La filosofía en su historia
Descartes vs Pascal
:: El nacimiento del hombre moderno ::

El hombre moderno, ese animal universal, que tiene como atributos indiscutibles la capacidad de conocer racionalmente, aún cuando con limitaciones notables, de actuar, elaborando autónomamente su propia personalidad y de esperar, más allá de utopías y religiones, en un bien futuro para él y la humanidad, ha sido atribuido a Kant y a Rousseau en su invención.

Sin embargo, en ese ser tan complejo han puesto su granito de arena muchísimos pensadores de la humanidad; con todo, en su desvelamiento adolescente, la autoría del hombre moderno, tal vez del ser humano moderno (hombre y mujer) corresponde, mitad por mitad, a René Descartes (1596-1650) y a Blaise Pascal (1623-1662).

Ellos han emergido desde la noche de los sentimientos y conceptos medievales que hacían del ser humano una criatura, a la formación de un sujeto, alguien sujetado desde dentro de sí por sí mismo y sometido a los dictámenes de la razón individual y de las razones de ese corazón. Por eso, a pesar de ser tan dispares, la presentación de Descartes y Pascal no puede menos de ser complementaria.

Descartes, francés del norte, educado jesuíticamente en el Colegio de la Flèche, bajo los conceptos del particular tomismo suareziano, es, como diría Pascal, todo un espíritu geométrico. De esa geometría, que ideadas por él mismo, la del eje de coordenadas, va trazando desde la interioridad humana la cuadratura del mapa terráqueo, donde nada es visto con los ojos, pero donde la razón puede alcanzar la longitud y latitud de cualquier objeto conocido. Fue una idea del medieval Nicolás de Oresme, pero que el moderno Descartes redescubre y aplica y se maravilla al poder, a través de coordenadas, conseguir otro poder: el del sujeto dominando el mundo, el de una mente individual trazando las fronteras del pensamiento. Pero eso, en el mundo de las matemáticas, mundo racional y a la vez natural, descubierto por Galileo en la naturaleza, Descartes verá la necesidad de un método, dotado de la exactitud con que las matemáticas se aplican a la física moderna y que dé éxito a toda indagación.

Un método infalible dotado de la cualidad de negar todo lo que sea dudable, hacer análisis exhaustivo de los datos, síntesis recopilatorias de los mismos y recuentos insaciables de todos los anteriores pasos. Pero este método ha de tener una fundamentación en el mecanismo de la razón, el más extendido entre los humanos, y que, a su vez, se desvela como el mejor método de filosofar. Pasando, en primer lugar, por un periodo de duda, donde se pone en cuestión todo: lo obtenido por los sentidos, el mal funcionamiento de nuestros raciocinios, la imposibilidad a veces de la distinción entre la vigilia y el sueño y, llegando al paroxismo de la duda, sometiendo a prueba a la misma realidad en tanto que puede ser objeto de un "genio maligno" o un "Dios engañador". Abriendo así la duda de que Dios, pudiendo hacer lo que le viniese en gana ( el Dios voluntarista de Ockham) nos mantenga en el engaño sobre el mundo. Desde ahí aterrizamos en el Yo cerrado en sí, sólo con sus pensamientos, en el solipsismo del hombre moderno deshabitado de sus dioses, con lenguaje pero incomunicado. Visto todo, sólo los pensamientos nos pueden liberar. Son ellos lo más propio de lo humano, lo que nos da la mayor certeza: la de que clara y distintamente somos y no erramos en tanto que estamos pensando y pensar y existir es toda una misma cosa.

A través de los más seguros pensamientos: los innatos, no contaminados del exterior dudoso, accedemos a la perfección o idea de infinitud que sólo puede haber puesto en nosotros un ser perfectísimo, sólo posible de identificar con el Dios cristiano, que no puede engañarse ni engañarnos, y que, por tanto, mantiene a nuestro alrededor el mundo exterior, que existe y se mantiene por su poder y bondad. Así, desde el Yo, la sustancia más clara, emergen la sustancia de Dios y la sustancia del mundo, ambos productos míos para mi propia orientación en la realidad, pero, a juicio de Descartes, deducidos casi exactamente, con la máxima elegancia, desde la interioridad.

Esta interioridad no nos conduce, como era el caso en Aurelio Agustín, al Dios anhelado como iluminación interior, sino que nos abre a la creación de Dios por parte del deseo íntimo del hombre y la recreación de "mi mundo" por obra y gracia de la geometría analítica, un mundo en el que sólo valen, al contrario que en el pensamiento, los pesos y medidas de las cualidades extensas y mensurables de los cuerpos. Nuestro cuerpo no será más que esa extensión mecánica en cuya cúspide (interior del hipotálamo, en la glándula pineal) se alza el piloto inmortal del yo, espíritu o alma. El dualismo cartesiano será tan característico como su "teatro representacional" en el que las ideas bailan la danza que la conciencia enfoca e ilumina. Toda una explicación del mundo a partir de la certeza del yo que, privado precisamente de "alma",encontrará en Pascal su más certero opuesto y su mayor complemento.

Pascal es un matemático, como Descartes, ha profundizado en el infinito matemático como en el metafísico y su vida es una continua e insatisfecha búsqueda de la certeza infinita que al fin de cuentas sólo dará la apuesta por el Dios de Jesucristo. Nos repele, porque parece un moderno anclado en esquemas de épocas anteriores, pero nos desvela a cada paso, por encima de sus beaterías, la certeza de la falibilidad humana, asentada para él en la propia ontología del ser humano y la convicción de que el pensamiento, si está bien empleado, debe llevarnos a la consideración de nuestra grandeza racional que no va a la par con nuestras miserias morales. Por eso distinguirá entre "l´esprit de géométrie" que nos descubre las verdades de razón, convincentes para todos, y el "esprit de finesse" con el que alcanzamos, dentro de la órbita de los sentimientos, lo que imprime profundidad a la vida, lo que a la razón se le escapa y busca desesperadamente. Son las verdades ético-religiosas que no se dejan atrapar por la razón sino que piden el concurso del corazón. La distracción y la diversión nos apartan del encuentro auténtico con nuestro yo.

Así como Descartes quiere encontrarse en soledad y sin prevención ni apresuramiento con su yo cargado de reflexiones, Pascal busca al yo en el vacío de su infelicidad, que le retrata auténticamente. Según Pascal, Descartes no ha comprendido la miseria humana y por eso su elucubración resulta inútil para lo que él cree fundamental: llegar a Dios y fundamentar los valores.

Ello es sólo posible por una apuesta, donde Dios no se presenta evidente, sino donde hay que elegirlo razonablemente. La razonabilidad de la fe la da en Pascal la razonabilidad de la miseria humana. Por tanto, pensamiento pesimista que contrasta con el optimismo raciocinante de Cartesio. Pero donde vemos cómo el humano moderno puede verse retratado, como individuo poderoso por su razón y limitado por su propia razón, tragedia en el cañaveral, como le claman sus propios sentimiento .