El proceso de deterioro del Imperio Bizantino está marcado por su lenta agonía a partir de la muerte de Miguel VIII en 1282.
Uno
de los momento clave de la historia del Imperio fue a mediados
del siglo XIV, con los reinados de los Paleólogos
Miguel VIII, Andrónico II y Andrónico III
sucesivamente.
Por mucho interés que hubiese
por cambiar la situación, la sociedad ya daba signos de
agotamiento, replegada en sí misma; las amenazas exteriores
eran continuas y empujaban a Bizancio al desastre, el imperio se convirtió en presa fácil para otomanos y serbios.
En el interior se fueron deteriorando poco a las estructuras políticas
del Estado y las transformaciones económicas, además
las intervenciones de los sectores religiosos y los poderosos
terratenientes tampoco estuvieron a la altura en un momento como
ese. Por ello el poder fue muy pronto objeto de reparto, con la
intensificación de la feudalidad.
Uno de los momento clave de la
historia del Imperio fue a mediados del siglo
XIV, con los reinados de los Paleólogos Miguel VIII, Andrónico
II y Andrónico III sucesivamente. Se intentó encauzar
el gobierno de Bizancio pero a partir de 1355 la presión
otomana obligará a la desarticulación de la sociedad
y la economía, por lo que ya resultaba insuficiente cualquier
intento de racionalización. El balance del mandato de Miguel
VIII fue bastante positivo, teniendo en cuenta lo que vendría
después. Controló de nuevo una parte importante
del antiguo territorio griego a caballo entre Asia y Europa, la
cuenca del Egeo, lugares claves en las costas albanesas y las
principales islas, con toda la carga estratégica y económica
que conllevaban. Su diplomacia y capacidad había sido fundamental
eliminando la dependencia política occidental, que hasta
entonces era el principal peligro para Bizancio. En cambio, lo
peor de su reinado fue no haber podido desarrollar una recuperación
interior, algo que pesará en la actuación de sus
sucesores.
Por su parte Andrónico
II desplegó una política en verdad poco efectiva,
que no podía hacer frente a la ruina de la población
aumentada por el incremento de los impuestos. En el exterior tuvo
que soportar los primeros enfrentamientos con los turcos por Asia
y sofocar la presión en Europa de los serbios.
Su sucesor, Andrónico
III, tomó medidas importantes en el interior del Imperio,
como controlar la corrupción en la justicia, e intentó
combatir la usura que afectaba sobre todo a las clases medias
del país. En los dos casos fueron proyectos honestos que
a la larga fueron insuficientes para frenar la división
de la sociedad, con una población en las ciudades en la
miseria que además reaccionaron de manera violenta contra
los ricos, nobles y extranjeros. De esta forma el grupo más
radical, los zelotas, planeará acciones brutales contra
los dirigentes, como la masacre que tuvo lugar en Tesalónica
contra un grupo de nobles. En el exterior vio cómo los
otomanos, con su ejército más potente, iba consiguiendo
terreno como Prusa, en Anatolia, Urján y Nicea, que tenía
un importante valor simbólico. Al final de su reinado solamente
le quedaba en Asia la parte de Filadelfia y Heraclea del Ponto,
lo que quería decir que los turcos tenían el camino
libre para cruzar los estrechos y establecerse por el lado europeo
del Imperio sin ningún problema. Además
Esteban Dusan de Serbia intentó invadir Macedonia y Albania
en su intención de crear un gran imperio serbogriego ortodoxo.
Juan VIII Paleólogo reinó
desde 1425 a 1448 y recibió un territorio ya muerto,
e intentó mantenerse a flote con la ayuda occidental,
ya que la bancarrota era absoluta e incluso se dejó
de usar la moneda de oro.
Después de ellos hubo problemas
para que Juan V, el siguiente de la dinastía de los Paleólogos,
reinara, ya que aprovechando su minoría de edad, un hombre
de confianza del emperador, Juan Cantacuceno, quería el
trono. Hubo muchos conflictos e intereses en juego, por fin en
1355 Juan V pudo reinar con la colaboración de los serbios
hasta 1391. Se centró sobre todo en los problemas de la
capital imperial, en perjuicio de otros territorios. Acabó
de un plumazo con los privilegios de los monasterios, lo cual
no fue acertado ya que el impulso de la vida espiritual en la
sociedad había hecho crecer el censo de los monjes, e intentó
ganarse el apoyo del papa.
En 1373 Juan V tuvo que reconocerse vasallo del sultán
otomano Murad I, una humillación que aumentó cuando
tuvo que luchar con él en su mismo bando. En Constantinopla,
la capital, las voces descontentas crecieron aún más,
mientras que en el exterior los otomanos, genoveses y venecianos
revolvieron más la situación para sacar beneficio
propio. Juan y su hijo Manuel II consiguieron sofocar la situación
gracias a la ayuda de los Hospitalarios de Rodas.
El reinado de Manuel II (1391-1425)
fue aún más complicado ya que empieza y acaba con
el cerco a Constantinopla y entre medias una quincena de años
de relativa paz. El primer ataque obligó a Manuel a ir
sondeando por los reinos europeos buscando alguna ayuda concreta.
Recibió buenas palabras de muchos de ellos pero no encontró
ninguna colaboración concreta, Europa estaba en un proceso
complicado de división debido a la guerra de los Cien Años.
Por suerte los otomanos estaban bastante ocupados por la presión
de los mongoles en sus territorios, lo que dio a los bizantinos
un corto periodo de paz que se rompió de nuevo con el ataque
de Murad II de conquistar Constantinopla, sin conseguirlo, y Tesalónica,
que caerá en su poder en 1430. Ya en esa época el
Imperio Bizantino sólo se sostenía
por su capital, que además seguía amenazada por
los turcos.
Juan VIII Paleólogo reinó
desde 1425 a 1448 y recibió un territorio ya muerto, e
intentó mantenerse a flote con la ayuda occidental, ya
que la bancarrota era absoluta e incluso se dejó de usar
la moneda de oro. La negociación con Roma acabó
con la decisión del Concilio de Basilea de proclamar la
unión de los cristianos con toda la Iglesia griega. Con
todo se organizó una cruzada que partió con el general
Cesarini y que desembocó en una derrota total en Varna
en 1444.
El honor de ser el último
emperador recayó en Constantino XI entre los años
1449 y 1453. El nuevo monarca si no había heredado suficientes
problemas con los otomanos ahora tenía que hacer frente
a la rebelión de los ortodoxos que no estaban conformes
con la unión con los latinos, teniendo que recurrir al
máximo dignatario de Kiev para proclamar en Santa Sofía
la unidad en medio del malestar general. Era la última
opción para atraer nuevas ayudas occidentales que ya nunca
llegaron.
El 29 de mayo de 1453, las tropas
de Moehmet II entraron sin problemas en Constantinopla y allí
lo saquearon todo. Tres años después repitieron
hazaña en Atenas y luego en Mitra para acabar con Trebisonda
en 1461. El Imperio Bizantino estaba completamente
destruido. Tras este hecho se empezó a planear la idea
de Moscú como la tercera Roma.