Los
intentos para conseguir que las películas mudas hablaran
no se dieron a partir de mediados de la década de 1920
como cabría esperar, sino que empezaron desde el mismo
nacimiento del cine.
En el 1927 se da el gran paso cuando la Warner estrena "El cantor de jazz"
El gramófono de Emil
Berliner y el fonógrafo de Edison
ya son precedentes para acoplar el sonido al cinematógrafo.
El principal problema no resultó ser de orden técnico,
simplemente las compañías preferían rentabilizar
el nuevo "espectáculo", el cinematógrafo
(mudo), y en eso dedicaron todos sus esfuerzos. El sonido, por
el momento, no interesaba.
Dos décadas después
del nacimiento del cinematógrafo, los ejecutivos de Hollywood
empiezan a preocuparse por la competencia comercial de la radio.
En las frías tardes de invierno, o cuando se producía
algún evento deportivo retransmitido en directo, los potenciales
espectadores de las salas de cine preferían quedarse en
casa, escuchando la radio. Esta fue la primera batalla que tuvo
que librar el cine con otro medio (igualmente, en los años
cincuenta sería la televisión la que amenazaría
su supervivencia). La radio era más cómoda, gratuita
y, en cierta forma, subrayaba la importancia del sonido, el principal
defecto del cine.
La industria cinematográfica tuvo pues que moverse y actuar,
si no quería perder a su público. Se necesitaba un
avance técnico importante.
En el año 1926, la Warner compra el sistema de sonido Vitaphone
de la Western Electric. Este proceso permitía sincronizar
por separado la película muda con un disco fonográfico
con la banda sonora. La Warner empezó a explotar el sistema
en cortometrajes musicales protagonizados por cantantes líricos
y populares, y para grabar la música de films mudos como
"Don Juan", del mismo 1926.
En el 1927 se da el gran paso cuando la Warner estrena "El
cantor de jazz", dirigida por Alan Crosland.
En pantalla, ante el asombro de millones de espectadores, se podía
ver y sobre todo escuchar a Al Jonson cantando. El film reventó todos los cines donde se exhibió. El mudo tenía los días contados.
Con el Vitaphone de la Warner, también salieron el Movietone
de la Fox, y el Photophone de la RCA. Estos dos últimos
se diferenciaban del Vitaphone en algo esencial, ambos eran sistemas
ópticos que incorporaban una banda para el sonido en la
misma película, junto a cada fotograma, lo que permitía
una sincronización perfecta. La polémica duró
poco, y finalmente se impuso el sistema óptico.
Una vez oficialmente "inventado", las principales dificultades
prácticas a la hora de aplicar el sonido al cine empezaban
por los rodajes. Las cámaras, verdaderos tanques que emitían
molestos ruidos, tuvieron que cubrirse con pesadas e incómodas
protecciones para aislar el ruido; los platós debían
modificarse completamente, hasta entonces nadie se había
preocupado de insonorizarlos y utilizar materiales adecuados para
recubrir paredes y suelo; por su parte, los cines y teatros de
todo el mundo tuvieron que invertir en una remodelación
total de sus instalaciones para poder proyectar los nuevos talkies (films hablados).
La suerte de guionistas, técnicos y sobre todo actores cambió
por completo con la llegada del sonido. El caso de los actores
es sintomático y muy conocido. Grandes estrellas como Buster
Keaton, Harold Lloyd o Lillian Gish vieron truncadas sus carreras
para siempre, al no ser capaces de acoplarse bien al sonido; algunos
descubrieron que simplemente no podían actuar porque su
voz era mala, o su dicción incorrecta. Otros más
jóvenes como Greta Garbo tuvieron mejor suerte y triunfaron
en el sonoro habiendo empezado en el mudo. En el caso de los directores,
por un lado estaban intocables como D. W. Griffith
(¡el mismísimo padre del lenguaje cinematográfico!)
del que nunca más se supo, y por otro, jóvenes como
Hitchcock o John Ford, que evolucionaron
sin demasiados problemas en la nueva coyuntura. Mucho hicieron
por esta situación las grandes productoras, las cuales
ante la necesidad de hacer de sus nuevos talkies un producto
de éxito seguro, desconfiaron de muchos pesos pesados del
mudo, y reclutaron a actores y directores venidos del teatro,
como Max Reinhardt, Sacha Guitry, Robert Mamoulian o el guionista
Ben Hecht. Los profesionales de la escena, se suponía,
eran los únicos capaces de entender que ahora el público,
más que ver, escuchaba.
Y el público, efectivamente se dedicó a escuchar.
Los films se resintieron de ello dramáticamente, y el refinamiento
visual que se había logrado en las postrimerías
del cine mudo se tiró a la basura en favor de pesadas películas
donde los actores no callaban y la cámara permanecía
estática, sin ningún ansia de expresar nada más
allá de la verborrea sujeta por cierto, a las malas condiciones
acústicas de muchos teatros.
Las películas ganaron en continuidad narrativa
Empezada ya la década
de 1930, algunos creadores de gran talento como Ernst
Lubitch o Walt Disney recuperan la chispa
creativa del cine mudo y empiezan a realizar films que realmente
conjugan sonido e imagen en su justa proporción, y sobre todo
utilizarán al primero de forma más ágil y
original, huyendo del teatro filmado de finales de los veinte.
Otra consecuencia curiosa de la llegada del sonido, fue la necesidad
de rodar varias versiones de cada film para que pudieran ser vistas
en otros países, puesto que la fórmula de los subtítulos
no estaba todavía muy bien vista. El proceso, lógicamente,
era trabajo de chinos, así que no se tardó en aceptar
el doblaje como única solución. El sonido ofreció, además de muchos contratiempos
y dificultades en los platós (en el clásico musical
"Cantando bajo la lluvia" de 1952, se describe
con muchísima gracia lo surrealista que podía suponer
rodar con sonido en aquella época) producirá otros
muchos avances de carácter artístico. Las películas
ganaron en continuidad narrativa al eliminarse los rótulos
de texto que se intercalaban entre las escenas; se crea el concepto
del OFF de sonido, cuando oímos algo que no podemos ver
en pantalla; en la misma línea, en muchos films se utilizará
la voz en OFF de un narrador que no aparece como personaje; se
valora el silencio como efecto dramático y, por último,
cada objeto, cada personaje en pantalla representa un nuevo universo
de ruidos que pueden utilizarse de forma expresiva, redundando
en favor de obras de mayor empaque artístico y narrativo.