El
escritor griego Aristófanes se ríe de Sócrates
en su comedia titulada "las Nubes", confundiéndolo
las suyas con las formas de argumentar y hablar de los miembros
del movimiento sofista.
Sólo
conocemos al Sócrates "de la fe"
platónica, no al Sócrates "de
la historia".
La realidad es que Sócrates y los grandes sofistas fueron contemporáneos y que ambos
se dedicaron a enseñar en el atribulado siglo IV, en Atenas,
a los jóvenes cansados, no sólo de las contiendas
cosmológicas presocráticas, sino también
ante la demagogia de una democracia gastada; pero Sócrates se ha distinguido a lo largo de la historia de la filosofía
no sólo como filósofo modélico, tal y como
nos lo transmitió su discípulo Platón, sino,
sobre todo, como modelo universal de hombre. Lo cierto es que
el hombre que fue Sócrates es difícil
de elucidar. Sólo
conocemos al Sócrates "de la fe"
platónica, no al Sócrates "de
la historia". Pasa algo así como con el judío
Jesús de Nazaret, al que el ateniense se parecerá
no sólo por el hecho de no escribir nada sino, especialmente,
por su paradigmática forma de morir. Sea como fuere, sin
sofistas no se entiende a Sócrates, igual
que sin fariseos no se entiende al Nazareno.
El movimiento sofista nace de
la preocupación de varios intelectuales atenienses ante
el desconcierto que supone el relativismo cultural, nacido del
contraste entre pueblos diversos que conlleva siempre el intercambio
mercantil, y la constatación de la ineptitud de los gobernantes,
preocupados por su propio bien y que habían hecho de la
sociedad de Atenas, lejos ya del esplendor del siglo de Pericles (siglo V a.C.), un "sálvese quien pueda" existencial
y ético. No había ningún principio firme
ni ningún valor estable. El "todo vale" se
imponía, por tanto, en una sociedad desmembrada. Los sofistas
van a dar a este problema su propia solución: la ilustración.
Esta primera ilustración
que consistirá como la futura (del XVIII) en un "atreverse
a saber", conllevará el primado de la educación
de la juventud, a la que los sofistas, por primera vez, trataran
como alumnos, esto es, cobrando por enseñar. Sus enseñanzas
serán, para entendernos, una mezcla de "masters"
de "relaciones públicas", "protocolo"
e "introducción en la práctica forense".
El "foro" latino, que en grecia es el "agora"
o plaza pública, será el campo de pruebas de estos
nuevos charlistas, que convertirán, como buenos abogados,
cualquier razón mala en verdad impecable. No importará
la verdad, sino el uso que se hace de ella, la utilidad para aquél
que la ejerce. Los sofistas liberan a la palabra humana de cualquier
compromiso ético y la esclavizan al propio interés.
Su ilustración (al menos, esa será la crítica
clásica de los grandes filósofos áticos:
Sócrates, Platón y Aristóteles) no será
sino desinformación, relativismo y utilitarismo. Esto no
hará sino acentuar la crisis de valores en la sociedad
ateniense.
Podemos fijarnos en dos de los
grandes sofistas: Protágoras y Gorgias. Del primero, es
proverbial su frase: "el hombre es la medida de todas las
cosas, de lo que es en tanto que es y de lo que no es, en tanto
que no es". Lo que nos está diciendo es que "cada"
hombre es juez supremo de la realidad, cada uno es muy libre de
decir lo que existe y aquellos que no existen para él.
Basta que lo probemos con el juego de razones y contrarazones;
ninguna de las cuales vale nada, sino que es el almacén
de recursos para probar cualquier ambición o deseo personales.
Gorgias, por su parte, es un gran nihilista (de "nihil":
nada). "Nada existe" – nos dice – "si
algo existiera, no lo podríamos conocer, si lo pudiéramos
conocer, no lo podríamos expresar". Por tanto, quedan
sometidas a duda la existencia, el conocimiento y la palabra humanas.
Sólo es posible la Retórica, el arte de convencer
por la mera belleza de las palabras, aunque éstas estén
vacías.
Otros sofistas curiosos son Hipias
y Antifonte, que persiguen, desde su servilismo a la ley natural,
la defensa intelectual del más fuerte, esto es, del menos
intelectual, del poder conseguido por la fuerza con extorsión.
Lo prueban al decir que los animales y los niños viven
"naturalmente" la convicción del halago al
poderoso. Son los teóricos de la filosofía "aúlica",
los pelotas de todos los tiempos. La revolución de Sócrates vendrá dada por un nuevo estilo de indagar la verdad. Convencido
de la ignorancia de los que saben, desde su búsqueda juvenil
de identidad, en fuerza al oráculo y al "conócete
a ti mismo" del frontispicio del templo de Apolo en Delfos,
el ateniense se lanza a desenmascarar con su "arte mayeútica"
(paritoria, como la de su madre) las mentes de los ciudadanos
ilustres de su ciudad, que comprueban consternados cómo Sócrates se va metiendo en el bolsillo
a los jóvenes a costa de delatar la ignorancia en los mayores.
Junto a éste método resplandecen sus más
profundas certezas: en un "alma" (Psiché) concentrada
en las capacidades intelectuales y destinada a la "excelencia"
(areté) en la persecución de lo bueno y lo perfecto.
Hay valores no relativos,
por los que merece la pena sufrir y morir.
Ya no se centra la excelencia
o virtud en la fama, el éxito o el linaje, sino en la autoconstrucción
de un hombre libre desde dentro: con "enkrateia" o
poder sobre sí mismo. Sócrates sabía ("intelectualismo moral socrático")
que el hombre "peca por ignorancia" y no se debe castigar
al culpable, sino reeducarlo en sociedad. Método, talante
y convicciones personales, unidas a ciertas "rarezas"
socráticas como la de atribuir a un "daimon"
la guía personal hacia lo que no debía hacer (algo
así como una conciencia moral), conducirán a Sócrates al tribunal popular que le acusará de "introducir
nuevos dioses en la ciudad" y "corromper a la juventud".
Su respuesta será la de una especie de no-violenta resistencia,
que afronta con entereza la pena de muerte materializada en la
ingestión de cicuta y rechaza la huida. La ciudad que le
ha educado en las leyes no puede ver apartarse de las leyes que
le matan a un hombre justo. Sócrates,
el justo injustamente condenado da con su muerte la lección
suprema: hay valores no relativos, por los que merece la pena
sufrir y morir: la ciudad y sus leyes, la filosofía entendida
como desenmascaramiento de la mentira y persecución apasionada
de la verdad.
El debate ético quedará
establecido para siempre: servirse de la filosofía para
escalar el poder o el propio provecho o bien servir a la filosofía
como forma de ser un ser humano, como modo de liberarse desde
dentro, como pasión, que al margen de intereses, nos cuesta
la misma vida.