Por
helenismo debemos entender el periodo que se extiende entre el
323 antes de Cristo y el año 30 aC, tras la última
monarquía tolemáica y momento clave para la definitiva
irrupción del poder de Roma después de la batalla
de Actium.
Este
periodo se caracteriza, entre otras cosas, por llevar al clásico
mundo griego a una crisis general que tendría su máximo
reflejo con la llegada al trono de Filipo de Macedonia.
Las
funciones de los reyes helenísticos eran tres básicamente:
mandar el ejército, hacer justicia y honrar a los
dioses.
El
323 aC es una fecha recordada en la historia por ser el momento
en el que muere Alejandro Magno, quien a lo largo de sus trece
años de reinado consiguió adueñarse de todo
el imperio persa, desde el Egeo hasta el Indo. Sin embargo, en
el momento de su muerte, Alejandro no tiene herederos, a pesar
de que la princesa persa Roxana, sí estaba esperando un
hijo suyo.
Serán
los diadocos, generales de Alejandro, quienes protagonicen este
periodo que empieza convulso al carecer de un heredero claro al
trono. ¿Quién debe reinar, el hijo no nacido de
Alejandro o el hermano de éste, Filipo? Los antiguos generales
de Alejandro no terminan de ponerse de acuerdo y, al final, adoptan
medidas intermedias que van facilitando, poco a poco, el desmoronamiento
del imperio.
Esas medidas
muestran la desconfianza existente entre los distintos diadocos,
algo que lleva al reparto del territorio: Antípatro gobernará
en Macedonia, Antígono el Tuerto lo hará en Frigia
(germen de la futura y floreciente Asia Menor), Lisímaco
se queda en la Tracia, Laomedonte en Siria y, Tolomeo, en Egipto.
El resto del territorio, dividido en satrapías, seguirá
gobernado por sus antiguos sátrapas bajo el control de
Babilonia.
Pero esta
división no amaina las rencillas, hasta el punto de que
Seleuco, uno de los diadocos marginados en el reparto, terminará
por hacerse con el dominio de Babilonia y, por lo tanto, con el
control de las satrapías no dirigidas por el resto de diadocos.
De hecho, las coaliciones entre éstos serán habituales
siempre contra el diadoco que más poder ostente en cada
momento.
Finalmente,
entre batallas, disputas y firmas de supuestos tratados de paz
tomarán forma las que serán las tres grandes monarquías
helenísticas: la antigónida asentada en Grecia y
Macedonia, la seleúcida que situaremos en Asia y la tolemaica,
con sede en Egipto.
Las funciones
de los reyes helenísticos eran tres básicamente:
mandar el ejército, hacer justicia y honrar a los dioses.
Por lo tanto, el rey perfecto será buen general, buen juez
y buen sacerdote.
Este papel
principal de cada uno de los soberanos helenísticos, justifica
en parte la convulsión del periodo. Ninguno de los reyes
helenísticos renunció a ejercer una hegemonía
sobre los contrarios, por lo tanto, no se puede afirmar que durante
el helenismo se tendiese hacia el equilibrio, todo lo contrario.
Si en algún momento pudo parecer que existía tal
equilibrio, no se debía tanto a la estabilidad sino a la
incapacidad de los distintos reyes de atacarse y ganarse las batallas
entre sí. Al final el equilibro se rompe en Egipto donde
la decadencia y la crisis interna de uno de los tolomeos coincide
con el poder añadido alcanzado por las otras dos dinastías.
El helenismo,
que terminó con el papel principal que en la historia de
Grecia habían tenido las ciudades, curiosamente ofrece
como una de sus grandes aportaciones el urbanismo. Precisamente
el ambiente belicista del periodo hace que las distintas sociedades
prestasen una especial atención al control y al mantenimiento
de sus respectivas unidades territoriales. Había que evitar
la disgregación de la comunidad, de ahí que se generara
todo un sistema de control administrativo en el que la autonomía
y la libertad total nunca existen. La presencia real es evidente
y eso se ve en que del rey pueden emanar las leyes que están
por encima del derecho local de esas ciudades y que, en muchas
ocasiones, el rey actuará como árbitro de tensiones
entre ciudades.
Aquellas antiguas
estructuras griegas dan paso a grandes estados gobernados por
reyes que ya no dan opción al ciudadano. El ciudadano,
ahora, tiene poco que decir, él ya no decide sobre el destino
de la polis. Ahora es el soberano, el rey.
La
lengua griega se hizo común a todos los territorios.
Esta
idea también provoca una cierta tendencia hacia el cosmopolitismo,
hacia el universalismo. Si ahora nuestra ciudad no es el único
referente, si ahora somos muchas ciudades unidas por el mismo
nexo, el mundo se amplía a nuestros ojos, venía
a decir un hombre de la época.
Ese cosmopolitismo
se vio favorecido, en buena medida, por la expansión de
la cultura griega por todo lo que fuera el viejo imperio alejandrino.
La lengua griega se hizo común a todos los territorios,
lo que provocó un desarrollo de la cultura griega por otros
lugares y, al mismo tiempo, una asimilación, por parte
de los griegos originarios de aspectos culturales de otras sociedades.
Esta lengua común facilitó la lectura de los poetas
griegos, la expansión de la filosofía y de ritos
religiosos, entre otros elementos.
Es
el momento, por ejemplo, en el que se desarrollan corrientes filosóficas
como el cinismo, el estoicismo o el epicureismo, por ejemplo...
La filosofía es vista ahora como una forma de ser feliz,
es el camino para conseguir el reposo del alma, sobre todo ante
un mundo nuevo, convulso, extraño, donde todo cambia con
mucha rapidez.