El
cine no sería lo mismo sin la entrega de los premios Oscar.
Una ceremonia hortera, falso baremo de calidad.
En los primeros años, ni la ceremonia ni la estatuilla se llamaban Oscar
Pelotazo de la
industria que así estira como un chicle la recaudación
de películas ya estrenadas, festín para modistos,
escaparate de iconos sobre alfombra roja, auto-bombo de unos pocos
afortunados sonrientes a quien todo les sonríe. Escaparate
para una comunidad, la de los (poderosos) hacedores del cine que
necesita de estos ritos anuales para mantener la llama que los
dioses de un celuloide de otro tiempo encendieron en su día.
La
fiesta del cine se empieza a celebrar cuando las películas
dejaban de ser mudas, en 1929. El primer film premiado por la
Academia de Hollywood fue "Wings", y los premios al mejor
actor y actriz cayeron en manos respectivamente de Emil Jannings
y Janet Gaynor. La ceremonia era entonces muy básica, y
todavía no se la llamaba propiamente "Oscar".
Las
famosas estatuillas (34 centímetros de alto y 4 kilos de
peso, originariamente de bronce macizo bañado en oro) fueron
diseñadas en 1928 por el director artístico de la
Metro Goldwyn Mayer, Cedric Gibbons. Deteniéndonos a mirarla
con lupa, se trata de un caballero con espada bastante asexuado,
bien puesto en pie sobre un rollo de película con cinco
radios, que simbolizan las cinco ramas originales de la Academia,
a saber, actores, guionistas, directores, productores y técnicos.
Ya he dicho que en los primeros años, ni la ceremonia ni
la estatuilla se llamaban Oscar, y como sin leyenda no hay historia,
cuenta el mito que a Margaret Herrick, bibliotecaria de la Academia
le parecía que la estatuilla era un calco de su querido
tío Oscar, y tanto lo repitió entre sus colegas,
que la estatuilla empezó a llamarse oficialmente Oscar
a partir de 1939.
Cada año se fabrican unas sesenta estatuillas,
de las cuales se eliminan y funden las que no cumplen con los
requisitos de calidad. Muchas anécdotas sazonan el baño
de oro de estas figuritas. Hace unos años, en el 2000, robaron
55 estatuillas poco antes de la ceremonia. Willie Fulgen las encontró
por casualidad en un barrio oriental de Los Ángeles y posteriormente
las devolvió a la Academia, que lo premió con la
asistencia de gorra a la ceremonia de ese año.
Volviendo
a la historia de las celebraciones anuales de la Academia, a partir
de 1929, se fueron añadiendo distintas categorías.
En 1934 se oficializan las categorías a la mejor banda
sonora y canción, y en 1936 Frank Capra, presidente por
entonces de la Academia, añade las de actor y actriz secundarios.
Capra, por cierto, es una figura esencial en la historia de los
Oscar. Cuando el director de origen italiano accedió a
su puesto como presidente, se encontró con un boicot de
una gran parte de profesionales del cine, que rechazaban los premios
por su favoritismo y poca transparencia, muchos pensaban que la
ceremonia más importante del cine corría peligro
de desaparecer. Capra tuvo reflejos, y ante una inminente debacle
en la edición de ese año 1936, decidió enfocar
el acto en la figura impoluta y prestigiosa (aunque por entonces
olvidada) de D. W. Griffith, homenajeando su figura como
padre del cine; luego añadió las categorías
antes citadas y cambió el sistema de voto (las nominaciones
las determinarían cincuenta miembros representantes de
cada categoría, y la mejor película seria votada
por todos los académicos). Las novedades fueron un revulsivo
y la ceremonia se celebró sin problemas.
El acto de entrega de estatuillas no ha estado exento de puntos
oscuros durante sus años de historia. El mogul
de la producción Jack Warner emprendió una campaña
de desacreditación contra Bette Davis (¡estrella
de su propia productora!) para que no ganara el Oscar a la mejor
interpretación por "Cautivo del deseo". Warner se salió
con la suya, y Davis no fue premiada a pesar de ser la favorita
de largo. Aunque a Miss Davis le importó un comino, por
supuesto.
En cada década ha de nacer un crack que se haga con casi una docena de estatuillas
Otras
polémicas de los Academy Awards: El tema racial. Los Oscars
siempre han sido un termómetro del estado de la sociedad
americana. Por ejemplo, si observamos las películas premiadas
desde 1930 hasta la década de los sesenta, sale a la luz
la efectividad que tuvo el Código Hayes (que obligaba a enfocar
las películas a temas políticamente correctos) en
cada momento, primero respetado, luego en los cincuenta cuestionado.
El racismo (tan americano como los Macnuggets) también
ha evolucionado. Hasta que la entrañable criada de "Lo que
el viento se llevó" (1939) Hattie Mcdaniel (sí, la de "señoita
Cal-lata") ganó en la categoría de actriz
secundaria, nadie pareció preocuparse porque los afro-americanos
siquiera pisasen la alfombra roja del Dorothy Chandler Pavillion.
El premio a la simpática actriz fue un tímido
remiendo a la situación. El siguiente paso importante lo
dio Sidney Poitier, con su triunfo en "Lilies of the Field", en
la edición de 1964. Hoy en día la situación
ha cambiado, aunque todavía queda mucho por recorrer, mucho
trabajo ético para la comunidad hollywoodiense, abiertamente
demócrata y progre, por cierto.
Los
Oscar son también injustos. Pero ese es un tema tan bizantino
como estéril. Ya sabemos que Tarkovski o Dreyer se merecían
todos los Oscar del mundo, pero justamente porque lo sabemos,
es mejor dejarlo así. Cualquier entrega de premios conlleva
injusticias, Cannes o Venecia también han sido injustos,
a su manera, en innumerables ocasiones.
Un
repaso al palmarés de cada edición lleva a la conclusión
de que en cada década ha de nacer un crack que se haga
con casi una docena de estatuillas. En los treinta "Lo que el viento
se llevó" (nueve premios), en los cuarenta "Los mejores años
de nuestra vida" (ocho), en los cincuenta "Ben Hur" (once), en los
sesenta "West side story" (once) y "Lawrence de Arabia" (nueve), en
los setenta "Cabaret" (ocho), "El último Emperador" (nueve)
en los ochenta, y "Titanic" (once) en los noventa.
Y detrás
quedarán siempre los eternos perdedores, categoría
que encabezan "La loba" y "Quo vadis" (nueve nominaciones cada uno,
ningún premio) y posteriormente "Paso decisivo" (once) y
"El color púrpura" de Spielberg (once), ambas con el casillero
de estatuillas a cero.