario. A partir de este momento, Jimmy
tendrá cada vez más claro qué tiene que hacer
en su vida, así que deja la arquitectura y se concentra
en el teatro y poco después en intentar hacerse un hueco
en la industria del cine.
En 1935,
Hedda Hopper (cronista de rumores, bulos y cotilleos que cortaba
el bacalao como nadie en aquella época) recomienda a Jimmy
a los ejecutivos de la Metro Goldwyn Mayer, que lo contratan finalmente.
Su explosión
popular como actor se produce en los años 1938-39, cuando
trabaja para Frank Capra en la alocada Vive como quieras y en
Caballero sin espada, por la que recibe una nominación
al Oscar.
En 1940 George Cukor rueda con Jimmy, Cary Grant y Katharine Hepburn el clásico de la comedia Historias de Filadelfia, por la
que, esta vez sí, Stewart es premiado con un premio de la Academia.
Jimmy le entregará la estatuilla a su padre, que la mantendrá
en el aparador de su ferretería de Indiana durante veinticinco
años.
Al año
siguiente, 1941, el actor interviene en El arca de oro, dirigida
por George Marshall.
Un americano perfecto como James Stewart no podía quedar
indiferente ante el conflicto bélico mundial que se estaba
produciendo en Europa, así que cuando su país decide
intervenir enviando tropas, el actor se alista sin pestañear
en el Ejército del Aire, donde conseguirá la graduación
de coronel, el máximo rango al cual haya podido acceder
alguien perteneciente al gremio de los actores de cine.
A la vuelta
de la Segunda Guerra Mundial, Stewart ha cambiado mucho como hombre,
la muerte y el sufrimiento que ha vivido en la guerra se traduce
en un mayor riesgo a la hora de escoger papeles y una preferencia
por personajes más oscuros, incluso retorcidos, como son
sus caracterizaciones de honda complejidad psicológica
para los westerns de Anthony Mann (Colorado Jim de 1953 o El hombre
de Laramie de 1955) o el personaje de Scottie en Vértigo (de entre
los muertos), de Hitchcock.
De momento,
su primer papel importante al regresar de Europa es el de Qué
bello es vivir (1946), nuevo trabajo con Capra, nueva nominación
al Oscar y coherente vía de escape para quien había
regresado al hogar traumatizado por las experiencias en el frente.
Qué bello es vivir es un cuento navideño falsariamente
infantil, que empieza oscuro y pesimista y termina lleno de esperanza
y luz.
En 1948 Jimmy
entra por primera vez en contacto con Alfred Hitchcock, con el
experimento de mimetismo teatral La soga, en la que tiene un papel
secundario como profesor de dos jóvenes pijos y pedantes
asesinos. A esta colaboración con el director inglés
le seguirán La ventana indiscreta (1954), El hombre que
sabía demasiado (1956), remake del film del mismo nombre
de la etapa inglesa de Hitchock y el cada día más
valorado y reconocido Vértigo (de entre los muertos), de 1958.
En 1949 se casa con Gloria Hatrick. Cuando asoman los años
cincuenta, Jimmy es uno de los actores más importantes
de Hollywood, lo que le permite ser el primero en exigir a los
estudios un porcentaje de los beneficios en taquilla a cambio
de reducir su sueldo fijo, medida verdaderamente revolucionaria
que, vistas sus ventajas, seguirán en el futuro muchos
directores y actores de renombre.
En 1950,
nueva nominación por El invisible Harvey, y trabajo con
Delmer Daves en Flecha rota.
Durante la
década de los cincuenta, alternará las producciones
con Anthony Mann y Hitchcock con films como Me enamoré
de una bruja (1958, Richard Quine) o Anatomía de un asesinato
(1959), de Otto Preminger, que le proporciona otra nominación
al Oscar.
Stewart también
fue un hombre de western, la apariencia tranquila y bondadosa
de sus primeros films con Capra era sustituida en los films con
Anthony Mann por una fuerza y una rabia que surgía del
interior del personaje, siempre herido por dentro por algún
hecho del pasado que lo atormentaba y que amenazaba con salir
al exterior en forma de explosión de violencia; El hombre
que mató a Liberty Valance (1962, John Ford) es, a parte
del los westerns con Mann, una muestra clara de la seriedad con
la que el actor afrontaba las películas del oeste.
Durante
los años sesenta y setenta, Stewart va frenando su actividad
cinematográfica. Destacaríamos, entre otras, El
vuelo del Fénix (1965, Robert Aldrich) o Detective privado
(1977, Michael Winner).
Los últimos años de su vida los dedica al descanso
y a la poesía. Fue una lástima enterarse del fallecimiento
de Jimmy Stewart en 1997; pocos quedaban ya y era casi milagroso
que en aquella época él y Katharine Hepburn estuvieran
todavía entre nosotros.