La muerte de Sócrates no sólo fue una conmoción
para su ciudad, sino también y, sobre todo, un acontecimiento
traumático que marcó la vida de uno de sus discípulos
más aventajados: Aristocles. Para los amigos: Platón.
El
desengaño del que parte la filosofía
de Platón marca su visión lúcidamente
pesimista e idealista de todo su pensamiento.
La sensación que se abre
en la mente de este joven, de inquietudes políticas aristocráticas,
es la misma que se abrió ante Saulo de Tarso, San Pablo,
ante la muerte del Nazareno. La interna pregunta de éste:
¿Cómo puede ser divina la ley de Dios que ha mandado
matar a un justo a quien Dios quiere? Su respuesta: la ley de
Dios dada a los judíos ya no es válida. Hay que
elaborar una nueva fe. Por su parte, Platón se preguntará en su interior: ¿Por qué la
mejor ciudad ha matado al mejor hombre? Su respuesta será:
no era la mejor ciudad. Hay que construir una ciudad que no mate
a la Filosofía y donde los gobernantes sean filósofos
(amantes del saber).
La venganza o un velado resentimiento
está, por tanto, al comienzo de la sabiduría Platónica
y, como en el antiguo caso del maestro chino Confucio, la convicción
de que, si no puedes llegar a ser buen político para guiar
a los hombres, conviértete en el educador de sus hijos
para que ellos den al pueblo el gobierno que tú has querido.
Pero Platón lo intentó, varias
veces, con los dos Dionisios (I y II) de Siracusa. En uno de estos
intentos, fue hecho esclavo, vendido como tal y rescatado por
su amigo Aníceris de Cirene, que le proporcionó
el dinero para construir su Academia (en el lugar consagrado al
héroe Academo), en una colina desde donde se divisaba a
la ciudad asesina mientras se soñaba sustituirla por otra
regenerada.
El desengaño del que parte
la filosofía de Platón marca su
visión lúcidamente pesimista e idealista de todo
su pensamiento: nuestra tierra, con sus percepciones, que parecen
reales, da a nuestros sentidos el engañoso y aparente espectáculo
que esconde la realidad verdadera, sólo accesible por la
razón, esa inteligencia que de la que había hablado Sócrates y que nos lleva a la "episteme", por
la que ya Parménides deploraba los sentidos y amaba el
pensamiento. El alma tiene ante sí continuamente la contemplación
de lo miserable, pasajero, mudable y corruptible y ansía
de corazón llegar a lo permanente, lo valioso y sumamente
útil, lo máximamente bello, lo perfecto, la Bondad
suprema, el Bien, que atisba más allá de todo lo
que puede existir y que debe existir, dando sentido a todo lo
que aquí vale, aunque como sombra de aquella Verdad.
Recordar entre sombras lo que
vimos es la obra del pensamiento, que vuelve una y otra vez a
hacer presente, a re-presentar el pasado, pero incluso un pasado
del que no tenemos memoria. Para Platón, el mundo de los
ideales, del deber-ser de las cosas, los paradigmas, los sumos
proyectos de todo, pululan, como en el mundo de las matemáticas
los números, en algún lugar ignoto del que procedemos.
Somos ciudadanos del infinito, desterrados a perpetuidad, eternamente
inmigrantes. El alma, hecha de materia sutilísima de estrellas,
es arrojada a nuestro mundo con una nostalgia de lo que no sabe
y comienza a saber a medida que se le presentan objetos que le
recuerdan a lo que en algún remoto lugar debió ver
con los ojos de la mente. Somos ansia de infinito en una finitud
que nos encarcela, "ángel con grandes alas de
cadenas", bebedores de un agua que no sacia, restos
del naufragio de una gran escuadra desarbolada.
El hombre debe ascender desde
su "caverna" hacia la luz, llevado a veces por la fuerza
de quien le quiere educar y debe ponerse de cara a la luz que
le ciega, esa luz que es la razón, por la que debe contemplar
y elucidar lo que vale de lo que no es. Al final, quien llega
a la luz debe retroceder y volver al seno de la caverna y decirle
a los prisioneros (él ha sido un prisionero) que no conocen
sino de oídas y que deben aprender y pararse "a distinguir
las voces de los ecos". No le soportarán, el extranjero,
que llega a estorbar la tranquilidad y oscura ociosidad de la
caverna, será objeto de burla. Muchos le verán desmañado,
porque, caminando y bajando de la luz hacia las sombras también
hay una obnubilación, un no ver claro, un deslumbre de
la oscuridad. Y lo matarán, como hicieron con Sócrates,
el que veía, el que, siendo ateniense, parecía extranjero,
porque se había hecho ciudadano de mundo de los ideales
y los ideales son el peor enemigo de la mediocridad.
Educar es sacar de dentro lo que
ya hay, no poner ojos a nadie, como pensaban los sofistas, sino
coger pedagógicamente de la mano y, con dulzura, hacer
ascender hacia arriba: primero, por el camino fácil de
las imágenes, luego, yendo hacia los objetos de esa imaginería
y, más allá de eso, saltando el abismo entre lo
sentido y lo pensado, hacia el mundo de lo discursivo que termina
allá donde no cabe ningún contacto con lo material,
ni siquiera con las privilegiadas formas geométricas, hasta
llegar a las "Ideas", los proyectos de ser de todo,
donde el sabio encuentra su sabiduría, donde el gobernante
encuentra cómo gobernar.
Así, la ciudad ideal será
la gobernada por un rey-filósofo (educado en la ascensión
hacia los proyectos arquitectónicos de todo), cuya virtud
será la prudencia; defendida por guardianas, edificados
en la fortaleza y constituída por los artesanos y comerciantes,
esto es, los productores, guiados por la moderación. Todos
ellos cumplirán su misión y así todo funcionará
bien. Sonará armónicamente. Pero la justicia no
reinará en la ciudad perfecta sin que en cada uno el alma
inteligente no domine y dome, manteniendo en su sitio, al alma
de los sentimientos nobles y al alma de los instintos. De ahí
que la justicia en cada uno sea fundamental para construir la
justicia en la ciudad. No hay ética sin justicia ni justicia
sin ética. No podremos crear ciudades felices sin ciudadanos
felices ni viceversa. Esa intención, radicalizada en "La
República" y moderada en "Las Leyes"
es el secreto intento de Platón.
No hay ética
sin justicia ni justicia sin ética.
Tal vez él haya sido el
precursor de muchos desmanes: intelectualismo y espiritualismo
sobre materialismo y del desprestigio y desvaloración de
cuerpo y de lo material, que el cristianismo posterior verá
con buenos ojos. Tal vez podamos ver en su ciudad ideal la encarnación
de totalitarismos como el de la exRusia soviética o el
absolutismo vaticano, pero no cabe duda de que este ateniense
genial nos sigue enseñando a mirar hacia los ideales en
épocas de pragmatismo y corrupción.