La Historia de...
Cristianismo
:: El éxito de la palabra ::

A pesar de nacer bajo la presión del judaísmo, a pesar de ser perseguido, a pesar de la competencia con otras religiones, el cristianismo se impuso a estos contratiempos y conquistó occidente.

 
Los primeros conversos fueron seguidores del judaísmo

Nace en Judea, en la actual Israel, gracias a las enseñanzas de Yeshua ben Elohim, Jesús de Nazaret, predicador judío que murió en un madero de tormento por orden de la autoridad romana y la presión de los rabinos, disconformes con sus prédicas y su auto investidura como hijo de dios, Jehová, deidad que comparten, a la vez que, los diez mandamientos, judíos y cristianos.

La información sobre la vida de Jesús y, por tanto, del nacimiento del cristianismo, procede de los evangelios, integrados en el Nuevo Testamento. Éstos, fueron escritos por los discípulos del profeta cincuenta años después de su muerte con el afán de convencer a los nuevos creyentes, con la intención de captar nuevos adeptos; pero no con el propósito de mostrar una imagen objetiva de los hechos, de la vida y de la obra del Nazareno; por lo que, la veracidad histórica de los acontecimientos descritos por los textos sagrados queda en entredicho.
Jesús, según la tradición cristiana, murió clavado en un madero de tormento a los treinta y tres años; y su anunciada resurrección se produjo al tercer día de su calvario en el monte Gólgota. María Magdalena se disponía a perfumar el cuerpo, cuando: "
Había ocurrido un gran terremoto; porque el ángel de Jehová había descendido del cielo [...] había hecho rodar la piedra y estaba sentada sobre ella" Mateo 28:2. Jesús había resucitado y las mujeres se encargaron de transmitir la buena nueva a los discípulos. Es este acto, el resurgimiento de entre los muertos, el que alentó a sus seguidores, el que acabó con el desánimo en el que se hallaban tras su muerte, y, por el que, se decidieron a predicar la palabra por Israel, convencidos de la procedencia divina de su maestro.

Los primeros conversos fueron seguidores del judaísmo, para quienes las nuevas doctrinas suponían un soplo de esperanza, un cambio respecto a la asfixiante tradición judaica. El renovado dios cristiano ama a sus criaturas, "Dios es amor" 1 de Juan 4:8; es bondadoso, no es el dios colérico y encarnizado que muestra el Antiguo Testamento; además, el papel de los olvidados gana relevancia; por lo que, el número de seguidores se multiplica rápidamente; éstos no ven en la corriente cristiana una nueva religión, pues Jesús y sus discípulos son judíos, y la tradición judía forma parte de sus enseñanzas; ven una continuación de la promesa de la arribada del Mesías dada por Jehová a Abraham, Isaac y Jacob.

El vigor de la palabra y la determinación de los discípulos ayudó al mensaje a traspasar las fronteras de Judea. En esta labor, cabe destacar a tres apóstoles: Pedro, Pablo y Santiago. De Pedro, Jesús dijo: "Tú eres Pedro y sobre esta masa rocosa edificaré mi congregación" Mt 16:18. Según la tradición cristiana, por medio de un sermón suyo se convirtieron tres mil judíos el día de Pentecostés, número que llegó a cinco mil en poco tiempo. Sus prédicas en Roma gozaron de gran éxito y no tardó en crear una pequeña comunidad en la capital de Occidente. Pero Nerón intensificó el acoso a los cristianos y Pedro muere martirizado hacia el año sesenta. Pablo de Tarso, Saulo, perseguido y decapitado en la Tarraconensis por orden de Nerón, aparece, en principio, como acérrimo perseguidor de la nueva doctrina; pero en un viaje, una luz cegadora le hace caer del caballo y perder la vista. Era el ángel de Jehová, instándole a que predicara la doctrina y dejara de perseguir a los cristianos. Ananás, un judío converso, le impuso las manos, le bautizó, y Pablo se convirtió en el gran evangelizador de Asia Menor, Grecia, Chipre y Macedonia. Del tercero, El Apóstol Santiago, sabemos que realizó su ministerio en Europa, sobre todo, en España, donde estableció dos comunidades importantes, una en Galicia y la otra en Caeseraugusta, hoy Zaragoza.

