Es triste
tener la constancia de que, ni en un millón de años,
volverá a nacer algún cineasta como Sergei M. Eisenstein.
Si Griffith escribió el A-B-C del montaje, Eisenstein lo teorizó y elevó a la categoría de arte
Habrá mejores películas que las suyas -si "mejor"
es un buen baremo con el que medirse a obras como "Octubre" (1927)
o "Alexander Nevsky" (1938)- críticas más favorables
y recaudaciones infinitamente más elevadas que las que
tuvo cualquiera de los films de Eisenstein.
Pero él fue el último Leonardo da Vinci del cine, el
último inventor de lenguajes y formas de expresión,
el último revolucionario. Antes que Eisenstein: Méliès,
Griffith, Murnau, Abel Gance…; después de Eisenstein:
nada. Lo que este director nacido en 1898 en Riga, hizo por el
cine no tiene nada que ver con que sus películas te puedan
gustar más o menos. Él llevó el cine al
futuro, o quizás acercó el futuro al cine. Cuando
la expresión visual mediante la cámara había
llegado a un punto máximo de sofisticación a mediados
de los veinte, sólo quedaba avanzar en la técnica
narrativa y expresiva más específicamente cinematográfica,
el montaje. Si Griffith escribió el A-B-C del montaje,
Eisenstein lo teorizó y elevó a la categoría
de arte.
Si es que el cine mudo lo inventó todo, de hecho, el cine
es "mudo" intrínsecamente, porque se trata
del arte de la imagen en movimiento, y para sonido, ya está
el teatro. Para cuando a finales de los veinte, la industria mundial
empieza a empanarse con las películas habladas, estaba
claro que todo lo realmente importante, ya se había inventado.
Imagen y montaje mutarían, darían pequeños
pasos destinados a modernizarse, a adaptarse a las modas y estéticas
de cada momento, a acelerarse o ralentizarse, a ser simples o
manieristas, y se crearían obras maestras o pésimas
repeticiones de cine mil veces visto. Pero ya digo, para 1927,
en la historia del cine todo estaba ya cocinado y listo para servirse.
Si
teneis la oportunidad, repasad alguno de los títulos de
Eisenstein, son la prueba de que el cine morirá, si muere,
inmovilizado por su propia incapacidad de descubrir nuevos caminos.
Pasarán los decenios, miraremos atrás y pensaremos,
mierda, desde Eisenstein nadie ha hecho absolutamente nada.
Sergei M.
Eisenstein fue, además de un inventor, un teórico.
Disfrutaba más teorizando que poniendo en práctica
sus ideas. Escribió numerosos textos que hoy son evangelios
en las escuelas de cine ("Teoría y técnica cinematográfica",
"La forma en el cine" o "Reflexiones de un cineasta"), y en la década
de los treinta, cuando la situación política tremendamente
represiva de su país le impedía labrarse una carrera
cinematográfica en el sonoro, se dedicó a dar conferencias
magistrales por las grandes capitales europeas y a escribir sus
ensayos.
Su filmografía
sigue la misma línea quebrada que la de otros creadores
enfrentados a su tiempo, como Orson Welles o Erich von Stroheim.
Genio inconstante, su carrera está sembrada de proyectos
inacabados, guiones rechazados y montajes finales manipulados.
A los escasos films acabados al 100% ("La huelga", de 1924, "El acorazado
Potemkin", "1925", "Octubre", "Alexander Nevsky" y las dos primeras partes
de "Iván el terrible", la primera homónima, y la segunda
titulada "La conjura de los Boyardos", realizadas entre 1942-1946)
habría que sumar las obras interrumpidas por razones políticas
("La línea general", de 1926, se terminó en tiempos
de Stalin con otro título, "Lo viejo y lo nuevo", y una idiosincrasia
ideológica que nada tenía que ver con lo que Eisenstein
tenía en la cabeza) vicisitudes económicas ("¡Que
viva México!", 1931) y de censura ("El prado de Bezhin", 1935).
Esta obligada
inconsistencia en su filmografía, discurre paralela a la
incomprensión que, por lo general, suscitaban en todo el
mundo las ideas del cineasta. En 1926, Douglas Fairbanks y Mary
Pickford le prometen la realización de un film para su
United Artists, pero todo quedará en agua de borrajas;
y en 1930, firmará un contrato con la Paramount, para la
cual presentará diversos guiones que serían rechazados
sin excepción.
Eisenstein
fue, en parte, producto de una época muy concreta de su
país. Cuando contó con el favor de los poderes políticos,
pudo dirigir sin trabas sus vanguardistas aproximaciones a la
mítica comunista ("La huelga", "El acorazado Potemkin", "Octubre"),
pero nada fue lo mismo a partir de 1928, cuando Stalin ostentó
el poder supremo del país y Trostky y su revolución
permanente se vieron obligados a exiliarse.
Eisenstein
es el director del montaje. Ya en sus primeros años creativos
en el Teatro Obrero, puso en práctica su posterior montaje
cinematográfico de atracciones encima de los escenarios,
utilizando escenas e imágenes fuertemente contrastadas
para suscitar emociones en el espectador. Eisenstein rompió
con el montaje de carácter narrativo de Griffith. A él
no le interesaba narrar, quería conceptualizar, encender
la chispa de la idea del film en el interior del espectador. Griffith
y el cine americano, según Eisenstein, no habían
entendido el montaje, y no distribuían las imágenes
figurativas, simplemente mostraban "lo que pasa".
Él fue el último Leonardo da Vinci del cine
El director
ruso creó en sus películas ideogramas cinematográficos.
Con su montaje intelectual utilizó juegos de asociación
de imágenes que conducían al público hacia
las ideas preestablecidas por él mismo en la película.
Recordad la famosa escena de "La huelga", con el montaje que combina
los planos del ganado sacrificado en el matadero con las imágenes
de los soldados del Zar fusilando cruelmente a los trabajadores:
esa es la idea del cineasta, su discurso, los trabajadores mueren
como reses en el matadero. Siempre el concepto, nunca la simple
narración. Era un giro total a lo que la gente entendía
como cine.
Leí
hace poco a alguien que decía que si quieres gozar de una
historia vete al cine pero no leas un libro, porque la historia
es la muerte de la literatura. Bien, Eisenstein no quería
ir al cine a ver historias, según Barthélemy Amengual
(Diccionario del cine), Eisenstein proponía un cine que
"ha de tender al lenguaje de la película, al discurso;
es un principio dinámico, y el montaje, la sintaxis. Prepara
entre los planos sorpresas, choques, conflictos que producen sentido.
Hacer una película ya no es elaborar un contenido, una
historia, a partir de leyes dramáticas consideradas universales;
es unir planos, organizar planos. El cine ya no será un
espectáculo, ni un drama, ni un viaje documental, ni un
reportaje concebido al estilo de las tramas policíacas;
será una reflexión surgida de una experiencia concreta,
el avance orientado hacia un pensamiento, el análisis de
una realidad".