Hay
filósofos que han destacado por la profundidad de sus escritos
o por la influencia en sus discípulos. A Diógenes
se le recuerda, sin embargo, por su "vida perra".
Es,
excepcionalmente su estilo de vida y la de su escuela la que nos
comunica algo a tener en cuenta a la posteridad.
De
él se cuenta que pidió a Alejandro
Magno que se apartara del Sol, que era lo único
que quería, cuando el emperador del mundo
podría haberle dado la mitad de su reino.
Diógenes pertenecía a la escuela cínica, y "cínico"
se deriva del término griego "Kyon" que significa
perro, porque, al igual que "el mejor amigo del hombre"
los cínicos amaban la fidelidad y la naturalidad. Se trata
de una escuela fundada por Antístenes de Atenas y que guarda
contactos con otra similar, la de los "cineraicos".
Como éstos, los cínicos eran, respecto a la posibilidad
del conocer, fenomenistas, relativistas y escépticos y,
con respecto a la ética, autosuficientes.
Era la "autarquía"
su objetivo más anhelado, porque el hombre feliz era el
que podía bastarse a sí mismo y no deberle nada
a nadie. En política, tal y como el periodo helenístico
al que se las adjunta, sostenían un "cosmopolitismo",
donde el sabio es un ciudadano del mundo, sin preocupación
por las vicisitudes microscópicas sobre ningún tipo
de patria que no fuese el mundo conocido. Pretendieron rechazar
la esclavitud y todas las desigualdades sociales que percibían
y más que tendentes al placer, eran seres ascéticos,
hechos de raíces de los árboles, fuertes y autosuficientes,
despreciadores de cualquier fama, dinero o reconocimiento social.
De Diógenes,
dice su homónimo Diógenes Laercio,
que "se dio a una vida frugal y parca, sin buscar lecho,
no temía la oscuridad ni anhelaba ninguna de las cosas
que servían para vivir regaladamente. Según algunos,
fue el primero que utilizó el manto doble, con el fin de
tener con él lo necesario y servirse de él para
dormir. Proveyóse también de zurrón, en el
cual llevaba la comida y para satisfacer sus necesidades se servía
de cualquier lugar". Por tanto, estamos ante un campeón
de la austeridad, a la que sumaba el desprecio de lo que apreciaban
los demás hombres. De él se cuenta que pidió
a Alejandro Magno que se apartara del sol, que era lo único
que quería, cuando el emperador del mundo podría
haberle dado la mitad de su reino. De él se cuenta también
que llegaba a la plaza, a pleno día, con un candil encendido
en la mano y diciendo "busco a un hombre", esto es,
a un ateniense de verdad a quien no le importara como a él
el éxito o el qué dirán.
Esta mezcla de vagabundo y santón
hace de este filósofo cínico un ejemplar típico
de filósofo que reaparecerá muchas veces en la concepción
popular, incluso siglos después en "el filósofo"
de Máximo Gorki. Aunque individualistas, los cínicos
formaban un movimiento que se ofrecía, con ánimo
alternativo a la sociedad ateniense del siglo IV a. C., en una
sociedad inestable, sacudida por muchos conflictos bélicos
y revueltas sociales, con un abismo de desigualdad entre pobres
y ricos y con una marginación llamativa de los esclavos
y los extranjeros respecto de los atenienses de pura cepa.
Los cínicos insistían
en la necesidad de superar las desigualdades imitando a la madre
naturaleza, permaneciendo fieles a sí mismos, en absoluta
imperturbabilidad o eliminación de cualquier intranquilidad
o preocupación, siendo, en esto, antecesores de los estoicos.
Aclimatarse a las inclemencias de la naturaleza y optar por las
múltiples carencias a las que ella nos impele, se impone
a quien quiere seguir este esforzado camino de filosofía
o estilo de vida filosófico. Aceptar los continuos vaivenes
de la fortuna y cualquier tipo de sufrimientos y la misma muerte
como lo más natural entra dentro del genio cínico.
Aristóteles en su Política
nos deja el testimonio de los cínicos como luchadores por
la igualdad social. Así, nos dice "los cínicos
opinan que es contrario a la naturaleza humana poseer siervos,
porque sólo por convención (por ley positiva) es
siervo el siervo y libre el libre; pero por naturaleza no se diferencian
en nada uno de otro. Por tanto, la esclavitud es injusta, porque
surge y se mantiene por medio de la violencia".
Pero no se piense que Diógenes (entre los suyos) es un pacifista entre flores. Se trata de una
personalidad, a veces áspera y desagradable, como la misma
naturaleza a la que imita. Tal vez, entre los "sabios"
del periodo helenístico los cínicos sean los que
mejor han comprendido que no debían idealizar a la naturaleza
a la que decían seguir. Lo de la imitación del "perro"
no es a la letra pero tiene más semejanzas útiles
que desemejanzas. Así "preguntado Diógenes qué hacía para que le llamasen cínico, respondió:
halago a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo
a quienes me desagradan". Tal vez no pueda retratarse
de mejor modo una actitud "perruna", pero también
un estilo de vida humano, arrogante y autosuficiente.
Quizás no sea honrado hablar
de los cínicos sin nombrar, aunque sólo sea un poco,
el contrapunto de los cineranicos. Ellos también fueron
un estilo de vida filosófico del periodo helenístico
contemporáneo al de los "perros". La escuela
nace de Aristipo de Cirene y, ante las mismas circunstancias de
sus contemporáneos cínicos, desdeña el camino
del ascetismo y adopta el del placer. Se hacen hedonistas.
El bien humano es el placer, que
es un sentimiento positivo producido por las sensaciones suaves.
El objetivo en la vida se centrará en evitar el dolor y
buscar el placer. Pero los cirenaicos sabían que el placer
puede dominar al ser humano y esclavizarlo. La cima del ser humano,
estaba como para los cínicos, en la "autarquía"
y no se puede sumergir el ser humano en el placer sin dejar de
ser amo de sí mismo. Por eso defenderán todo placer
que no nos haga desgraciados. En ello serán predecesores
de los epicúreos.
El
bien humano es el placer, que es un sentimiento
positivo producido por las sensaciones suaves.
Según Sexto Empírico,
"las sensaciones – dicen los cirenaicos – constituyen
evidentemente los criterios y los fines de las cosas: la vida
debe orientarse por ellas y buscar en ellas la evidencia y la
satisfacción; la evidencia reside en las sensaciones y
nuestra satisfacción en el placer". Se trata, por
tanto, de hacer uso de los sentidos, algo que estaba olvidado
en formas de filosofar anteriores a ellos. Cubre la filosofía
cineraica un cierto sentido común donde si bien el exceso
de placer es rechazado, supone también un exceso rechazable
la ausencia o la abstinencia absoluta de placeres. No se puede
llamar humano a quien vive como un cerdo, pero tampoco a quien
se desarraiga del mundo pretendiendo ilusamente erradicar de sí
cualquier tendencia sensual.
Cínicos y cirenaicos,
son, por tanto, el germen de un pensamiento en tiempos de crisis,
de un pensamiento y un estilo de vida universales y llamados a
reaparecer siempre que las certidumbres teóricas hagan
aguas en la historia, siempre que los grandes sistemas se muestren
ya pequeños o hayan encogido y el ejemplo vivo de Diógenes es, sobre todo, un testimonio – siempre deseable - de libertad
interior.