Para
situar el periodo minoico, el de máximo esplendor de los
palacios cretenses, debemos remontarnos al tiempo que transcurre
entre el 2100 y el 1400 antes de Cristo. Justo el periodo anterior
al esplendor de la civilización micénica.
Será
la isla de Creta, en general, y los palacios de Knosos, Festos
y Malia en particular en torno a los que se estructure esta civilización,
la minoica de la que, como ocurrirá con Micenas, será
la arqueología la gran aliada del historiador para poder
conocerla aunque sea escasamente.
Una
de las características del mundo minoico son sus
palacios.
Si
el descubridor del mundo micénico será el alemán
H. Schliemann, en Creta será un inglés, sir Arthur
Evans el primero que inicie las investigaciones sobre la isla
tras descubrir unas extrañas inscripciones realizadas sobre
piedras. Esto ocurre a finales del siglo XIX, en 1894. Las conclusiones
de aquellas primeras investigaciones han sido matizadas con el
tiempo pero, a pesar de ello, Creta y su cultura son otro de los
grandes símbolos culturales del Mediterráneo y,
desde luego, constituyen una de las grandes aportaciones a la
civilización.
Una de las
características del mundo minoico son sus palacios. Hoy
en día hay cuatro de ellos ya descubiertos y excavados:
Knosos, Festos, Malia y el último en identificarse, el
de Zacro. Sin embargo, el periodo minoico como tal abarca un periodo
anterior al de la vigencia de estos palacios, es lo que en terminología
arqueológica se identifica y periodifica como el periodo
minoico prepalacial. Los palacios de esta época fueron
brutalmente destruidos y, a diferencia de los construidos en el
periodo palacial propiamente dicho, eran mucho menos ricos y suntuosos.
Entre unos
y otros existía un cierto parentesco. Se organizaban todos
en torno a un patio central rectangular con explanadas enlosadas
en las fachadas occidentales. Estas zonas estaban reservadas al
público que acudía a los eventos organizados por
el palacio. Algunos de estos palacios, como el de Knosos o el
de Festos también tenían teatros con gradas y, en
el de Malia, incluso, se han encontrado restos de lo que sería
una plaza pública, de libre tránsito y acceso.
A
diferencia de lo que ocurrirá con la urbanización
micénica y con las construcciones de Oriente, los palacios
minoicos no se encierran entre murallas ciclópeas lo que
quizá da idea de una sociedad más segura. Dentro
de los palacios se han encontrado pinturas al fresco realizadas
en colores muy vivos siempre de origen vegetal. Los temas de esas
pinturas siempre guardan relación con la naturaleza, animales
exóticos, animales marinos... y también con escenas
de la vida cotidiana y palaciega.
En
los almacenes han aparecido grandes cráteras cerámicas
de más de dos metros de altura, conocidas con el nombre
de pithos (pithoi en plural) que servían como zonas de
despensa y de almacén de productos perecederos y no perecederos.
Las
excavaciones de estos palacios han arrojado datos interesantes
como, por ejemplo, la presencia de una cátedra de piedra
en uno de los salones del palacio de Knosos. A esta sala se la
ha dado en llamar salón del trono y, evidentemente, la
pregunta se impone. ¿Quién regía los destinos
de esta sociedad? ¿Era un rey?. Para unos lo era, para
otros era un rey-sacerdote, para algunos sólo era un responsable
administrativo y judicial y hay que piensa que sólo era
un jefe religioso.
Lo cierto
es que el palacio parece que sí servía para realizar
ritos religiosos aunque hubiese otros lugares de culto fuera del
recinto. De hecho uno de los hallazgos más interesantes
de estos palacios lo constituyen las pequeñas figuritas
de las diosas de las serpientes, de clara connotación religiosa.
La mitología
también tiene su sitio en esta civilización. De
hecho el amor de la reina de Creta, Pasífae, con el toro
blanco que su marido, el rey Minos, se negó a sacrificar
provocó el nacimiento de un monstruo que tenía el
cuerpo de hombre y la cabeza de toro, conocido como el Minotauro.
El horror que provocó este ser al rey hizo que éste mandara construir un palacio laberíntico donde encerró
al monstruo al que se alimentaba de carne humana procedente de
siete chicos y siete chicas atenienses que eran sacrificados cada
año para alimentar al Minotauro. Al final sería
el héroe ático Teseo, quien ayudado por Ariadna,
mataría al Minotauro.
¿Quién
regía los destinos de esta sociedad? ¿Era
un rey?.
Las
ciudades minoicas estaban formadas por un trazado de calles sinuosas,
con casas pequeñas de no más de dos habitaciones.
Parece ser que habría una plaza pública a la que
llegaban todas las calles de la ciudad. Se ha podido constatar
que ya en la época prepalacial había cuidados diseños
urbanísticos de estas ciudades y que en la época
de los palacios se siguen las mismas estructuras de los periodos
anteriores.
La población
minoica se reparte entre el campo y la ciudad. En el primero vivía
la población agraria dedicada, según las zonas,
al cultivo de la algarroba, del guisante, la lenteja o al pastoreo
de bóvidos y óvidos. También había
pescadores y marineros que recorrían la parte central y
oriental del Mediterráneo. En la ciudad, sobre todo, se
asentarían los artesanos y comerciantes.
La minoica
era una sociedad abierta al exterior. Fueron muy activos en los
siglos XVI y XV. De hecho, se han encontrado restos de esta civilización
en lugares tan distantes como la isla de Chipre, Siria, Egipto,
Sicilia, el Próximo Oriente o las islas Cícladas.
Parece
evidente que hubo una notable circulación de objetos y
personas y, según algunos investigadores, la función
principal de los palacios minoicos era, precisamente, controlar
el tráfico marítimo del Mediterráneo. Esta
presencia activa en el mar es lo que ha llevado a muchos estudiosos
a hablar de la talasocracia minoica.