Ortega
y Zambrano ::
Dos estilos de la razón en la vida ::
En
plena época de la crisis de la razón europea, cuando
Husserl comienza a darse cuenta de que tal vez la razón
occidental haya perdido el rumbo tras dos guerras mundiales, cuando
Heidegger está elaborando otro tipo de reflexión
sobre el Ser que radicaliza la filosofía hacia lo originario,
hacia la metafísica, y Scheler se esfuerza en resituar
las valoraciones éticas, aparecen en España los
pensamientos de José Ortega y Gasset (1983-1955) y el de
su discípula María Zambrano (1904-1999).
El
marco español tampoco es de despreciar: a lo lejos el buen
regusto y la frescura del pensar de los krausistas y el de la
Institución Libre de Enseñanza que ha seguido sus
pasos, pero también la amargura de la guerra, el destierro
que ha "transterrado" a tantas inteligencias malogradas
por la barbarie, el ansia de lo que no pudo ser, el sueño
de una España realmente regenerada que comprenda y viva
por fin la democracia. Y el país envuelto, tras el breve
lapso de las esperanzas republicanas, en la misma incuria y el
mismo analfabetismo de siempre.
Pero Ortega ha visto mundo, ha estado ampliando estudios
en Alemania, con los neokantianos de Cohen y la escuela de Marburgo.
Se ha familiarizado con lo que es hacer esforzadamente una tarea
filosófica y, sobre todo, ha conservado su fino olfato
para divulgar lo que es preocupación del pensar coetáneo
en ciencias y en filosofía, siempre con preocupación
periodística, divulgativa, regeneradora de la patria hundida
en la sinrazón. La
vida, un cierto vitalismo, tal vez más pragmático
que teórico, había sido la preocupación del
krausista Giner de los Ríos, la vida estaba presente en
la influencia de Bergson en los pocos intelectuales españoles,
esa vida que había sido el gran descubrimiento de la ciencia
del XIX y cuyos oleajes alcanzan a fortalecer la filosofía
del siglo XX desde sus albores en el vitalismo historicista de
Dilthey. Ortega y Zambrano son
conscientes de todas estas influencias. En el primero, reforzadas
más que en la segunda por el mundo de la ciencia donde,
de un modo estelar, destaca la teoría de la relatividad
de ese Einstein al que Ortega invita a Madrid.
Cada
uno de nosotros es enteramente insustituible y al
mismo tiempo insustancial o circunstancial.
Para Ortega pensar es una acción radical y
total. Se profundiza en el Universo como un buceador avanza esforzadamente,
a pulmón libre, en las profundidades marinas hasta encontrar
la perla que le dará la clave escondida y preciosa. Esa
clave estará para el madrileño en la vida entendida
con mucha mayor libertad una vez que se ha divorciado de su pasada
cárcel kantiana y ha optado por la fenomenología
moderna. La razón no será en adelante encapsulada
en los límites del conocimiento sino entendida ella misma
como conocimiento ya que la razón se mueve en la vida y
es la vida entendida como un "saberse vivir" lo que
atestigua la realidad más radical que pueda pensarse: "mi"
vida, una vida que contiene dos polos incontrovertibles y complementarios:
el yo y la circunstancia. De tal modo que yo no soy yo sólo
si no lo soy junto con lo que rodea a mi estancia: mi circunstancia.
Somos yoes enteramente circunstanciales, nuestra esencia no está
dada, no tenemos naturaleza, sino historia, somos o, mejor, nos
hacemos en una tarea interminable y enteramente personal.
Pero,
ante todo, somos un punto de vista en el mundo. Somos, desde nuestra
circunstancia, desde mi yo situado, una perspectiva de universo.
El ser humano no es un alma ni es un trozo de materia. Cada uno
de nosotros es enteramente insustituible y al mismo tiempo insustancial
o circunstancial. Nuestra peculiaridad radica o se deriva del
hecho de vivir una vida que ninguno de los otros humanos vive
y por la que el universo es concienciado de forma completamente
original desde la originariedad radical del vivir. De este modo
el conocimiento del mundo nos viene dado desde una perspectiva
parcial, histórica y de ninguna manera absolutamente verdadera.
Se impone la búsqueda de la verdad desde el encuentro intersubjetivo
de perspectivas que haga viable una sociedad de todos y un conocimiento
de todos. La racionalidad de la historia quedará siempre
como problema, como algo que hay que seguir indagando continuamente.
De este modo la vida se convierte en el hecho de ir buscando y
ampliando continuamente horizontes de sentido.
María
Zambrano estaba de acuerdo con Ortega en que la razón comprende la vida desde dentro. Pero a
la razón vital e histórica de su maestro opone una
razón personal mucho más concreta y una razón
dominada por la sensibilidad, transida del sentir: una razón
poética, que no oculta ni se avergüenza al manifestar
el fondo misterioso y sagrado de la existencia. Porque María
defenderá que hay en el ser humano algo que no es ni circunstancial
ni está sometido al torbellino de la historia y esto es
lo enigmático, lo oscuro, el fondo sacrosanto de lo humano.
Zambrano busca las razones del corazón y del sentimiento en las
que Ortega no repara tan directamente y quiere
ver en ellas ese fondo al que anclar al alma desasosegada por
el continuo viaje de la existencia. Así aparecerán
textos sobre el amor, la esperanza, el anhelo, la envidia, la
confianza, la convicción, la confesión como las
claves enteras de lo humano. Por eso privilegia, tal vez más
que Ortega, el ensayo literario y no periodístico,
de una forma más intimista y reservada. En Zambrano la realidad no se conquista, como en la aventura orteguiana, sino
que nos es revelada, sale a nuestro encuentro y se traduce en
un "decir" sólo posible al lenguaje místico-poético,
en un "claro de bosque" de nuestro vivir.
Zambrano
busca las razones del corazón y del sentimiento
en las que Ortega no repara tan directamente y quiere
ver en ellas ese fondo al que anclar al alma desasosegada
por el continuo viaje de la existencia.
Bordeada
y atravesada por la poesía y la democracia la persona puede
ser y realizarse en la plenitud de su vida. Ambas son la doble
dimensión de lo humano: el sentimiento y la razón,
el interior y la exterioridad, la privacidad y lo público,
lo místico y lo político, el yo y el mundo que componen
"mi" vida. En María Zambrano prevalece su condición de exiliada. Ella lo ve todo no
sólo desde su condición de mujer y que además
persigue la llamada a calar en la hondura de lo vital, en lo arcano
y misterioso de la vida, sino desde su condición de exiliada,
de transterrada, de persona que ha sido obligada a trasplantar
su tierra a otra tierra y que se convierte en un ser humano despojado
de su historia, de su circunstancia, de su patria. Esto es condición
de la búsqueda en ella de una patria ideal, que, con regustos
de tradiciones religiosas, va a ser el deseo de una patria democrática
y reconciliada de violencias.
Es
así, de distinto modo, pero los dos del lado de la razón
en la vida, cómo estos dos pensadores españoles
han entrevisto talantes de filosofía teórico-prácticos
que, alejados de idealismos y realismos nos aportan la realidad
raciosentiente del ser humano, tal vez la característica
más clara de la filosofía española contemporánea.