"¿Por
qué no ahogamos al señor Guglielmi, alias Valentino,
cuando aún estamos a tiempo?" rezaba un beligerante
artículo del Chicago Tribune a mediados de los años
veinte. Lo firmaba un crítico que, como miles de americanos,
se sentía profundamente ofendido por el ascenso al estrellato
del mocoso actor italiano Rodolfo Alfonso Guglielmi di Valentine,
más conocido como Rodolfo Valentino, Rudy.
Ese tipo endeble,
desnudo de cintura para arriba, con gesto afeminado y rostro pálido
embadurnado de delicados maquillajes, que bailaba tangos, vestía
de torero con aires de modelo de alta costura y seducía
a recias nobles británicas besándolas sinuosamente
de la mano al hombro en sus películas, ese Valentino, era
un insulto a la virilidad americana, el sex symbol del momento
no podía comportarse como una mujer, debía alejarse
de los cosméticos como de la peste y ensanchar musculatura
mientras dejaba que el vello cubriera sus molestamente suaves
facciones. Pero la indignación del género masculino
no sirvió para nada, y Rodolfo Valentino, con una carrera
cimentada en muy pocos films, era en 1925 el hombre más
deseado de América.
Su
andadura en el cine empezó en 1915, cuando consiguió
trabajar como extra en diversas producciones de Hollywood mientras
alternaba como bailador en las fiestas nocturnas de las estrellas
de Beverly Hills, y terminó prematuramente con una peritonitis
que acabó con su vida en Nueva York en 1926. Valentino
fue el sueño húmedo de miles de mujeres, hasta tal
punto llegó su mito como hombre objeto que casi nadie le
reconoció en vida un talento como actor que no pudo florecer
como merecía; Valentino daba perfectamente con el canon
de actor de comedia y medía con maestría el gesto
y la tensión sexual en las escenas de amor, era profesional
e inteligente, estudiaba sus guiones en inglés y en su
italiano natal para asegurarse de haber entendido todas las frases
perfectamente, y escribió además sensibles libros
de poesía.
Rudy
gozó, por otro lado, de su propia leyenda en vida, al contrario
que James Dean, cuya estrella brilló con mayor intensidad
una vez muerto; entre ambos actores hay por cierto muchas similitudes,
los dos fallecieron jóvenes, poseían un tipo de
belleza que irritaba al prototipo de hombretón machista
y en su corto periplo por la fama sufrieron la presión
de sus círculos íntimos y de gran parte de la crítica,
que no veía en ellos más que floreros para satisfacer
la libido del sector femenino de la platea.
Los vehículos
para que Valentino escalara hasta lo más alto del olimpo
de Hollywood fueron una serie de películas mudas exóticas,
ambientadas en lugares dispares y lejanos y repletas de historias
de amor extraordinarias y peligrosas y mágicas aventuras,
ideales para el lucimiento de un actor que se convertía
con facilidad en el centro de todas las miradas.
Rodó
un total de 25 películas para la Metro, la Paramount y
finalmente bajo contrato con la United Artists, de las cuales
destacan Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), basada en
la novela de Vicente Blasco Ibáñez, donde se marca
un famoso tango, El Caíd (1921), la conocidísima
Sangre y arena (1922), El águila negra (1925) y finalmente El
hijo de Caíd, de 1926, estrenada después de su muerte,
cuando el nombre de Valentino en los títulos de crédito
era ya de mayor tamaño que el del título del film.
En todas estas obras, compartía pantalla y romance con
las más atractivas féminas del mudo, desde Gloria
Swanson y Vilma Banky a Lila Lee.
La vida de
Rodolfo Valentino estuvo marcada por sus curiosas aficiones y
por la compleja relación que mantuvo con su segunda esposa,
la figurinista Natacha Rambova.
En el capítulo
de hobbies, era bien conocida su afición por las ciencias
ocultas, y aseguraba sin vergüenza alguna que mantenía
contacto con el espíritu de un jefe indio llamado Pluma
Negra. Le volvían loco las joyas y todo tipo de prendas
de vestuario, y en su mansión podías encontrarte
lanzas de remota procedencia, cuchillos y demás armas expuestas
con sumo cuidado.
Su primer
matrimonio con Jean Hacker no duró demasiado, ya que Valentino
conoció a la mujer que se empeñaría en llevar
las riendas de su vida y su carrera, Natacha Rambova. Durante
un tiempo, el actor mantuvo relaciones con ambas mujeres, lo que
provocó un amago de escándalo por bigamia que no
llegó a más.
Después
de su unión definitiva con la Rambova, su vida empezó
a cambiar radicalmente. La nueva esposa de la estrella intervenía
en todas las decisiones concernientes a su trabajo, se inmiscuía
en los platós con exigencias al director y vestía
a su marido con las ropas más exóticas y femeninas,
lo que provocó, como ya he dicho, las burlas de los sectores
más "masculinos" del país y una obsesión
enfermiza por parte de Valentino por demostrar siempre que pudiera
su virilidad puesta en duda, luciendo musculatura o haciéndose
fotografiar practicando deporte.
La influencia
de Rambova puso en peligro la carrera del italiano, juntos gastaban
millonadas en idear nuevos proyectos para el lucimiento de él,
buscando localizaciones espectaculares y diseñando inimaginables
artilugios de vestuario, Rambova escogía los films en los
que Rudy debía participar y por ejemplo, inició
la preproducción de un biopic de El Cid que nunca llegó
a realizarse. Cuando Valentino fue contratado por la United Artists,
Hollywood ya estaba quemado del comportamiento de Rambova, y se
le prohibió definitivamente toda ingerencia en los rodajes.
A partir de entonces, las carreras de ambos se fueron separando,
para alivio de las fans y del propio actor.
Además
de ser acusado de amanerado por medio país, y de impotente
por su vengativa primera esposa, Valentino tuvo que enfrentarse
a sus innatos deseos homosexuales, siempre al borde del escándalo
mayúsculo. Tuvo diversos romances en la sombra desde los
tiempos en que frecuentaba los cabarets gays de Nueva York, antes
de aterrizar en Hollywood, y luego se le relacionó sentimentalmente
con personajes de la fama del actor Ramón Novarro, aunque
al parecer, la máxima aspiración erótica
de Rudy era darse un revolcón con Carlos Gardel, cosa que
nunca consiguió.
El
23 de agosto de 1926, un Valentino en la cúspide desapareció
para siempre a los 31 años. En su funeral de Nueva York,
acompañaron el féretro 80 000 fans femeninas, se
dice que incluso hubo mujeres que llegaron a suicidarse tras la
trágica noticia. Cuando fue enterrado después de
los fastos funerarios en Hollywood, llevaron el ataúd entre
otros Douglas Fairbanks y Samuel Goldwyn. Sus fans nunca le abandonaron,
y la lápida de Valentino ha estado siempre rodeada de flores
y velas. La leyenda dice que durante muchos años, aparecía
periódicamente por el cementerio una misteriosa mujer vestida
de negro que nunca quiso desvelar su identidad, para dejar un
ramo fresco ante la lápida del gran Rudy.