El
continente africano no parece haber sido particularmente agraciado
por la filosofía. Su nivel de desarrollo y sus múltiples
problemáticas socioeconómicas han frenado un desarrollo
cultural paralelo al resto del mundo; pero, si bien es cierto
esto, también lo es que África no ha estado ajena
a la sabiduría.
Incluso
en términos académicos Aurelio Agustín la
cima del platonismo cristiano o Avicena, cumbre del aristotelismo
islámico eran africanos y en los escritos de bastantes
literatos y políticos ilustrados de ese continente, homenajeados
recientemente con el Nobel de literatura, se encuentran páginas
en las que reverbera la sapiencia tradicional africana.
Pero
es esa sabiduría donde se encuentra el filón extraordinario
por el que África se abre a la filosofía, desde
aquella noche de los tiempos en que los grupos de homínidos,
emergiendo de los simios superiores antropoides dieron muestras
de afincarse en la tierra buscando un sentido a esa estancia en
la naturaleza a veces tan hostil.
Al igual que las religiones tradicionales africanas no están
sometidas a dogmas, los filosofemas o semillas del verbo filosófico
africano no están sometidas ni a sistema ni a veces a la
lógica al uso. Vivir en el aquí y en el ahora es
la preocupación general de la filosofía africana,
no hay posibilidad de pensamientos mesiánicos o de creencias
apocalípticas, pero sí de una preocupación
intensa por el tiempo. De modo que Dios es para el africano la
explicación del contacto del ser humano con el misterio
del tiempo.
El
tiempo es para el africano una vivencia pasada y presente y, sólo
en una perspectiva cortísima, de varios meses o semanas,
tiempo futuro. El africano vive del pasado que ilumina el presente
y no contempla una programación o proyecto de futuro. Para
esta mentalidad la heideggeriana concepción de la vida
como posibilidad carece de sentido. La vida, ante todo, es memoria
y respeto por y para la memoria humana. Hay dos términos
de la lengua suahili que expresan bien lo que en otras lenguas
y culturas africanas y en la misma cultura suahili se vive respecto
al tiempo. Estos son "Sasa" y "Zamani".
Sasa designa el periodo temporal de la actualidad, el ahora en
que vive la persona y su tribu, es el espacio de la acción
y la preocupación cotidianas. Lo que entra dentro del Sasa
está ya a punto de ocurrir, no se admite (ni hay en lenguas
autóctonas africanas vocablos para ello) ningún
acontecimiento lejano en el futuro. Ese pequeño futuro
concebible por la mente africana está contenido en el Sasa.
El Sasa contiene la experiencia de la existencia del individuo.
Cuanto más vive una persona más amplio es su Sasa.
Quien
llama a los pueblos africanos "no desarrollados"
o "subdesarrollados" está empleando
una terminología eurocéntrica que el
africano mismo no es capaz de comprender.
Zamani
tampoco se identifica plenamente con lo que un occidental denominaría
pasado. El Sasa desaparece o se diluye en el Zamani. Éste
es el final de todo tiempo, el tiempo en el que el propio tiempo
desemboca y muere. En el océano del Zamani todo se remansa,
todo dolor queda sanado, toda complejidad disuelta, toda memoria
olvidada. En él ya no hay ni antes, ni ahora ni después.
Si Sasa conecta a cada ser humano con sus realidades cotidianas,
con su vida; Zamani abre la caja de pandora de los mitos, desde
donde el Sasa cobra luz y sentido. Todas las cosas del mundo quedan
abrazadas, abarcadas desde lo profundo por ese ámbito oceánico
y radical del tiempo. Al igual que los antiguos griegos no conocían
el concepto cristiano de la linealidad del tiempo entendido como
progreso desde un pasado a un futuro de plenitud que pasa por
un presente, sino que se encerraban en su aleccionador concepto
de eterno retorno, así los pueblos africanos no están
hechos para comprender la historia de un modo lineal. Nada traerá
el futuro. No habrá en él edades de oro o reinos
de dios. No hay, por tanto, idea de progreso o idea de desarrollo.
Quien
llama a los pueblos africanos "no desarrollados" o
"subdesarrollados" está empleando una terminología
eurocéntrica que el africano mismo no es capaz de comprender.
Un africano no planifica el futuro y, no porque sea particularmente
pusilánime ante la realidad por venir, sino porque no concibe
que el tiempo tenga esa medida. El centro de atracción
de la medida del tiempo es el Zamani, en donde pululan cantidad
de mitos explicativos del origen del mundo, del ser humano, del
silencio de los dioses ante el hombre, de la llegada de los humanos
a la tierra de los antepasados. El sentido yace en el Zamani.
Cuando
una persona envejece va aproximándose del Sasa al Zamani.
Igual que para nacer de verdad hay que esperar no sólo
el parto sino hasta los ritos de paso de la adolescencia, así
el proceso de la muerte va labrándose poco a poco, ya que
el individuo, tras su muerte, no desaparece del todo, sino que
pervive un tiempo en el Sasa, en la actualidad en la medida en
que el recuerdo de sus familiares y amigos le convierte en una
ausencia presente y le representa vívidamente. Las palabras
del difunto, las anécdotas de su vida, los objetos por
él queridos y que pasan en herencia, los gestos, adivinados
o copiados en sus descendientes son el testimonio de que siguen
vivos en el tiempo de la existencia. Por eso se les sigue llamando
por su nombre en un periodo de cuatro o cinco generaciones, pero
cuando muere también la última persona que los conoció
los difuntos pasan al tiempo Zamani. El difunto será un
"muerto viviente" mientras sea memoria viva en alguien,
pero se hundirá en el abismo de los mitos cuando sea borrado
del mapa de la memoria de los vivos. Entonces los muertos entran
en un periodo indefinido de "inmortalidad colectiva"
donde la ontología africana afina su idea de tiempo hasta
el límite casi imposible de pensar y nos descubre la suprema
verdad del ser humano en cualquier cultura y condición:
su vinculación a una tradición que le une a la tierra.
La
sombra sin nombre de los que se perdieron en el horizonte
oceánico del Zamani ilumina el Sasa de nuestras
angustias.
El
tiempo inmemorial nos vincula a la tierra de los antepasados,
a aquellos que nos hicieron posible y no están y sin embargo
están en la memoria colectiva. Hay aquí resonancias
que han sido tratadas desde otros puntos de vista en occidente:
así en Unamuno la "intrahistoria" responde
claramente a ese Zamani del que el ser humano recibe sentido y
trascendencia. Somos lo que nos deja ser la sangre derramada de
la historia. Es también, en la profunda visión del
psicoanálisis de Jung la presencia del inconsciente colectivo
que nos marca y nos sella desde dentro en múltiples manifestaciones
que, sin embargo, no podemos calibrar ni concretar adecuadamente.
La sombra sin nombre de los que se perdieron en el horizonte oceánico
del Zamani ilumina el Sasa de nuestras angustias. La filosofía
africana nos lo cuenta, no ya como el relato fantástico
del brujo de la tribu, no como una revelación nacida de
un ensueño, sino aportándonos una verdad razonable
y que "da que pensar" y explica no pocas razones.