A
pesar de que los alemanes seguían sin resignarse a asumir
el papel de vencidos en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial,
los planes aliados empezaban a tener éxito y tras el desembarco
en Normandía (conocido popularmente como el Día
D) ya se vislumbraba el tan deseado final.
La
celebración de la Conferencia de Yalta celebrada en Crimea
(1945) marcaría el comienzo de sucesivas reuniones entre
las propias potencias aliadas por lograr el final de la guerra
y por establecer las condiciones a los vencidos.
El
día 6 de agosto de 1945 pasaría a la Historia
como el comienzo de la era nuclear.
Alemania e Italia caían irremediablemente ante la atenta mirada
de un Japón más tenaz que nunca y en la zona más
oriental de Asia, la Unión Soviética avanzaba sobre
territorios nipones y con el mandato de las potencias aliadas
de atacar el imperio nipón a cambio de los territorios
ya invadidos. Paralelo a esa orden, desde Washington se iría
madurando la idea de un ataque de mayores dimensiones cuyo resultado
fuese demoledor. Unos meses más tarde se celebró
la conferencia de Potsdam, en la que los aliados lazarían
a Japón un ultimátum en el que se declaraba la exigencia
de una rendición sin ningún tipo de condiciones.
Ante el rechazo por parte del gobierno de Tokio, el presidente
norteamericano, Harry Truman, daría orden de lanzar la
bomba atómica sobre la población civil de Japón.
De esta forma se mataban dos pájaros de un tiro ya que
Estados unidos, además de ahorrarse hombres y medios, conseguiría
dar una muestra de poderío militar a un Stalin con arriesgadas
pretensiones.
El
día 6 de agosto de 1945 pasaría a la Historia como
el comienzo de la era nuclear. Tras Hiroshima no hubo más
que otra bomba atómica (Nagasaki) y la rendición
de Japón.
El
comité encargado de la selección del objetivo, en
mayo de 1945 y tras una larga meditación, decidiría
que los objetivos serían (por orden de prioridad) Kyoto,
Hiroshima, Kokura y Niigata. La ciudad de Hiroshima era conocida
por su papel estratégico-militar en el imperio nipón
ya que en la misma se albergaban depósitos de armamento
y plantas de investigación ultra secretas por lo que, días
previos a la bomba, recibiría el acosante bombardeo de
los B-29 estadounidenses.
El día 5 de Agosto, en la base aérea de Tinian (en
las islas Marianas), una de las tripulaciones más famosas
de la Historia despegaba tras meses de duros entrenamientos rumbo
a su primer objetivo: desplegar la muerte en la ciudad de Hiroshima.
Únicamente el comandante al cargo de dicha operación,
el coronel Paul Tibbets, era conocedor del verdadero objetivo
de la operación. A las 7 de la mañana del día
6 de Agosto de 1945 los ya cotidianos aviones de reconocimiento
sobrevolaban el cielo de la ciudad, minutos más tardes
se harían acompañar por tres aviones, dos de los
cuales efectuaron evoluciones descendientes diferentes. Del primero
caerían tres paracaídas de los que pendía
el equipo necesario para hacer el registro de la explosión
y de un segundo, se dejaría caer la bomba atómica
preparada para estallar a 560 metros de altura sobre la ciudad.
A
las 8:15 de la misma mañana, el boeing B-29 comandado por
Paul Warfield Tibbets, Jr denominado Enola Gay, en honor a la
madre del piloto, soltaba la bomba atómica: Little Boy.
El brillante destello cegó la ciudad y, en cuestión
de segundos, emergería de la tierra una voluminosa y dañina
bola de fuego que, con una velocidad superior a los 300 metros
por hora, iba consumiendo casas, vehículos, personas, vegetación...
alcanzando un radio de hasta 4 kilómetros de distancia.
Inmediatamente estalló el estampido equivalente al impacto
del viento a 800 K/h que asoló todo lo que hubo en un radio
de más de 3 Km/h.
Muchos
son los documentos que han dejado constancia de la barbarie estadounidense
y de las nefastas consecuencias de dicho acto. Muchos fueron los
que, asombrosamente sobrevivieron a la ola de fuego pero no todos
a la nube de proyectiles de fragmentos de madera, ladrillo, tejas
o cristal que produjo la explosión.
"My
God... what have we done?".
El
"viento de fuego" provocado por las enormes gotas de
humedad condensada de la nube en forma de hongo de 15.000 metros
de altura se tornarían una letal llovizna negra y grasienta
que borró en su totalidad a la ciudad de Hiroshima. No
olvidemos a los miles de japoneses que murieron en años
venideros a causa de la radiación.
Los escalofriantes efectos de dicho ataque también afectó
a los artífices de dicho infierno incrédulos de
lo que acababan de "soltar". Y al comprobar la verdadera
magnitud de la operación, de los labios del comandante
Tibbets se escaparon aquellas famosas palabras:
"My God... what have we done?"
A
pesar del tratado de neutralidad que aún mantenía
a Japón en relación con la Unión Soviética,
el incremento de la guerra en el Pacífico y los esfuerzos
japoneses por encontrar los términos idóneos para
mantener su imperio a la hora de firmar la paz, llevaría
(tres días más tarde de la caída de la primera
bomba atómica) no haría más que empujar a
los soviéticos a la invasión de Manchuria y Corea,
eso sí, previo aviso al embajador japonés en Moscú.
La mediación soviética parecía ser la clave
determinante para el final de la guerra. Ese mismo día,
Nagasaki también sufriría los catastróficos
efectos de la bomba atómica, por lo que no le quedaba más
remedio a Japón que pedir la rendición.
El
15 de agosto de 1945, sería el propio emperador japonés
quien anunciaría el término de la guerra pidiéndole
al pueblo que aceptase la voluntad imperial. El 2 de septiembre,
a bordo del acorazado norteamericano Missouri, se firmaría
la definitiva rendición incondicional del Japón.
La historia japonesa ha querido recordar este hecho tan significativo
como la guerra que rompería la racha de victorias conseguidas
durante tres mil años y la dignidad con la que fueron vencidos
ya que el genocidio estadounidense llevado a cabo en las ciudades
de Hiroshima y Nagasaki no ofrecería ni un atisbo de oportunidad
de continuar la tenaz lucha que los japoneses estaban llevando.