Desde los tiempos más remotos, el hombre ha gozado del espectáculo que le ofrecía el firmamento y ha comprendido que el calor y la luz del sol permitían el desarrollo de la vida en la tierra provocando vientos y lluvias, haciendo crecer las plantas y en definitiva, sosteniendo la cadena de alimentación de todos los seres vivos; por tanto adoraban al Sol como dios del orden cósmico y consideraban a la Tierra como el centro del Universo.
En
todas las civilizaciones, la astronomía
desde sus orígenes ha estado estrechamente unida
a la tradición religiosa hasta el punto de confundirse
con ella.
La estrecha relación que
ligaba al cielo con la tierra llevó a las antiguas culturas
a buscar en el firmamento signos, mensajes premonitorios e influjos
que condicionasen y diesen sentido a la existencia del ser humano.
Durante siglos la astrología
estuvo estrechamente conectada a la astronomía y en consecuencia, al Sol y los planetas les fueron atribuidas
las propiedades de los elementos terrestres. Los antiguos astrónomos,
mediante la paciente observación del movimiento de los
astros, se percataron de los ciclos a que estaban sometidos los
fenómenos del cielo: la alternancia del día y la
noche, de las estaciones, las fases lunares, etc. Sobre la base
de estos ciclos y ayudados por primitivos instrumentos de medición,
establecieron un calendario en el que destacaban la recurrencia
de los solsticios y los equinoccios. Para los antiguos, las estrellas
-consideradas fijas al no variar sus posiciones recíprocas-
parecían moverse siempre de este a oeste en la bóveda
celeste completando ciclos astrales y haciendo pensar que, tanto
las constelaciones como el Sol y los planetas, giraban en círculos
en torno a la Tierra. Sin embargo los planetas sí cambiaban
sus posiciones relativas y experimentaban desplazamientos que
parecían desafiar la perfección divina del círculo
como única figura geométrica de desplazamiento posible
para los astros; esto traería de cabeza a los astrónomos
que durante siglos trataron de buscar explicaciones a tan inverosímil
hecho.
Sistema
de Copérnico
En todas las civilizaciones, la
astronomía desde sus orígenes ha
estado estrechamente unida a la tradición religiosa hasta
el punto de confundirse con ella, de hecho, durante mucho tiempo,
fueron los sacerdotes los encargados de estudiar los astros y
de realizar las predicciones. Caldeos, mayas, egipcios, fenicios
o chinos están entre los pueblos que desarrollaron extraordinariamente
esta disciplina, usándola para realizar el cómputo
del tiempo, para orientarse, hacer pronósticos, etc. Las
estrellas fueron a grupadas en constelaciones y a ellas fueron
asociados mitos y leyendas, que en ocasiones han llegado a nuestros
días. Stonehenge o la gran pirámide de Keops, entre
otras, fueron grandes construcciones de la antigüedad que
fueron levantadas como observatorio celeste la primera y como
resultado de profundos conocimientos astronómicos la segunda.
La cultura griega dio un gran
impulso a la astronomía –separándola
definitivamente de la astrología- y a la concepción
de la estructura del Universo. Ya en torno al 600 antes de Cristo,
Tales de Mileto hablaba de la esfericidad de la Tierra y de estrellas
hechas de fuego, pero las primeras ideas sobre el movimiento de
rotación y traslación se deben a la escuela pitagórica,
que situaba así a nuestro planeta entre los cuerpos celestes.
Las ideas platónicas referentes a las esferas concéntricas
serían retomadas más tarde por Aristóteles,
aunque se seguiría manteniendo aún el sistema geocéntrico
durante muchos siglos.
