Tercer
emperador de la dinastía Antonina, Publius Aelius Hadrianus
nació el 24 de febrero del año 76 d.C., probablemente
en Roma y no en Itálica. Adriano pertenecía a una
vieja familia senatorial, los Elios, establecida en la Bética
desde el siglo II a.C.
La
pronta muerte de su padre, cuando Adriano contaba con ocho años,
hizo que recibiera la protección de Trajano, pariente suyo
también oriundo de Itálica. Su educación
fue esmerada bajo la tutela de Trajano y su mujer Plotina, recibiendo
su favor y afecto, lazos cimentados con su matrimonio con Vibia
Sabina, sobrina de Trajano.
Su
personalidad extremista, se hace patente desde los primeros
pasos de su imperio.
Su
cursus honorum fue raudo, recibiendo después de diversos
cargos iniciativos de la carrera senatorial, los cargos de tribuno
militar en Mesia y Germania, 95 d.C. Cuestor, tribunado de la
plebe y pretor, su meteórica carrera despuntó en
las guerras de la Dacia, donde su valía le hizo popular
entre sus soldados. Encomendado gobernador de la Panonia Inferior
poco después, combinó la labor militar con la administrativa.
Experimentado militar, familiarizado con la vorágine administrativa,
había pasado tiempo suficiente en la corte para conocer
los vericuetos del mundo del poder. El futuro soberano aprendía
el camino que habría de conducirlo a las puertas del imperio.
Tras
obtener el consulado fue legado como gobernador de Siria. En ese
puesto se encontraba cuando la enfermedad cayó sobre Trajano,
117 d.C., la oscuridad nubla los días acaecidos en Selinunte.
Lo único que conocemos es que la intercesión de
la emperatriz Plotina fue decisiva para que su protegido obtuviera
la púrpura imperial. Ella testifica la adopción
y sucesión de Adriano por parte de Trajano en su lecho
de muerte. Su ejército le proclama emperador y el apoyo
del sector hispánico en el Senado hace el resto. Aunque
no gozara de la plena confianza de Trajano, sus lazos familiares,
el favor de Plotina y su regreso victorioso de la guerra contra
los partos, hacían que fuera el candidato mejor situado,
más poderoso y casi único. A sus cuarenta y un años
Adriano hereda el más basto imperio de la historia de Roma.
Su
personalidad extremista, se hace patente desde los primeros pasos
de su imperio, manifiesta con la arbitraria muerte de los cuatro
importantes senadores que encabezaban una presunta conspiración
para derrocar al nuevo emperador. La sumaria ejecución
de los senadores, junto con la presunta impostura de su elección
imperial, germinó en la pronta oposición del Senado
romano, que desde un primer momento vio en Adriano un peligro
para su poder y privilegio.
A
pesar de su excelsa vida militar, su reinado supone la ruptura
de la política belicista de su predecesor, a pesar de la
oposición del Senado. Su principado se basará en
una política de paz, incluso cediendo territorios conquistados
por Trajano, en pos de un afianzamiento de las fronteras, como
ocurrió en Mesopotamia y Germania, donde se cedieron territorios
para utilizar como limes el Eufrates en el primer caso, así
como el Rhin y el Danubio ante los pueblos germanos, firmó
paces con una serie de reyezuelos de la región de Capadocia
y contuvo a pictos, escotos y caledonios en las regiones del norte
de la Britania tras el muro que lleva su nombre. Sólo la
sublevación de los judíos supuso un gran quebranto
para su paz, con una larga guerra que acabó con la destrucción
de Jerusalén y la expulsión de los judíos.
El imperio sin fin que protagonizó Trajano acabó,
pero el ejército y las fronteras se mantuvieron firmes
para garantizar su Pax Romana, una paz establecida por fe y por
necesidad, ya que la belicosa empresa de su predecesor había
desangrado las arcas imperiales.
Su
política doméstica continuará con el choque
permanente con el Senado, emprendiendo una gran reforma administrativa
para vitalizar el viejo esqueleto burocrático romano. Compiló
las leyes en el llamado Edicto Perpetuo, además de manifestar
su preocupación filopopular con una importante reforma
agraria, intentando mejorar la situación del pueblo. Padeció
un ímpetu constructivo que manifestó especialmente
en la reconstrucción de Atenas, por la que tuvo una especial
devoción, fruto de su amor al mundo griego. Su legado en
Roma también fue significativo con la construcción
del Panteón, de su propio mausoleo, actual Castel Sant'
Angelo, así como de la Villa Adriana de Tíboli,
reflejo de su vida y espíritu.
Luces
y sombras jalonan la figura de Adriano, el cruel déspota
se funde con el benefactor de la humanidad.
Adriano
fue algo más que un emperador preocupado por la paz, fue
un erudito, un hombre con una necesidad de conocimiento infinito.
Historiador de su propia historia, filósofo que mantuvo
relaciones con los mayores doctos de su tiempo, ninguna ciencia
dejó de lado. De su creación literaria nos quedamos
con su enigmático poema Animula vagula blandula. Arte y
ciencia, todo conocimiento digno de ser descubierto era pasto
de su curiosidad. Así viajó por la inmensa mayoría
de las provincias de su imperio, el afianzamiento de la paz y
el mejor engranaje de la pesada maquinaria administrativa romana
fueron mezclados con el deleite de la vida en su estado más
puro y frugal. Quizás donde mejor veamos la compleja figura
de Adriano y todo su amor a la vida, es en su relación
con el joven Antinoo, al que conoció en uno de sus viajes
y del que se enamoró perdidamente. Los amantes no se separaron
hasta el episodio de la muerte de Antinoo a orillas del Nilo,
donde cuenta la historia que el bitinio se sacrificó a
los dioses para aplacar un negro augurio predicho a Adriano. Muerto
Antinoo el emperador lo convirtió en dios, instaurando
su culto y poblando todo el imperio con su ideal belleza.
El
final de sus días fue duro por la enfermedad que lo acompañó,
dedicando el final de su principado a la sucesión imperial,
la falta de hijos hizo que continuara el principio adoptivo de
sus antecesores dinásticos. El elegido fue Lucio Cejonio
Comodo Vero, aunque en ese mismo año, 138 d.C., muere.
La truncada decisión le obligó a volver a adoptar,
su elección recayó en un lejano pariente, el prestigioso
senador Tito Aurelio Fulvio Antonino, futuro Antonino Pío,
obligándole a adoptar a Lucio Vero, hijo de Comodo Vero,
y a su sobrino Marco Annio Vero, Marco Aurelio. Adriano murió
el 18 de julio del año 138 en Baia, dejando atado el legado
imperial por dos generaciones.
Luces
y sombras jalonan la figura de Adriano, el cruel déspota
se funde con el benefactor de la humanidad, la historia no ha
despejado la bruma que cubre la enigmática figura de nuestro
emperador, que si hizo gala de una crueldad propia de los tiranos,
también legó a su pueblo y a la historia un visionario
ideal propio de un filósofo: Humanidad, Felicidad y Libertad.