Alejandro
Magno es sin duda una de las figuras más fascinantes de
la historia, por su meteórica ascensión al poder,
su formidable capacidad de liderazgo, su carisma y el atractivo
de su eterna juventud.
Con
sólo 18 años dirigió la caballería
macedónica en la célebre batalla de Queronea
y dos años más tarde, tras el asesinato de
su padre, Alejandro ascendió al
trono macedonio.
Nació en el año
356 a de C. en Pella, capital de Macedonia, hijo del rey Filio
II de Macedonia y de la princesa epirota Olimpia, con la que mantuvo
siempre una turbulenta relación de amor-odio. Tuvo como
tutor a Aristóteles el cual le inició en el conocimiento
de la filosofía clásica, la literatura, la retórica
y estimuló su interés por la ciencia y la medicina.
Con sólo 18 años dirigió la caballería
macedónica en la célebre batalla de Queronea y dos
años más tarde, tras el asesinato de su padre –en
el cual algunos le consideran implicado-, Alejandro ascendió al trono macedonio para encontrarse rodeado de
enemigos dentro y fuera de sus fronteras. Rápidamente ordenó
la ejecución de los conspiradores y puso fin a las sublevaciones
de Tracia e Iliria. Cuando Tebas hizo correr el rumor de que Alejandro había muerto, el joven rey se encaminó hacia el
sur y saqueó la ciudad, dejando sólo en pie la casa
del poeta lírico griego Píndaro y vendiendo a supervivientes
como esclavos. El ejemplo de Tebas sirvió para que el resto
de los estados griegos se sometieran al instante.
Sarcófago
de Alejandro, el cual se cree que está
representado a caballo (S.III a.C.)
La primavera del año 334
a.C. Alejandro inicia la guerra contra Persia
cruzando el Helesponto con un ejército de 35.000 hombres
que obtendría una victoria aplastante en la batalla del
río Granicus, tomando Mileto y Halicarnaso. Era la primera
vez que los persas se enfrentaban a una Grecia cohesionada; el
resto de Asia Menor no tardaría en someterse a su poder.
Es por estas fechas cuando parece haber tenido lugar la anécdota
del nudo gordiano. La victoria poco después sobre las tropas
de Darío III en Siria durante la batalla de Issus, sembraría
en él el ansia de conquistar la totalidad del Imperio Persa.
En su huida, Darío abandonó a su mujer, a su madre
y a sus hijos que fueron tratados sin embargo por el macedonio
con los honores reales.
Tiro y Gaza fueron los siguientes
objetivos en su camino hacia Egipto, donde a su llegada fue recibido
como un libertador y donde fundaría en el 332 a. de C.
la ciudad que llevaría su nombre, Alejandría, que
llegaría a ser el epicentro cultural y comercial del mundo
griego. Se dirigió entonces hacia la región de Cirenaica,
territorio que también acabaría conquistando. La
práctica totalidad de la costa mediterránea estaba
ya por aquel entonces en sus manos.
Como nuevo gobernante de Egipto,
Alejandro se dirigió al oráculo
de Amón-Ra en Siwa para hacerse reconocer como el hijo
del dios y confirmar así su origen divino. Y acto seguido
volvió su atención hacia el norte, cruzó
los ríos Tigris y Éufrates y se enfrentó a sus escasos 40.000 soldados con el ejército de Darío,
que a decir de algunos, contaba con más de un millón
de efectivos.
Nuevamente el rey Persa fue derrotado
en la batalla de Guagamela y la ciudad de Babilonia cayó
en manos del macedonio, así como Susa y sus inmensos tesoros.
Pero Alejandro no se daba por satisfecho e, impulsado
por sus deseos de seguir expandiendo el panhelenismo, el invierno
del 331 a. de C. se encaminó a Persépolis y acabó
con la capital persa en medio de una orgía de destrucción.
En sólo tres años había conquistado la mayor
parte del mundo conocido y había creado un imperio sin
precedentes.
Pero el joven Alejandro tampoco se conformó entonces y queriendo completar la conquista
de lo que quedaba del territorio persa, cruzó el Indo e
invadió el Punjab. Pero su ejército, exhausto y
deseoso de volver a casa, se negó a avanzar, de modo que
construyó una flota de barcos para surcar el Indo hacia
su desembocadura y de ahí hacia el Golfo Pérsico.
Él mismo conduciría a sus tropas a través
del desierto de las actuales regiones de Irán y Afganistán,
pero la escasez de provisiones causaría un enorme número
de bajas. Al llegar a Susa el general pudo advertir que los oficiales
que había elegido para gobernar las tierras conquistadas
habían sucumbido a la corrupción. Tras pasar más
de un año reorganizando sus dominios, la primavera del
323 a. de C. contraía unas fiebres que acabarían
con su vida. Tenía 32 años.
Alejandro fue
sin duda uno de los personajes más fascinantes de su época
y uno de los más grandes generales y estrategas de todos
los tiempos. Concibió unos planes grandiosos y soñó
con un imperio de ciudades-estado que uniese Este y Oeste bajo
su mando; y para lograrlo intentó conjugar la cultura oriental
y la griega, adoptando tanto él como sus hombres las costumbres
persas e incluso contrayendo matrimonio con mujeres orientales
como lo hiciera él mismo con Roxana Estateira o Barsine.
Sin embargo estas relaciones tuvieron solamente una finalidad
política, ya que el gran amor de Alejandro siempre fue Hefestión, al que conoció con apenas
15 años en la academia de Aristóteles. Hefestión
era un joven alto, rubio y apuesto, cuya muerte en Ecbatana fue
una tragedia para el general de la que no llegaría a recuperarse
nunca.
La vida de Alejandro fue la de una luminosa estrella fugaz que cambió para siempre
la faz de la tierra, pero no tuvo tiempo de dar forma al gobierno
del inmenso territorio conquistado ni de designar un sucesor,
de modo que a su muerte su imperio se disgregaría entre
los diádocos, iniciándose así la etapa histórica
conocida como helenismo.