En febrero de 1917, el imperio ruso fue el primero en abandonar la Gran Guerra. Después de varias derrotas importantes y especialmente de la cantidad de problemas internos, no cabía otra posibilidad.
La
gran guerra que se estaba lidiando en Europa no tuvo una importancia
clave en lo que iba a suceder después en Rusia.
El zar Nicolás II tuvo
que abdicar y en los nueve meses después hubo un importante
vacío de poder que en parte quiso cubrirse con un régimen
dual formado por un gobierno provisional (que procedía
de una antigua Duma y dirigida en primer lugar por el príncipe
Lvov y en segundo por Alexander Kerenski) y por el soviet de Petrogrado,
un autoproclamado consejo obrero dominado por los socialistas.
En octubre ya se pudo comprobar que estas fórmulas no iban
a dar resultado por las escasas soluciones que habían aportado
a la hora de aliviar la sensación de sufrimiento por la
escasez de muchos de los bienes, tanto desde el punto de vista
industrial, como agrícola o alimentario.
La gran guerra que se estaba
lidiando en Europa no tuvo una importancia clave en lo que iba
a suceder después en Rusia. Ya en 1914 la capital había
vivido momentos de tensión con varias huelgas que dejaban
una imagen de policías intentando poner orden ante unos
manifestantes, en su mayoría obreros, que destrozaban todo
lo que se encontraban a su paso, cantaban canciones revolucionarias
y portaban banderas rojas. El zar Nicolás II reunió
un ejército de un millón de personas mal equipadas
pero que dejaron una huella de sangre y terror con cifras que
giraban en torno a los siete u ocho millones de personas entre
los muertos, heridos y desaparecidos.
En el momento de la abdicación
del zar, su esposa desapareció con él y con la compañía
del monje Rasputín. La zarina se había encargado
de la retaguardia mientras su marido dirigía el ejército.
Pero ella no pudo apaciguar el descontento popular que reinaba
en las calles. En el mes previo a la desaparición de los
monarcas hubo más de 1.330 huelgas industriales.
El Partido Socialrevolucionario
(PSR), el Partido Menchevique e incluso algunos bolcheviques apoyaron
en un principio al gobierno provisional. Los primeros aguardaban
a unas elecciones que les habían prometido, mientras que
los mencheviques lo hacían porque eran marxistas ortodoxos
que argumentaban que en Rusia tenía que existir una clase
obrera numerosa antes de una revolución marxista. Pero
por otro lado apareció la figura de Lenin en marzo de 1917,
líder del partido Bolchevique, que fomentó una dictadura
revolucionaria del proletariado y de los campesinos más
pobres, a los que prometió pan, paz y tierra. Lenin de
alguna forma aprovechó el descontento del campesinado y
de la clase obrera en su lucha por la hegemonía política.
Pero no todo fue tan sencillo
ya que pese a las matanzas de las tropas rusas y el fracaso de
la anunciada ofensiva contra los alemanes en junio, lo bolcheviques
se vieron desacreditados cuando los obreros volvieron a salir
a la calle en Petrogrado para exigir soluciones, así que
los bolcheviques perdieron popularidad e incluso tuvieron que
esconderse ya que eran detenidos por los hombres del gobierno
provisional.
Lo
más importante para Lenin y su partido, una vez controlada
la capital de Rusia, era ganarse el apoyo de los campesinos,
ya que representaban el sector más numeroso de la
población con casi cien millones de personas.
La crisis en el campo era importante,
la creciente anarquía en este sector tuvo repercusiones
muy negativas para la vida tanto en las pequeñas como en
las grandes ciudades, tanto que en julio de 1917 el abastecimiento
de alimentos era muy irregular en Moscú.
Kerenski fue apartado quizás
por conspiraciones. La primera de ellas la había organizado
Lenin y Ludendorff, quien proporcionó la ayuda necesaria
para que el primero fomentase la discordia en el país.
Otra causa tuvo lugar en agosto de ese año cuando el comandante
Lavr Kornílov, fue a Petrogrado para imponer la ley marcial.
Las intenciones de Kornílov tuvieron como consecuencia
el final político de Kerenski, el descrédito de
las elites conservadoras, el caos del ejército y la vuelta
de los bolcheviques que se encontraban escondidos hasta ese instante.
La autoridad y el orden empezaron
a tambalearse cuando los propios soldados empezaron a organizar
sus propios comités (sóviets), y el número
de desertores aumentó de manera espectacular. Así
muy pronto el sóviet de Petrogrado estaba controlado por
los bolcheviques, que además lo habían reforzado
con su propia Guardia Roja. Con la promesa de favorecer a los
grupos sociales más desfavorecidos, Lenin se aseguró
el apoyo de muchos sectores cuando dio el golpe bolchevique en
el palacio de Marrinsky en la noche del 24 de octubre. En comparación
con otras revoluciones europeas, ésta fue bastante discreta
y silenciosa, incluso las calles estaban tranquilas.
Lo más importante para
Lenin y su partido, una vez controlada la capital de Rusia, era
ganarse el apoyo de los campesinos, ya que representaban el sector
más numeroso de la población con casi cien millones
de personas. Este grupo social estaba siendo muy castigado por
el llamado pago de su rescate, que debía pagar al gobierno
con motivo de su emancipación en 1861, y por supuesto por
el hambre y los ataques del ejército. La distribución
de la propiedad también les perjudicaba ya que la nobleza
poseía casi la mitad de la tierras y el resto que sobraba
tenía que ser repartido entre cada vez más campesinos.
Apoyaron a los bolcheviques por la respuesta inmediata que prometían
a estos problemas. Se crearon sóviets rurales que significaban
más tierras para ellos. La población en general
se puso del lado de los bolcheviques, con las esperanzas puestas
en una futura república democrática, un país
en paz y un nivel de vida al menos decente.
Tras tomar Petrogrado en octubre
del 17, Lenin proclamó la deseada república basada
en los sóviets urbanos y rurales, y pretendió desde
el principio buscar la paz con las potencias centrales. Pero en
las elecciones a la Asamblea Constituyente que tuvieron lugar
en noviembre de 1917 los bolcheviques obtuvieron menos de la cuarta
parte de los votos, un revés muy importante. Estos datos
ponían claramente de manifiesto la fuerza bolchevique en
los lugares urbanos y su debilidad en el campo, el sector más
numeroso. A pesar de esto, los bolcheviques no abandonan y en
enero del año siguiente, sin tener en cuenta su derrota
ante los socialrevolucionarios (PSR) y los mencheviques, decidieron
disolver la Asamblea Constituyente. Tras difíciles negociaciones
se firmó la paz de Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918.