Grandes Actores
Marlon Brando

A la sombra del icono rebelde y motorizado de Salvaje (1954), el Vito Corleone de la primera entrega de El Padrino (1973) o el cavernoso Coronel Kurtz de Apocalypse Now (1979) se encontraba siempre presente el Brando real que odiaba actuar, aquel que declaraba sin rubor: "la única razón por la que estoy en Hollywood es porque no tengo el coraje moral para rechazar el dinero", la insufrible y obesa leyenda que se negó a rodar The Score (2001) si no echaban del set ¡al mismísimo Frank Oz, el director de la película!, por no hablar de una vida privada huracanada, repleta de contradicciones y veleidades incomprensibles. Sin ir más lejos, Brando se convirtió en el más honorable defensor de las minorías marginales de Estados Unidos (hispanos, indios nativos…), el año en que ganó su segundo Oscar por El Padrino, boicoteó la buena marcha de la ceremonia enviando en su lugar a recoger el premio a Sacheen Littlefeather, que la armó gorda reclamando los derechos de los nativos americanos desde el mismo estrado del teatro angelino. Era un hombre rico que supo invertir tiempo y dinero a favor de los desfavorecidos, no dudó paradójicamente en adquirir en 1966 una isla en la Polinesia para construir un complejo turístico (conjunto por cuya explotación ahora se pelean sus hijos) o en dilapidar inútilmente fortunas en el rodaje de Rebelión a Bordo (1962) y ganarse en los sesenta una merecida fama de actor caprichoso y desagradable en los rodajes.

Más allá de su personalidad e innatas cualidades interpretativas, Marlon Brando era un rebelde, un tipo con carácter dentro y fuera de los platós. El mejor Brando floreció en los cincuenta y rebrotó en los setenta, el resto de décadas que abarcaron su carrera dieron buenas interpretaciones, pero lo sumieron también en la mediocridad y sobre todo, la desgana.

Antes de debutar en el cine, ya había dejado una profunda huella en los teatros de Broadway (en 1944 lo nombran Mejor Actor Promesa de Broadway, y en el 1947 puntúa matrícula de honor de crítica y público con Un Tranvía Llamado Deseo, bajo la dirección de Elia Kazan). Se inicia en el cine el año 1950 con Hombres, a la que le sigue la adaptación al cine de Un Tranvía Llamado Deseo, también con Kazan dirigiendo, en un papel que curiosamente, Brando detestaba. En 1953 se muestra sobrado con Shakespeare y Julio César (Joseph L. Mankiewicz) y recibe su primer Oscar por La Ley del Silencio (también con Kazan, su gran valedor en los primeros y rutilantes pasos de su carrera), para cuya interpretación, a parte de sus cualidades solidificadas mediante la disciplina del Actor´s Studio, reservó grandes escenas a la improvisación.

El mejor Brando floreció en los cincuenta y rebrotó en los setenta, el resto de décadas que abarcaron su carrera dieron buenas interpretaciones, pero lo sumieron también en la mediocridad y sobre todo, la desgana.

Los años sesenta, ya lo hemos dicho, fueron una década turbulenta para Brando, aunque en lo positivo cabe destacar su primera y única incursión en la dirección con el western El rostro impenetrable (1961). Otros films que sobresalen en estos años son La jauría humana (1966, Arthur Penn) y La condesa de Hong Kong (1966, Chaplin en la dirección).

Francis Ford Coppola exigió su presencia para El Padrino (1973), después de que por primera vez en su vida, Brando tuviera que rogar literalmente para que le dieran el papel de Vito Corleone, y se viera obligado a pasar por un casting donde utilizó su propio maquillaje y unos kleenex incrustados en la boca para dotar al personaje de esa famosa mueca de perro cansado. Coppola se enfrentó a sus productores y a todo el mundo que le aconsejaba alejarse de un actor tan conflictivo como Brando, pero finalmente se salió con la suya. Brando, como ya sabemos, interpretó al capo Corleone con una dignidad y un nivel de sutileza impresionantes, no creó a un personaje, sino todo un universo. El trabajo fue de tal calibre que muchos capos mafiosos cayeron rendidos a los pies de Mr. Brando después de ver la película, y el mismo actor reconocía que desde que rodó El Padrino, nunca ha podido volver a pagar una factura en el Little Italy, Nueva York.

Después de la tenebrosa perfomance del Coronel Kurtz en Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, Brando volvió a entrar voluntariamente en otro periodo de aislamiento de la vida pública, con escasos trabajos y pocos de ellos dignos de su mito.

El último tango en París (1973), dirigida por Bernardo Bertolucci constituyó otro esforzado trabajo de un actor que, después de tantos años de ostracismo, volvía a cotizar al alza. Sus escenas junto a Maria Schneider, entre cucharadas de mantequilla y atrevidos desnudos, escandalizaron a todo el mundo, personalmente, me acuerdo incluso del cacao que se armaba en mi casa cuando emitían el film en televisión, con mi madre haciendo una redada para que nos fuéramos a dormir una hora antes de lo habitual.

En 1978 cobró una cantidad cósmica de dinero, más que el protagonista del film, por aparecer en las primeras escenas de Superman, interpretando al padre del superhéroe, de nombre Jor-El, y negándose a leer el guión hasta el momento mismo de rodar los planos. Después de la tenebrosa performance del Coronel Kurtz en Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, Brando volvió a entrar voluntariamente en otro periodo de aislamiento de la vida pública, con escasos trabajos y pocos de ellos dignos de su mito. Siguieron los desplantes en los sets y la decadencia de un hombre incapaz ya de reunir las ganas suficientes para aprenderse unas cuantas líneas de diálogo o reducir en unos pocos kilos la obesidad que lo había convertido en un amasijo de carne inmóvil.

Entre rumores de retiro definitivo, lo nominaron al Oscar por última vez por Una árida estación blanca y apenas brilló pálidamente en unos pocos proyectos como Don Juan de Marco (junto a Johnny Depp) o Asalta como puedas (1998). En aquellos años, la tumultuosa vida de sus hijos ocupaba los espacios que antes eran de la jurisdicción de él, "el mejor actor de todos los tiempos", un asesinato perpetrado por su hijo Christian en 1990 o el suicidio de su hija Cheyenne en 1995 no hicieron sino redondear el desastre en que se había convertido la carrera de Marlon Brando desde finales de los setenta.

Quizás el problema era que, simplemente, odiaba actuar.

...por Marc Monje

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