La
faceta cinematográfica de Jean Cocteau es sólo una parte
más de una compleja personalidad cuya creatividad se canalizó
también mediante la poesía, la novela y la dramaturgia,
además del periodismo, el diseño, la decoración
y el dibujo.
Abraza la fe católica y reflexiona sobre lo irracional de la guerra
Fue un personaje clave en el arte de la primera
mitad del siglo XX, y se le vincula básicamente a la órbita
surrealista.
Jean
Cocteau nace en Maisons-Lafitte, Francia, en el seno de una familia
acomodada. Su padre, de profesión notario, se suicida en
1898 dejando a Jean con una madre que se lo consentirá
todo. Estudiará en los mejores colegios, aunque la disciplina
escolar no va con él, y sus notas serán malas. Pocos
profesores parecieron fijarse que bajo la piel de estudiante poco
aplicado del joven Jean, se escondía un niño super
dotado, con una sensibilidad e inteligencia nada usual.
Al terminar la escuela Jean empezará a volar por sí solo,
instalándose en París y entrando en la élite
de la poesía gracias al actor Edouard de Max.
Sus primeros
libros de poesía como "El Príncipe Frívolo"
(1909) nos presentan a un autor con un lenguaje propio y nada
convencional. En 1917 escribe su primer libreto de ballet, "Parade",
y en tiempos de la Primera Guerra Mundial servirá en la
Cruz Roja. De las vivencias
en el conflicto bélico, emerge un Cocteau que abraza la
fe católica y reflexiona sobre lo irracional de la guerra:
"de aquel idioma muerto y aquella tierra muerta en la cual
están muertos mis amigos". En estos años conocerá
también a otros artistas de vanguardia como Picasso (a
quien entusiasmaban los dibujos de Cocteau), Apollinaire
y Modigliani.
En los años veinte sigue publicando libros de poemas, de
los que destacan "Opio" (1923), que relata la adicción del
artista al opio, que derivará en intoxicaciones y estancias
en sanatorios.
La carrera
cinematográfica de Cocteau se inicia siguiendo la estela
de la obra seminal del surrealismo, "Un perro andaluz" (1928), el
famoso artefacto creado por Buñuel y Dalí. Su primer
film es "La sangre de un poeta", realizado en 1930, difícil
y farragoso experimento surrealista que retrata las obsesiones
y sueños de un poeta. Ante el hermetismo de sus imágenes,
que algunos denuncian como pedantería, Cocteau desvela
la posición en la que se ha de situar el espectador si
de verdad desea disfrutar de la película: "sentir
antes de comprender".
"El eterno
retorno" (1944), "El águila de dos cabezas" (1947) y "Los muchachos
terribles" (1948) son las siguientes películas de una filmografía
singularmente corta, simples compañeras de viaje para una
de las obras más mágicas e impactantes de la historia
del cine fantástico, sin duda la mejor obra de su director,
"La bella y la bestia" (1946).
Este film
cuenta la conocida fábula de manera fiel a la estructura
original. Es en cambio en el aspecto visual, en el flujo sobrenatural
de los planos, donde residen los valores nunca superados del film.
Una historia protagonizada por una mujer, Belle, (Josette Day)
maltratada por sus hermanas y un ser, Bêtte, interpretado
por Jean Marais, de aspecto monstruoso, condenado a vagar por
su castillo en soledad. Los candelabros
de la morada de Bêtte son en manos de Cocteau brazos esculturales
que salen de la paredes y cobran vida y luz cuando Belle pasa
junto a ellos; las cortinas que se agitan en los corredores y
el viento sobrenatural que sopla en el bosque cuando el padre
de Bette busca desesperadamente a su hija son motivos sencillos
pero de efecto imperecedero. Las imágenes en el castillo
del monstruo se suceden en una bruma espectral, con semejantes
dosis de miedo a lo desconocido y fascinación por un mundo
lleno de pequeñas maravillas. La emoción en "La bella
y la bestia" surge ya no de la propia narración, sino de
la materia fantástica con la cual están tejidas
sus imágenes. Visionar esta obra equivale a escuchar por
boca de una anciana cuentacuentos la historia más terrible
y la más preciosa también, en una experiencia que
nos devuelve a la pureza de la mirada infantil.
Es el autor de una de las diez mejores películas de cine fantástico
El rodaje de "La Bella y la Bestia" no fue fácil (Cocteau
lo detalla en su diario de rodaje publicado con el título
"La Belle et la Bêtte, journal d'un film", que recomiendo
a quien le interesen los avatares, lecciones y penurias
que surgen de un rodaje al filo del abismo); muchos miembros del
equipo enfermaron, y el mismo Cocteau trabajó en la película
sin interrupción, a pesar de que su salud no le permitía
prácticamente mantenerse en pie. La partitura
de Georges Auric, la fotografía de Henri Alekan y la portentosa
actuación de Jean Marais (encarna a tres personajes, la
Bestia, el Príncipe y el joven Avenant) son tan importantes
en el resultado final como la propia sensibilidad de el director.
En 1950 Cocteau
dirige "Orfeo", su visión del mito del descenso a los infiernos
situado en la época actual. En 1960 recupera el pulso surrealista
de "La sangre de un poeta" con "El testamento de Orfeo", su última
obra cinematográfica, masacrada por la crítica y
estrenada poco antes de que el artista muera en 1963 cerca de
Fontainebleau.
Encontré
en la red una buena reflexión acerca del arte cinematográfico
de Jean Cocteau, la escribe Georges Allary: "En los films
de Cocteau la palabra y la imagen no se estorban jamás,
creando una milagrosa unidad (...). Se las contempla, se las escucha
como las obras maestras de un museo, como se escucha un poema".
Considerada como una figura poco relevante en el cine, carne de
estudiosos de poesía que recalan en sus films tangencialmente,
Cocteau, como mínimo, es el autor de una de las diez mejores
películas de cine fantástico cuyas escenas, como
estrofas de una emocionante elegía, no olvidaré
jamás.