Peter
Cushing aportó al cine de terror un nuevo concepto de interpretación:
el raciocinio. Su doctor Frankenstein o sus caracterizaciones
como el caza vampiros Van Helsing exploran la psicología
del personaje y la combinan con la elegancia, prestancia y sobre todo,
inteligencia del propio actor.
Los personajes de Peter Cushing
no actuan teledirigidos por un guión establecido, sino
que cada mínima acción (desde servirse una copa
de coñac, hasta clavar una estaca a un vampiro), es fruto
de un proceso racional, consecuencia de una seria reflexión
del actor sobre su personaje. Por esta razón Peter Cushing
dignifica cualquier film en que aparezca. A Cushing hay que tomarle
en serio, sea cual sea el papel que interpreta, y como él
mismo no se cansaba de repetir, te has de creer tu personaje si
no quieres que la gente salga del cine riéndose de la película.
Los
personajes de Peter Cushing no actuan teledirigidos por
un guión establecido, sino que cada mínima
acción, es fruto de un proceso racional, consecuencia
de una seria reflexión del actor sobre su personaje.
Peter Wilton Cushing nace en 1913
en Surrey, Inglaterra. Siendo su familia de tradición teatral,
el joven Peter no tardará en estudiar arte dramático
en la escuela y foguearse en multitud de obras. La primera oportunidad
se la dará Bill Fraser, famoso director teatral, aunque
no le ofrecen papeles de mucha relevancia.
En 1938 abandona su Inglaterra
natal y viaja a Hollywood en busca de un golpe de suerte. Listo
como nadie, no duda en asegurar que es un especialista en esgrima
para que lo contraten como figurante en escenas de combate en
La máscara de hierro (1939), no habiendo
empuñado un florete en su vida. La mayoría de sus
primeros papeles serios son como secundario, interpretando normalmente
a militares.
Cuando empieza la guerra, Cushing
regresa a Inglaterra y pasa a formar parte del Drama Department
at the Entertainment National Service, donde actúa en un número
ingente de obras teatrales montadas para levantar el ánimo
de las tropas en guerra y de los civiles.
En el año 1943 se casará con Helen Beck, la mujer de su vida, y en 1947 Laurence Olivier
le ofrece un papel en su Hamlet. El triunfo mundial
del film de Olivier, vuelve a abrirle las puertas de la primera
línea cinematográfica. Trabajará sin interrupción
con directores de la talla de Robert Rossen, Edward Dmytryk o
John Huston, además de probar suerte en la televisión,
donde llega al estrellato con la serie para la BBC 1984, basada en la novela de George Orwell.
Siendo ya un notable del mundo
del espectáculo, recibe una oferta de la Hammer Films para
interpretar al doctor Frankenstein en una nueva versión
del clásico de la Universal, basado en la novela de Mary
Shelley. La Hammer era una productora inglesa que iba a por todas,
y se había hecho con los derechos de mitos del terror como
Drácula, Frankenstein, el hombre lobo o la momia. Cushing
acepta el reto, y en 1957 se estrena La maldición
de Frankenstein, donde comparte cartel con su sino en
el mundo del terror, Cristopher Lee, y actúa bajo la dirección
de un hombre destinado a renovar la estética del terror
en el cine, su buen amigo Terence Fisher.
Cushing inicia con este primer
film su larga colaboración con la Hammer Films, que incluirá
cinco películas más sobre Frankenstein, donde es
posible ver una evolución psicológica del temible
doctor que interpreta Cushing (propiciada por el análisis
del actor sobre su personaje en cada film), que va desde la maldad
cínica en La venganza de Frankenstein (1957), al pesimismo del viejo Frankenstein incapaz de huir de
su esencia vil en la última película de la serie, Frankenstein y el monstruo del infierno (1974).
En 1977,
George Lucas le da el papel del malvadísimo Moff Tarkin
en La Guerra de las Galaxias. Nunca Cushing
fué tan sádico, tan pérfido, tan inflexible
en su villanía, sometiendo a todo un Darth Vader bajo
una mirada sin alma.
Cushing recreó también
el personaje del doctor Van Helsing con la dirección de
Terence Fisher en dos films para la Hammer, Drácula (1958), con Cristopher Lee de nuevo antagonista de Cushing interpretando
al Conde Drácula, y Las novias de Drácula (1960). Destacar algo de ambas se me antoja inútil,
aunque por citar, queden los respectivos finales en que, en ambos
films, Cushing acaba con el vampiro, todo un dechado de espectacularidad
visual (de Terence Fisher) y prestancia actoral, con un Cushing
descomunal, ya sea arrancando una cortina de un salto para dejar
que entre la luz del sol que acabará con Drácula,
o colgándose ágilmente de unas aspas de molino para que
formen una sombra en forma de cruz que se proyecte fatalmente
sobre el vampiro. En ambos casos, Cushing sugirió ideas
al director, algo que nunca dejó de hacer, no por ego,
sino por el bien general del film.
El perro de los Baskerville (1959), donde interpreta
a un Sherlock Holmes que le viene que ni pintado, o The
gorgon (1964), con un Cushing ejerciendo de villano sin
agallas, son, también con Fisher en la dirección,
dos obras maestras indiscutibles de la Hammer.
Ya a finales de los sesenta Cushing
participa en películas menores y cada vez menos exitosas
de la productora inglesa, como Las amantes vampiro,
de 1970.
En 1977, George Lucas le da el
papel del malvadísimo Moff Tarkin en La Guerra
de las Galaxias. Nunca Cushing fue tan sádico,
tan pérfido, tan inflexible en su villanía, sometiendo
a todo un Darth Vader bajo una mirada sin alma.
En 1980, muere su gran amigo
Terence Fisher y, al igual que ocurrió nueve años
antes con el fallecimiento de su esposa, Cushing entra en una
profunda melancolía. En 1985 aparece en Biggles,
su último trabajo.
Es en la década de los ochenta cuando se le diagnostica
un cáncer que da frenazo definitivo a su carrera. Serenamente,
Cushing aprovechará sus últimos años dibujando
caricaturas, observando los pájaros y leyendo. En 1988
recibe la Orden del Imperio Británico, reconocimiento oficial
al que se suma todo el pueblo británico. Finalmente, en
agosto de 1994, muere en Canterbury.
De él ha escrito José
Mª Latorre: "... Recordaremos (...) su elegancia
y la seguridad de sus gestos, su manera de expresar mediante su
aguda mirada opiniones que se reserva pero que van a condicionar
su conducta inmediata (...). Y Cushing sabe, además, hacer
de sus personajes figuras inolvidables por medio de pequeños
gestos o por su relación con los objetos: Cushing extrae
cigarrillos y fuma con elegancia, (...) consigue que el maletín
de Van Helsing sea parte inherente del personaje, maneja con
aplomo estacas y martillos, sus miradas son siempre fruto del
pensamiento, no conocen tiempos muertos ni neutralidad, arranca
cortinas con un dramatismo casi musical, operístico".
Peter Cushing dignificó
su profesión y el género de terror. Su presencia
en cualquier film nos hace sentir más seguros, y es tan
fácil y reconfortante dejarse guiar por su mano sabia a
través de los peligros del castillo de Drácula,
la tumba de la Momia o las ciénagas de Baskerville...