Hay campos de la filosofía con mayor fortuna que otros.
El correr del tiempo les ha dado entidad y profundidad, una especie
de solera, además de calado real en el ánimo de
los pocos adictos a este saber, ya de suyo minoritario.
Éste
es el caso de la Ética, actualizada como Bioética
a finales del siglo XX o de la Lógica con su renovación
a principios del mismo siglo. Sin embargo la Metafísica,
a la que ya Kant advertía no conducirse exactamente por
el "seguro camino de la ciencia", se mueve siempre
con sonrojo por el mundo y, muy en concreto, por los ámbitos
filosóficos.
El hecho es
que hay, quiérase o no, una persistencia de la Metafísica
en el pensamiento humano desde que Aristóteles le dio por
tratarla como "Filosofía Primera" y la taxonomía
bibliotecaria de Andrónico de Rodas en el s.I a.C. le dio
por inventar ese nombre tan plagado de connotaciones mistéricas.
"Meta-ta-Phisica" es sin duda la denominación
dada a escritos que están "más allá"
de los libros de Física. Ello ha dado pie a una dirección
de pensamiento que, identificando Metafísica con Teología,
ha querido leer en ella lo que supuestamente se encuentra "más
allá" de los acontecimientos físicos.
Pero, también
desde la etimología de la expresión, cabría
otra dirección interpretativa: el estudio de lo que hay
"detrás de" los acontecimientos físicos.
Y ¿Qué puede haber tras la Física? Tal vez
legítimamente, nada; pero tal vez furtivamente, acudiendo
a la vena poética que todo buen pensamiento esconde, haya
lugar, quizás nada más un resquicio, para la búsqueda
de una estructura para la realidad. De tal modo que la Metafísica
no sería ya la quimera criticada por Kant: aquella región
fronteriza entre lo humano y lo divino, difícil de tematizar
sin caer en dogmatismos religiosos. La Metafísica vendría
a denominar un estudio general de la realidad, esto es, un acercamiento
a lo que se entienda por realidad y a cómo nos acercamos
a ella hasta enmarcarla en una estructura comprensible, que respete
los datos aportados por la ciencia y abra a ésta, sin embargo,
motivos para seguir pensando. El poeta y el metafísico
"habitan montes cercanos". La frase heideggeriana
puede servir también para el metafísico y el científico.
El que estudia la realidad proyecta en ella desde sus pasiones
hasta sus utopías.
La Metafísica
no es ajena, más bien busca esa proximidad que puede ruborizar
al científico, pero que se da también en su tarea.
No es posible hablar de estructura de la realidad sin datos de
la ciencia, también es verdad que no se puede hablar de
la realidad sin aludir a la fantasía, a la creatividad,
a la imaginación poética.
La Metafísica
es la poesía del filósofo, hecha con versos de sangre
y de razón que teje una humana "tela de araña"
sobre el universo. Nosotros no sabemos qué es un mundo
donde no existen (los ponemos nosotros) ni los colores ni los
olores ni los tonos ni los gustos, pero nos repele saber sólo
de él encorsetado en pesas y medidas. Vemos humanamente
el mundo y con nuestra telaraña captamos un trocito de
lo real: sólo una realidad humanizada. En esa modesta parcela
de trabajo donde la conciencia se une al lenguaje esperando no
ser traicionado excesivamente por las palabras, camina la Metafísica.
Tal vez Oriente,
con sus variopintas visiones de realidad nos aportó las
primeras Metafísicas. El hinduismo, el budismo o el taoísmo nos muestran al mundo por el cedazo de la ilusión o por
la trama de las relaciones cósmico-sociales o a través
del fuego purificador de la conciencia, tan compleja como el mismo
mundo.
En la historia
de Occidente es Aristóteles, como ya dijimos, quien ha
inaugurado el nombre y continuado la "Filosofía Primera"
como actividad ya iniciada en Parménides o Heráclito.
Pero, sobre todo, Aristóteles ha aherrojado para siempre
el debate metafísico en torno a un término tan ambiguo
como sugestivo: el "Ser". Hablar de Metafísica,
desde el Estagirita, es hablar de ese vocablo puente, en la frontera
entre las cosas y la nada. Luego, en la Edad Media, ese Ser se
identifica con el Dios cristiano y nacerá la pregunta de
Anselmo de Canterbury, repetida por Leibniz y retomada finalmente
por Heidegger: "¿Por qué hay ser y no más
bien nada?" Esa pregunta que nace con la nihilidad que se
origina, a juicio e Zubiri, con el cristianismo, hace que pueda
resurgir la conciencia del movimiento permanente, tras el largo
triunfo de Parménides y la amnesia de Heráclito,
en la noción de "devenir" con Hegel. Con él
ya tenemos la Metafísica convertida en dialéctica
de Ser-Nada-Devenir. Pero en el camino ha habido una transformación
considerable: en Descartes y sobre todo en Kant se ha mutado el
"Ser" en "Ser humano": la frontera del
mundo se ha humanizado, se ha hecho a la subjetividad humana,
como antes a Dios, algo equiparable al Ser Supremo. De este modo
vemos cómo el "Ser" se transmuta, es camaleónico:
de ser naturaleza pasa a ser Dios y más adelante a ser
humano.
Heidegger detendrá esta danza de Shiva del Ser para introducir
la "diferencia ontológica" entre Ser y entes:
el Ser no es un ente, hay que dejar ser al Ser. Pero Heidegger
traicionará su empresa. Volverá a encorsetar al
Ser en la Palabra, que es "la casa del Ser". Así
vemos cómo no es que "lo que es" se diga de
muchas maneras, sino, como añadirá Lévinas,
el Decir puede muy bien sustituir al Ser y el Ser pasar a ser
algo secundario, inmerso en la dialéctica Ser-entes. Lévinas,
queriendo volver, sin declararlo, a un Dios que es tan absoluto
que no tiene Ser, ha sacado consecuencias exageradas de Heidegger,
hasta sustituir al Ser por el Decir. La Palabra, que era la casa,
se ha convertido en el Ser mismo.
De nuevo, hablar de Ser nos fuerza a reducirle, como si nuestra
razón no permitiera, "esclava de la gramática"
una liberación de estructuras de orden, de estructuras
cósmicas, que parecen cómicas. Incluso cuando el
pensamiento de movimientos que pueden dinamizar lo cósmico
como en el caso de Zubiri o Whitehead se hace tan seriamente,
no se puede alejar a la Metafísica de la sospecha de ser
una proyección de nuestro horror al vacío que debe
llenarse de palabras o terminar en aquel místico silencio
con el que Wittgenstein concluye la inmejorable proposición
siete de su Tractatus: "De lo que no se sabe, mejor no hablar".
Pero la Metafísica, con palabras o muda, no es sólo
un guiño teórico al misterio de que existamos, es
sobre todo una forma de vida derivada de ese gesto.
Al ponernos en contacto con la Totalidad, el Infinito, el Ser
o el Tiempo, esa realidad ultimizada nos aporta paz lo mismo que
puede contagiarnos guerra. Pero, como en tantas otras cosas, no
es la Metafísica la que nos calma o nos agita sino la vida
misma, el sujeto que la lleva, el que exige, se acomoda, manipula,
emancipa, sufre o goza con una determinada Metafísica.