En
China, más que tal vez en otras latitudes, las preocupaciones
políticas y sociales subyacen a todo pensamiento. Por encima
de las exhaustivas distinciones de su filosofía, existieron
en la antigua China, dos tendencias filosóficas claras
y opuestas: una, positiva y práctica, la de los "letrados";
otra, metafísica y mística: la de los "taoístas".
Lo que importa es vivir
la vida con "rectitud" (yi).
Los primeros estudiaban los Seis
Libros Clásicos y el Ceremonial, que incluían las
responsabilidades sociales, el respeto a los ancianos, la práctica
de las grandes virtudes humanas. Sin embargo, los taoístas
despreciaban las convenciones sociales, preconizaban lo natural
y lo espontáneo y sólo concedían valor a
la preparación personal para la unión con el Principio
invisible.
Por "confucianismo"
se ha conocido en Occidente a la escuela "Ju Chia",
la escuela de los "letrados". Los seguidores de la
misma eran, al mismo tiempo, eruditos y pensadores, esto es, almacenaban
saber y también lo creaban. El Estado chino reconoció,
hasta la Revolución, que era el método óptimo
de educación de su pueblo y se les tuvo por la filosofía
oficial. Esta escuela reconoce a Kung-Fu-Tao – Confucio para los occidentales – como su maestro fundador.
Nacido en 551 y muerto en 479
antes de Cristo, Confucio no dejó nada
escrito. Solía decir "transmito, pero no invento".
La verdad es que transmitió la sabiduría de los
antiguos y añadió no poca él mismo, porque,
aunque no inventaba, transformaba todo lo que tocaba. Para él,
todo debe funcionar armónicamente mediante "las cinco
relaciones sociales": entre el soberano y el súbdito,
entre un padre y un hijo, entre el hermano mayor y el hermano
menor, entre esposa y esposo, entre amigo y amigo. Es inútil
tratar de expresar la voluntad inescrutable del "Cielo"
(Tao). Sin embargo, ésta se cumplirá si el ser humano
se va perfeccionando poco a poco en sus relaciones, consiguiendo
cada vez mayores cotas de personalidad y racionalidad. Lo que
importa es vivir la vida con "rectitud" (yi) y comprender
la significación profunda de los rituales naturales y sociales
(li), donde el respeto a las jerarquías y la propia función
son decisivos.
Para obrar "yi" es
necesario estudiar las relaciones entre las realidades y los términos
designados por ellas. Esa es una tarea ardua: "la rectificación
de los nombres" (Cheng Ming). Cada nombre contiene ciertas
exigencias de sentido de acuerdo a la esencia ideal de las cosas.
No remite esto a un platónico mundo de las ideas, sino
que está instando a una dimensión ética:
cada realidad tiene sus responsabilidades y sus deberes, que hay
que cumplir y dejar cumplir. Esa es la condición de un
mundo en paz.
El Soberano, esto es, el gobernante,
está especialmente cuidado por la doctrina de Confucio.
Debe gobernar más por su virtud que por su poder. Su principal
tarea es reformarse a sí mismo, siendo soberano de sí,
y cumplir con sus deberes para con el prójimo. Para eso,
debe conocer a los hombres y, por ello, es preciso que conozca
al Tao del Cielo. Para Confucio, el gobierno ideal es el del hombre
santo. Esa santidad es un conocimiento innato de los símbolos,
del Bien y de lo Verdadero. El sabio adquiere paulatinamente lo
que el santo tiene por naturaleza. Nada hay en este mundo que
no sea profundamente bueno. El sabio sabe captar esa bondad de
todas las cosas y a ella busca utilidad para todos. Para ser sabio
hay que acompañar el estudio de la bondad de las cosas
con algunas acciones, la más importante de las cuales es
la de examinarse bien a uno mismo para conocerse cada vez mejor
y emplear la rectitud (yi) con los demás. El Bien se difunde
por sí mismo. No necesita propaganda. Con su sola presencia,
el sabio transforma su ambiente. Nunca un hombre es sabio si busca
su propio interés. El hombre vulgar es su opuesto y a éste
le corresponde la preocupación por la propia comodidad,
la sed de placer, de riquezas y de honores. El sabio no reivindica
nada y vive feliz con lo que tiene. Tampoco le importa que los
hombres le ignoren, porque el Cielo le conoce bien. Se vence en
todo a sí mismo y así mantiene el equilibrio entre
sus facultades. El exceso es malo en todo momento. El sabio se
mantiene siempre en el "invariable medio". A esta
aristotélica doctrina se la ha llamado en China "Chong
Yong" (Camino Medio).
El "Li" y el "Yi",
como imperativos de la conciencia, no serían más
que fría especulación si el sabio no añadiera
a ellos "Jen": sensibilidad humana, sentimiento de
compasión, sin el que para nada podrían darse, de
un modo perfecto, las relaciones sociales, que deben estar marcadas
por el calor y afecto humanos. Porque si los hombres no simpatizaran
entre sí no podrían juzgarse de acuerdo a su mayor
o menor rectitud. El aprendizaje del "Jen" se desarrolla, según Confucio, en el seno de la familia, por eso fue tan
exagerado en implantar la piedad filial a los mayores, porque,
según él, sin amor a los padres no se tiene amor
al país, al ambiente que a uno le rodea ni a los demás
seres humanos.
Confucio resumió la doctrina
de la rectitud en la "frase de oro" del Evangelio,
quinientos años antes de que la predicara el Nazareno y
en formato positivo: "Haced a los demás lo que queráis
que os hagan". Y en formato también negativo, para
explicar, no sólo la rectitud, sino también el altruismo:
"No hagáis a los demás lo que no queréis
que os hagan". El "Jen", practicado de ese modo,
es una virtud social que crea paz y armonía alrededor.
"Quien se ejercita en la rectitud y el altruismo no está
lejos del Tao". Pero es necesario cambiar para ir adaptándose
más y más a ese estilo de ser. Porque "sólo
no cambian los grandes sabios y los grandes idiotas". Propio
del hombre es cambiar y adaptarse y, si es a mejor, adquiriendo
mayor cultura, la naturaleza humana será más digna
de confianza.
"Quien
se ejercita en la rectitud y el altruismo no está
lejos del Tao".
Confucio predicaba,
ante todo, con el ejemplo. Su vida entera, al no poderse dedicar
a la política que cambiara por fuera el país, se
dedicó a la educación que podía cambiarlo
por dentro. Su vida fue una continua ascesis en las relaciones
sociales, buscando en todo rectitud y altruismo. Se cuenta que,
cercano el fin de sus días, un discípulo suyo le
pidió permiso para invocar sobre él la protección
de los espíritus. A lo cual el maestro respondió:
"Mi plegaria es mi vida".