John
Wayne es uno de los dos o tres rostros universales del cine. El
western es John Wayne. Monument Valley es impensable sin un John
Wayne que lo cruce a caballo. El cine bélico tiene en Wayne
a uno de sus principales intérpretes. Los valores del americano
recto y conservador son John Wayne.
En
docenas de films, Duke (como lo llamaban sus amigos) ha matado
a cientos de hombres sin pestañear. Solo un tipo con su
rostro pétreo e inamovible al dolor puede matar como lo
ha hecho Wayne en el celuloide y ser admirado y justificado por
ello, quizás de la misma forma que solo un tipo de la estatura
mitológica de Johnny Cash puede cantar con la conciencia
tranquila aquello de "I shot a man in Reno, just to watch
him die". Wayne y Cash, dos colosos de América, dioses en
la tierra de un país cuyos héroes deben saber cómo
medirse con la muerte, el primero lo hacía disparando a
indios, mexicanos y japoneses, el segundo cantaba a mayor gloria
de presos, asesinos y moribundos en el desierto. La mitología
de Estados Unidos se encuentra dispersa en un camino polvoriento
donde los hombres viven si no dejan que les maten. Nadie ha recorrido
este sangriento camino como John Wayne y Johnny Cash.
"La
imagen que proponía era la de una derecha cómodamente
instalada que, en algunos casos, pudo incluso presumir de un imperialismo
agresivo" afirmaba Terenci Moix. Y además de su imagen
en la ficción, el propio Wayne se preocupó de confirmar
al gran público que su prototipo de héroe fascistoide
guardaba grandes parecidos con el actor que lo interpretaba. Mucho
se ha hablado del personaje de Ethan Edwards, terriblemente cruel
y racista, de Centauros del desierto (1956, John Ford), pero los
pilares de su ideario ultraconservador son más visibles
en las dos películas que emprendió como director,
El Álamo (1960) y sobre todo Boinas verdes (1968), uno de
los escasos films que deben existir que justifican el papel norteamericano
en la guerra de Vietnam.
Se
le critica tanto por sus ideales como por sus cualidades interpretativas,
o más bien la falta de estas. En este sentido, quizás
fuera John Ford quién mejor entendió que la poca
técnica expresiva de Wayne era precisamente su mejor virtud.
En la mirada del actor está todo lo que su personaje necesita,
él no veía ninguna razón para desplegar fuegos
de artificio interpretativos, y además, a medida que pasaron
los años, su expresión se hizo más sabia,
más auténtica si cabe, y muchos de sus personajes
adquirieron una nueva profundidad. Aunque films como La taberna
del irlandés (1963) o El hombre tranquilo (1952), nos muestran
a un Wayne desplegando artes cercanas a la comedia de forma más
que convincente, él tenía claro cual era su particular
método Stanislavski: "Habla, bajo, habla despacio
y no hables demasiado".
Trabajó
con John Ford en infinidad de clásicos bélicos y
del oeste (desde La diligencia, 1939, que lo lanzó a la
fama, hasta El hombre que mató a Liberty Balance, 1962,
uno de sus papeles de mayor complejidad), Howard Hawks fue su
segundo valedor y también su amigo (Río rojo, 1948, Rio
Bravo, 1959 o la en mi opinión demasiado olvidada El dorado,
1967), y a ellos se unieron directores como Cecil B. DeMille,
Michael Curtiz (Los comancheros, de 1961, la primera película
de Wayne que vi en mi vida, en un surrealista doble programa veraniego
con Loca academia de policía) u Otto Preminger.
Era
un duro, tanto en las fuerzas aéreas de Estados Unidos
(Escrito bajo el sol, 1957, de Ford, junto con su pareja en la
entrañable El hombre tranquilo, Maureen O´Hara),
como en tantos westerns en los que, aunque pasaran las décadas
y lo viéramos gordo y torpe, seguía manteniendo
a raya al enemigo. De su boca salieron frases definitorias de
lo que significa ser un duro, "every time you turn around
expect to see me, ´cause one time you´ll turn around
and I´ll be there, and I´ll kill you, Matt",
espetaba en uno de sus westerns.
Por supuesto,
también cometió patinazos, como su papel como Genghis
Khan (¿alguien puede tragarse que John Wayne es Genghis
Kahn?) en el film de Dick Powell El conquistador de Mongolia,
pero las decepciones fueron escasas, quizás porque Wayne
conocía demasiado bien sus límites como para aventurarse
con experimentos y, por supuesto, no necesitaba demostrar nada
a nadie.
Empezó
su carrera en los últimos coletazos del cine mudo, en trabajos
como figurante a partir de 1927, colaboraciones con un joven John
Ford y sobre todo con un importante papel en La gran jornada de
Raoul Walsh.
Durante la
década de los treinta, su estrella estuvo cocinándose
en producciones western de serie B, hasta que Ford confió
en él para llevar el Oeste americano un paso más
allá con La diligencia, en la que Wayne interpretó
a Ringo Kid, un prófugo en busca de venganza que se enamora
de una prostituta.
A partir de
La diligencia, Duke trabajó toda su vida, y llegó
a ser la estrella más grande de América. Mientras
rodaba más de una y dos películas por año,
también fumaba y bebía bourbon como debe hacerlo
un hombre comprometido con su leyenda. Cuando un cáncer
se empeñó en querer sacarlo de la circulación,
él no dejó de fumar, y después de unos durísimos
tratamientos en un hospital en el año 1979, casi sin poder
moverse, se negó a dejar el centro en silla de ruedas,
no quería que la nube de periodistas ansiosos lo vieran
débil y enfermo. Cuando finalmente se supo la noticia de
su muerte, los homenajes en toda América aparecieron como
hongos, y el aeropuerto de Orange County, California cambió
su nombre por el de John Wayne Airport.
En una ocasión le pidieron que dijera cuál sería
su epitafio ideal, Duke respondió con una definición
perfecta de sí mismo y de sus personajes: "Feo, fuerte y
formal".