La filosofía en su historia
Tales
:: Y los físicos de Mileto ::

El pensamiento es patrimonio de la humanidad, pero la filosofía tiene su sello en Grecia, hace veintisiete siglos.

Fue allí, en la costa de la actual Turquía, entre aguas transparentes y playas del Egeo, donde por primera vez alguien pensó sin recurrir a fantasías ni a mitos ni a fuentes irracionales. Ese alguien se llamaba Tales y vivió en Mileto, la capital de la civilización Jónica.

Sabemos de él por su famoso teorema y sabemos también que predijo un eclipse de sol en el año 585 a. C. y que una lechera, que le vio caer por despiste en un pozo (según cuenta Diógenes Laercio) se rió abundantemente de él. Así nace la filosofía, con la leyenda negra del despiste del sabio.

Para Tales, todo comenzó por el Océano, ese océano que contemplaba todos los días de su vida desde su bulliciosa y mercantil Mileto.

Pero lo cierto es que, ante Tales, nos encontramos con un ciudadano bastante práctico y ejemplar: participó en el gobierno de su ciudad y era consultado para cuestiones políticas tanto como para las técnicas. En un mundo en el que la ciencia y la filosofía nacen unidas (y permanecerán así hasta Galileo, en el siglo XVI), Tales busca y enseña un por qué a la pavorosa sorpresa de que todo en derredor nuestro cambie, nazca y muera, se transforme y sea engullido por el tiempo. Ese vértigo de la admiración filosófica precisa una respuesta que atienda a la necesidad de seguridad de ese humano que se ve a sí mismo perdido en la naturaleza (la "Physis") y es, al mismo tiempo, pequeña parte ordenada (microcosmos) de un Gran Orden (Cosmos), opuesto a cualquier desorden (Caos) y que proyecta su cabeza ordenada en el orden de la más prestigiosa creación: la ciudad (la "polis").

Lo que tanto ha costado construir, se puede deshacer por una invasión bárbara, por un maremoto, por una pandemia. Somos frágiles incluso en lo que creemos más fuerte, en nuestras más sólidas obras; pero todo acaba. Entonces la razón se revela y dice: ¡Algo debe permanecer! Y ese algo debe ser, al mismo tiempo, origen, sustrato básico y causa de todo (la "arché").

Para Tales, todo comenzó por el Océano, ese océano que contemplaba todos los días de su vida desde su bulliciosa y mercantil Mileto. La mera observación nos habla de los continuos cambios que realiza el agua, pasando del estado sólido al gaseoso y éste al líquido y encontrándose líquidos en todos los cuerpos analizables, incluido el humano. Ese fluido del océano por todo el cuerpo vivo del universo, una materia orgánica, hace de Tales el físico-filósofo de la unidad frente a lo diverso y de lo diverso entrando en la unidad.

De él, como de todos los llamados "presocráticos", no conocemos sino el repertorio de "fragmentos" que, con paciencia alemana, Dils y Kranz, recuperaron sondeando otros escritos posteriores salvados del incendio de la biblioteca de Alejandría (siglo VI d.C). Nos queda la alusión de Tales al imán, que "tiene alma". No se trata, desde luego, de un recurso al mito, sino de la comprensión de la fuerza imantada, fuerza atractiva de los cuerpos, como esencial para la vida. Maravilloso observador Tales, que también nos dejó a sus discípulos.

Anaximandro de Mileto fue un hombre práctico, como geógrafo o cartógrafo y como político, pero estaba, como su maestro, obsesionado por la búsqueda filosófica de aquello que perdura y no puede morir y, sin embargo, está a la base de todo. Este elemento no es ya una parte de la naturaleza, sino que Anaximandro la considera "ápeiron": lo indeterminado. Es eterno, pero invisible. Gusta de ocultarse en lo que vemos y, en este universo cilíndrico (limado por los vientos del horizonte), no ya plano y sostenido por el agua, como en Tales, lo indeterminado aparece y desaparece a su antojo, buscando mentes despiertas que lo delaten.

Nos queda el origen de la filosofía, que se repite en cada uno de nosotros cuando nos admiramos, no con el "eureka" del científico, sino con la sorpresa y el desconcierto de lo paradójico.

Entre los "fragmentos" que se atribuyen a Anaximandro se encuentra lo que algunos han llamado: un anticipo de la evolución, al decir que el "el hombre ha surgido del mar", su parecido con los peces es grande y debió salir del océano por cambio en los mismos. Demasiado atrevido achacar al milesio algo de evolucionismo, pero su matiz de conexión con lo originario queda clara en la mención y desarrollo de su filosofía que hará Heidegger en el siglo XX.
Anaxímenes de Mileto, también discípulo de Tales, nos dejó en el "aire" su idea más aproximada de lo que puede ser el Arché de todas las cosas. El aire, que lima en redondo a la tierra hasta convertirla en una esfera, también se transforma, mediante complicados mecanismos de condensación y rarefacción, en la gama de lo sólido, líquido y gaseoso. Fue Anaxímenes el más citado de los milesios en la antigüedad, sin duda para acentuar su cercanía a una noción de "espíritu", que su "pneuma" está muy lejos de representar, ya que para los milesios es muy difícil alejarse de una visión estrictamente materialista de la naturaleza.

Nos queda de estos primeros campeones de la filosofía, su valentía al adentrarse en una explicación racional, sin a veces poder comprobar nada de lo que afirman, más allá de su simple intuición; pero prefiriendo la luz de la razón a la oscuridad de cualquier creencia absurda. Nos queda el origen de la filosofía, que se repite en cada uno de nosotros cuando nos admiramos, no con el "eureka" del científico, sino con la sorpresa y el desconcierto de lo paradójico. Los milesios nos dan una lección de librepensamiento y la convicción de que la filosofía, desde sus inicios, estuvo conectada con la utilidad secular: la construcción de la ciudad desde dentro, la comprensión de universo y del papel del humano en el contexto natural.

...por Cristina M. Null

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