El
día 7 de abril de 331 a. de C. Alejandro Magno fundaba
la ciudad que llevaría su nombre, Alejandría, destinada
a convertirse en el centro cultural de todo el Oriente helenístico.
La disgregación de su Imperio no quitó la relevancia
en el terreno cultural que al poco tiempo había obtenido.
La
ciudad albergó algunas de las instituciones más
importantes de la Antigüedad, como el Museo o la gran Biblioteca.
De la misma manera, una obra de carácter civil se convertiría
en una de las Siete Maravillas del mundo antiguo: El Faro de Alejandría.
Alejandría
tuvo un importante planteamiento urbanístico previo a su
fundación. Siguiendo el típico esquema hipodámico
diseñado por Dinócrates de Rodas, basado en el cruce
de calles horizontales y verticales, el nuevo asentamiento se
levantó sobre un pequeño poblado de pescadores egipcios.
La importancia geográfica y estratégica del emplazamiento
era fundamental. Situada en la punta noroeste del Delta, la ciudad
serviría como punto de salida de Egipto hacia el mar Mediterráneo
a través de su importante puerto marítimo. La ciudad
se situaba en una estrecha extensión de tierra, limitada
al norte por el Mediterráneo y al sur por el lago conocido
en la actualidad como Maryut. A una milla de la ciudad, aproximadamente,
se encontraba la isla conocido por los griegos como Pharos.
Ésta
sería el lugar escogido donde situar la gran torre a la
que luego daría nombre. Parece que la situación
de la isla interesó desde un primer momento a los gobernadores
griegos. Según algunas fuentes, el propio Alejandro Magno ordenó construir un terraplén que sirviese para
comunicar la isla con tierra firme. Sin embargo, en el momento
de levantamiento de la torre, no se hace ninguna referencia documental
a la existencia de dicha obra de unión con la costa egipcia.
El propio Tolomeo I mostró su interés en construir
una torre en Pharos. Sin embargo, el proyecto sólo sería
llevado a cabo por su sucesor, Tolomeo II Philadelphos.
Tolomeo II
encargó la obra de la gigantesca torre al arquitecto Sostratos
de Cnido en 279 a. de C. A partir de ese momento se inició
una trepidante actividad para concluir lo más rápido
posible las obras, hasta que en 280 o 283 a. de C., ya que las
fechas pueden variar según los autores, se inauguró
la torre.
Una de las
primeras preocupaciones del arquitecto fue la elección
de los materiales. La torre llegaría a ser, según
los cálculos realizados en la Biblioteca alejandrina, de
una extraordinaria altura. Por lo tanto, el material debería
ser de una excelente calidad para asegurar la resistencia de la
estructura. De la misma manera, su presencia en la isla, justo
al lado del mar, condicionaba, de nuevo, la elección de
los materiales para poder resistir la fuerza del oleaje. Según
determinadas fuentes, más cercanas a las leyendas que a
la realidad histórica, Sostratos decidió utilizar
como base grandes bloques de vidrio. Por otra parte, para revestir
la fachada exterior, utilizó grandes bloques de mármol,
según algunos autores, blanco, que habrían sido
ensambladas mediante junturas de plomo fundido. Una obra que llegó
a suponer un costo superior a los 800 talentos de oro.
En la estructura
general de la torre se pueden distinguir hasta tres niveles superpuestos.
El primero tendría una planta cuadrangular, sobre el que
se alzaría una segunda estructura con una base octogonal.
Finalmente, se superpondría una estructura circular, que
se coronaría con una impresionante estatua del dios griego
del mar Poseidón, llegando a completar una altura superior
a los 120 metros.
Según
las fuentes antiguas, la torre debería guiar a los barcos
hasta el puerto de Alejandría. Para conseguirlo, el faro
desprendía una luz cuya longitud de alcance varía
según las fuentes consultadas, siendo la mínima
de 30 kilómetros y la máxima, quizá un poco
exagerada, de hasta 100 kilómetros. En la cima del faro,
un complejo sistema de espejos permitía proyectar la luz
a tan largas distancias. Durante el día, podía aprovecharse
la luz del sol. Por la noche, se encendía una gran hoguera
con madera y resinas que constantemente se mantenía prendida.
El faro de
Alejandría ha sufrido diversos avatares a lo largo de la
Historia. Se ha visto sometida a numerosos terremotos que dañaron
irremediablemente su estructura. Uno de los más perjudiciales
ocurrió en el siglo IV d. de C. Ya en plena Edad Media,
el árabe Ibn Batuta escribía en el año 1349
que la torre se encontraba prácticamente en ruinas. Su
fin vino de la mano del sultán Ashruf Qaitbey que en el
año 1477 ordenó transformar sus restos en una pequeña
fortaleza defensiva. Incluso, a finales de la época romana,
sus restos fueron arrojados al mar para proteger el puerto de
la ciudad. Otra historia, totalmente ficticia, cuenta como el
califa Al Walid ordenó su total destrucción y remoción
en busca de un tesoro.
Para su redescubrimiento habría que esperar hasta la década
de los años 60 del siglo XX. Un submarinista egipcio encuentra
restos de estatuas próximos al puerto de Alejandría.
Posteriormente, en 1968 el arqueólogo británico
Honor Frost realiza un estudio preliminar para calcular la viabilidad
de recuperación de los restos por encargo de la zona. Estudio
que no se llevó a la práctica ya que el Gobierno
egipcio declaró la zona como de uso militar. En 1994, sin
embargo, se realizó una excavación de salvamento
a cargo del Centro de Estudios Alejandrinos. Uno de los resultados
es la presencia tanto de elementos egipcios como griegos entre
los restos, lo que ha sido explicado por los arqueólogos
como la costumbre de los monarcas tolemaicos de reutilizar materiales
antiguos. La UNESCO, en la actualidad, estudia la posibilidad
de convertir la zona en un parque de arqueología submarina.