Faraones de Egipto

Tolomeo II
:: La supremacía lágida ::

En el año 285 a de C., el nuevo rey de la naciente monarquía instaurada en Egipto tras la muerte de Alejandro Magno, Tolomeo I Soter, asociaba al trono a su hijo del mismo nombre.

Con esta sucesión, las bases del Estado lágida inaugurado por Tolomeo I se asentarían con firme asiento en las tierras de Egipto, abriendo paso a un periodo de esplendor en que todo el Mediterráneo oriental dependió de los designios y las decisiones adoptados en el antiguo país de El Nilo. Pero Tolomeo II, conocido como Philadelphos, también iniciaría una costumbre del Egipto helenístico: Los matrimonios de sangre que tanto habría de condicionar la vida política del país hasta su definitiva inclusión en el dominio romano.

Durante dos años, Tolomeo II permaneció asociado al trono. En el 283 a. de C., ya ocupaba de forma efectiva el poder en Egipto. Sus principales líneas políticas no son más que la mera continuación de las desarrolladas por su padre. De tal manera que se puede afirmar que las innovaciones durante su reinado fueron más bien escasas, tan sólo centradas en asentar los pilares implantados por el primer Tolomeo.

Su propia personalidad ha sido profundamente discutida por la historiografía moderna. Para algunos, se trata de un habilidoso monarca, un perfecto diplomático caracterizado por una gran astucia. Para otros, era un personaje que se dejaba envolver más fácilmente por la indolencia, la pereza y la lujuria, que por los asuntos de gobierno y de las armas. Parece evidente que en todas sus decisiones la fuerte personalidad de su esposa y hermana, Arsinoe II, fue determinante. Ella ha sido la que inauguró toda la casta de mujeres soberanas del Egipto griego, tan decisivas en la marcha política del país. Incluso, algunos historiadores afirman que la política lágida en el Egeo fue obra y deseo de la reina más que del propio soberano.

En su política exterior, Tolomeo II distinguió claramente dos frentes de lucha. Uno centrado en la Grecia continental y en el Egeo. Por otra parte, dirigió una extensa campaña contra los seleúcidas por la constante disputa de Siria y Palestina. Hubo otros puntos de acción exterior, aunque éstos fueron de menor importancia.

Contra los seleúcidas llevó a cabo un total de tres guerras. En las mismas, los resultados no fueron del todo beneficiosos, aunque consiguió mantener el dominio egipcio sobre Siria y Palestina con muy pocas pérdidas territoriales, mientras que fueron mayores, pero de escasa importancia, en Asia Menor. Aprovechando el descontento de algunas ciudades sirias, Tolomeo II anexionó algunos territorios microasiáticos.

La reacción de Antioco I (281 – 261 a. de C.) dio comienzo a la llamada Guerra de Caria. Posteriormente, la crisis de Cirene provocó que Antioco I atacase a los lágidas. Fue la Primera Guerra de Siria (275 – 271 a. de C.), que se resolvió debido al agotamiento financiero de Antioco I, con una tímida victoria de Tolomeo II. Sus ambiciones en Asia Menor darían lugar a una segunda guerra de Siria, cuyo casus belli fue la conquista egipcia de Éfeso. El rey seleúcida pudo reaccionar recuperando la ciudad asiática. El monarca Tolomeo II sufrió algunas pérdidas territoriales tanto en Asia Menor como en Siria y Palestina, aunque de escasa importancia. Finalmente firmó un tratado de paz en 253 a. de C. con el sucesor seleúcida Antioco II (261 – 246 a. de C.) mediante un pacto matrimonial.

Más trascendencia tendría su política en el Egeo. Los historiadores se refieren al siglo III a. de C. en el Mediterráneo oriental como el del equilibrio de las potencias. Este equilibrio esconde una clara hegemonía de Egipto, basada en su supremacía marítima. La posible amenaza a esta preponderancia egipcia provocó el conflicto entre Macedonia y Tolomeo II. Otros historiadores apuntan otras causas para explicar la lucha. Desde la propia ambición personal de Arsinoe II a la necesidad de impedir cualquier rearme naval macedónico que amenazase la talasocracia lágida.

En la Grecia continental, los monarcas macedonios apenas podían contener las ansias de independencia de los antiguos estados griegos. La diplomacia egipcia actuó en consecuencia, fomentando la rebelión de las ciudades contre el opresor macedonio, el rey Antígono Gonatas. Esta conspiración auspiciada por Egipto fue descubierta, lo que provocó el inicio de la guerra de Cremónides. En la misma, la flota lágida sufrió una severísima derrota frente a la isla de Cos. Ante la misma, Tolomeo II no pudo más que pedir la firma de un tratado de paz.

Fueron otros dos focos los puntos de la acción exterior de Tolomeo II, aunque de menor relevancia. Por una parte, su hermano Magas consigue la independencia de Cirene en 275 a. de C. Mediante la diplomacia, Tolomeo II consigue la reconciliación sellada mediante un matrimonio entre la hija de Magas, Berenice, y su propio hijo, Tolomeo III. Finalmente, inició una expansión comercial hacia África y el mar Rojo, con el objetivo de obstaculizar el comercio de los nabateos.

En cuanto a su política interior, Tolomeo II ha quedado como el gran organizador del sistema administrativo egipcio, también continuando las directrices apuntadas por su padre. Así, reorganizó todo el sistema para lograr una perfecta y más racional explotación de los recursos económicos del país. Para ello, continuaría, y acrecentaría la tendencia hacia una excesiva burocratización y centralización del sistema estatal egipcio. Para realizar esta importante labor, contó con la inestimable ayuda de su consejero de hacienda Apolonio. Culturalmente, continuó la labor de Tolomeo I, mediante las obras para la creación y enriquecimiento del Museo y de la Biblioteca de Alejandría, y la construcción de colosales obras arquitectónicas, como el Faro de la misma ciudad.

Tolomeo II, su reinado, supone el principio del final de la supremacía de Egipto entre los reinos helenísticos. De la misma manera, pondrá las bases para la posterior decadencia a través de la política de matrimonios de sangre. Sin embargo, su época todavía es de esplendor y de grandeza, como lo demuestran sus obras culturales.

...por Luis Pérez Armiño

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