Las pequeñas congregaciones eran gobernadas por un obispo, dos o tres sacerdotes, y otros tantos diáconos, encargados de labores administrativas. Esta rigidez jerárquica hacía más efectivo el mando, pero restaba pluralidad y libertad a la toma de decisiones; hecho en principio irrelevante, ya que, la persecución que sufría el cristianismo, el estado de ansiedad y peligro que caracterizó sus inicios, imponía un sistema castrense que asegurara la supervivencia de las comunidades, sobre otras consideraciones. Los mandatos de Nerón y Domiciano, emperadores romanos, fueron especialmente cruentos. El historiador Publio Cornelio Tácito (55 -120 d. C.) refirió en sus escritos como los cristianos eran untados en manteca y devorados por las fieras en los circos, o se servía de ellos como antorchas humanas. Tertuliano, primer escritor de mérito cristiano, apuntó: "[...] la sangre de los mártires es semilla para nuevos cristianos". El martirio causaba bienaventuranza "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan" Mateo 5: 11-12; muchos respondían a su sentencia de muerte con el Deo gratias, gracias a dios, porque al ser martirizados aseguraban la salvación del alma. Sin embargo, el miedo, no todos los cristianos tenían vocación de mártir, y el aislamiento forman parte de los primeros años de las primeras comunidades; éstas mantenían contacto epistolar, el Nuevo Testamento se encuentra pleno de ejemplos, recibían visitas de figuras preponderantes, pero la comunicación y el contacto entre ellas no era fluido.

Este aislamiento engendró las primeras diferencias y estas diferencias, intensificadas por el paso del tiempo, generó posturas divergentes, y estas divergencias propiciaron el Gran Cisma de Occidente (1050), o la escisión del cristianismo en dos ramas: la Oriental u Ortodoxa y la Occidental o Católica. Cuatro siglos más tarde, Martín Lutero (1483 –1546), teólogo alemán, clavó sus noventa y cinco tesis en contra de la venta de indulgencias en el pórtico de la iglesia de Wittenberg el 31 de octubre de 1517, hecho que desencadenó la llamada Reforma Protestante y la aparición de una nueva iglesia, la Iglesia Protestante, dividida a su vez, en numerosas escuelas, entre otras: anglicanos, luteranos, metodistas, y adventistas. Estas dos escisiones en el seno del cristianismo propiciaron cambios, no solo en el gobierno de sus iglesias, sino también, en las creencias y en las prácticas de sus fieles.

En origen fue un movimiento perseguido, clandestino y ligado a las clases menos favorecidas  

Un punto de encuentro entre las creencias de la Iglesia Ortodoxa y la Católica es el Credo Niceno, declaración dogmática promulgada en el Concilio de Nicea (325 d. C.) y ratificado por el de Éfeso (431). Las dos iglesias creen en la figura de La Trinidad, Dios existe como tres personas eternas, distintas e indivisibles: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para las dos, Jesucristo es completamente divino y humano. Coinciden en que Jesucristo lavó, por su muerte, el pecado original del alma humana y su nacimiento fue virginal y por intercesión del espíritu santo. Para las dos, la resurrección de Cristo, su ascensión y la segunda venida son claves; así como, la resurrección de los muertos, después del juicio final. La Iglesia Protestante rechaza la existencia del purgatorio; así como, la supremacía papal, la intercesión de los santos o la virginidad perpetua de María. Las prácticas en las que coinciden ortodoxos y católicos se denominan sacramentos y son siete: bautismo, eucaristía, matrimonio, confirmación, confesión, unción de enfermos, y orden sagrado. La Iglesia Protestante acepta el bautismo, la oración o lectura de las escrituras, el matrimonio y la confirmación, pero como acciones conmemorativas, no como misterios claves para la salvación del alma.

La influencia del cristianismo sobre la tradición y cultura occidental es obvia, su importancia política es innegable, sin embargo, y como se apuntó anteriormente, en origen fue un movimiento perseguido, clandestino y ligado a las clases menos favorecidas. Fue Constantino I el Grande (274-337), emperador romano y fundador de Constantinopla, el primero en percibir el poder de la nueva religión y el primero en abrazar sus doctrinas; por lo que, en el año 313 promulgó el Edicto de Milán, con el que ponía fin a las persecuciones y, lo más importante, hacía del cristianismo la religión oficial del Imperio. El poder que observó Constantino en el cristianismo, fue el poder de la sencillez, el vigor del mensaje, la fuerza de la esperanza. Jesucristo predicaba a los sin voz, prometía el paraíso a los olvidados, ofrecía, después de la muerte, una vida superior a la terrenal; un mensaje irrenunciable: el poder de la esperanza, la eficacia de la recompensa, el castigo al poderoso: "Otra vez les digo: Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de Dios." Mt 19: 24. Jesucristo y sus discípulos predicaban al pueblo, realizaban milagros y los congregados quedaban admirados, por lo que escuchaban, por lo que sentían, por la cercanía de los nuevos profetas, pescadores, carpinteros, iguales. " [...] al contemplar la franqueza de Pedro y Juan, y al percibir que eran hombres iletrados y de vulgo, se admiraban. Y empezaron a reconocer, acerca de ellos, que solían estar con Jesús." Hch 4:13. Esto mismo, sucede actualmente con el Islam, religión que gana adeptos y popularidad entre las clases y pueblos más desfavorecidos, que ven en el cristianismo la representación del mal, es decir, a occidente, y en occidente al causante de los grandes problemas que sufren sus comunidades. Constantino ligó la religión al estado y ello aumentó su influencia política; pero, con ello, el cristianismo perdió parte de su esencia original.

...por Sergi Navarro

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