Claudio
Tolomeo
Pero antes de la llegada de Copérnico
hubo otros intentos por establecer un sistema en el que la Tierra
no ocupase el lugar central; la Escuela de Alejandría por
ejemplo, con figuras como Aristarco o Eratóstenes entre
otros, situaron a la Tierra en rotación es torno al Sol,
explicaron el fenómeno de las estaciones, la inclinación
del eje sobre la eclíptica y apuntaron ya las enormes distancias
estelares, llegando incluso a calcular con una precisión
asombrosa el tamaño del globo terráqueo. Otras figuras
griegas relevantes serían Hiparco de Nicea, que consagró
su vida a la observación y medición de los fenómenos
celestes, y Tolomeo, cuyo principal logro fue reunir el su famoso
libro, el Almagesto –que estaría vigente hasta entrado
el siglo XVIII-, todo el conocimiento astronómico de su
época. Sin embargo este sistema tolemaico, alejándose
de los logros de los alejandrinos, proponía de nuevo una
estructura geocéntrica negando incluso la rotación
del planeta.
Si los romanos no hicieron aportaciones
significativas a esta disciplina, la llegada de la Edad Media
sumió a la astronomía en un periodo
de estancamiento. Sin embargo continuó floreciendo en los
países árabes, que además de mantener el
conocimiento de la antigüedad introdujeron instrumentos determinantes
para su desarrollo como el astrolabio o la brújula.
Buscar
respuesta a las mismas preguntas que el ser humano se formulas
desde el principio de los tiempos: dónde, cómo
y cuándo surgió el Universo.
Aunque el Renacimiento heredó
la concepción tolemaica del Universo, las nuevas empresas
de circunnavegación de la Tierra que demostraron la esfericidad
de ésta, o la observación del hemisferio austral,
contribuyeron a que comenzaran a plantearse hipótesis nuevas,
la más revolucionaria de las cuales sería la de
Copérnico. Este estudioso propondría un sistema
en el que el Sol ocupaba el centro y los planetas, incluido el
nuestro, girarían en torno a él. Pese a que la propuesta
se conjugaba la perfección con los fenómenos celestes,
originó tal terremoto social, cultural y político
que la reforma copernicana fue condenada y relegada al uso de
unos pocos científicos como Tycho Brahe, Bayer o Helvetius.
Pero llegado el siglo XVII las
ideas de Tolomeo aún vigentes se tambalearon de la mano
de dos grandes figuras: Kepler y Galileo. El primero estableció
las leyes sobre el movimiento de los astros y el segundo, mediante
el uso del telescopio, descubrió los satélites mayores
de Júpiter y las manchas solares Después vinieron
otros como Huygens, Cassini o Halley, con cuyas aportaciones quedaron
asentadas las bases de la astronomía moderna.
Otro gran estudioso, Isaac Newton, elaboró las leyes de
la gravitación universal e inventó el telescopio
de reflexión, iniciándose así una nueva era
en la exploración del Universo y dejando atrás los
modelos aristotélicos y tolemaicos definitivamente.
El siglo XVIII vería surgir
figuras como Messier o Herschel, que hipotizó sobre la
existencia de la galaxia y descubrió el planeta Urano.
A partir de entonces los descubrimientos astronómicos se
sucederían con rapidez creciente: Hall y los satélites
de Marte, Doppler, Huggins, Bessel y un largo etcétera.
Ya en el siglo XX las aportaciones
más relevantes serían acaso las de Albert Einstein -que con su teoría de la relatividad especial desbarataría
las de Newton y Galileo sobre la existencia de un espacio-tiempo
absoluto- y la de Hubble, que demostró la existencia de
las galaxias y formuló la idea de la expansión del
Universo. Durante la Segunda Guerra Mundial la investigación
se interrumpió para continuar en la década de los
cincuenta, con los lanzamientos de los Sputnik y Explorer, y sesenta
con la hazaña de Yuri Gagarin orbitando el planeta y la
culminación del empeño por alcanzar la luna en el
año 69. La tragedia del Challerger en los ochenta fue un
duro revés para la carrera espacial, pero esta continuó
con el lanzamiento de la MIR y del telescopio espacial Hubble.
Y así hasta nuestros días, en que las sondas espaciales
se suceden y apuntan hacia objetivos cada vez más ambiciosos,
pero siempre intentando dar respuesta a las mismas preguntas que
el ser humano se formulas desde el principio de los tiempos: dónde,
cómo y cuándo surgió el Universo.