Las
primeras poblaciones de lengua irania se asentaron en la actual
zona Fars hacia el año 1500 a.C. y fueron tribus que
descendieron a través del Cáucaso, subyugando a
la población local y mezclándose con ella. Dos pueblos
importantes se asentarán en la zona: los medos y los persas.
A finales del siglo VII una alianza
entre el reino medo y Babilonia posibilita la caída de
Nínive y por ende, el principio del declive asirio. Pero
poco después los medos serán absorbidos por los
persas aqueménidas (llamados así por un supuesto
ancestro), iniciando así una formidable expansión
que les llevará a hacerse con todo Oriente Próximo
y Egipto.
Cuando cayó la hegemonía
asiria, el rey de Persia, Cambises, vasallo del
monarca medo, contrajo matrimonio con su hija naciendo de dicha
unión el que sería conocido más tarde como
Ciro el Grande. Este monarca logró unir bajo su mando a
diversos grupos persas e iranios y se rebeló contra los
medos, venciéndoles en la batalla y consiguiendo así
que en torno al año 550, surgiera el primer imperio persa
bajo el dominio de la monarquía aqueménida. A partir
de aquel momento Ciro comenzó su imparable avance conquistando
Lidia y Cilicia, pero donde demostró sus verdaderas dotes
militares fue en la campaña contra Babilonia, en la que
jugó un papel primordial la inestabilidad social y el descontento
de la propia población, que vio al rey persa como un libertador.
El verano de 539 Ciro entraba en la ciudad aclamado por muchos
como el legítimo sucesor al trono.
Ciro el Grande, antes de su muerte acaecida en
el 529, tuvo que volver su atención hacia la parte oriental
de su reino, donde algunas belicosas tribus iranias amenazaban
la llanura igual que siglos antes hicieran los propios persas.
La rapidez con que su hijo Cambises II llevó a término
la ofensiva sobre Egipto hace pensar que la conquista fue preparada por su padre. Cambises atravesó el desierto del Sinaí,
derrotó al faraón y lo llevó cautivo a Susa;
sin embargo las siguientes campañas persas contra Cartago,
el oasis de Amón y Nubia no obtuvieron tan buenos frutos.
En el 522 llegaron a oídos
del monarca noticias de una revuelta acaudillada por un impostor
que se hacía pasar por su hermano (que él se había encargado de asesinar años antes), pero en el viaje de
vuelta Cambises morirá y será un general de su ejército,
Darío, el que pondrá fin a los levantamientos y
establecerá un eficaz sistema de administración
centralizado que sería posible gracias a una excelente
red de comunicaciones. Darío además continuaría
con la política de Ciro de tolerancia hacia las culturas
locales del imperio, aunque en algunas ocasiones sin embargo se
produjeron rebeliones que fueron sofocadas enérgicamente.
La religión mayoritaria
era el zoroastrismo y, en gran medida, la unidad de Persia
se debió al efecto aglutinador que ejerció esta
fe. El territorio alcanzó una extensión formidable,
llegando desde Egipto hasta los actuales Pakistán y Afganistán,
pero las campañas contra los escitas y los griegos no fueron
tan fructíferas. A partir del siglo V a.C. Persia empezó a tener problemas con las colonias jónicas,
Darío sofocó las revueltas y mandó una expedición
de castigo contra los griegos, comenzando así las famosas
guerras médicas. El ejército del monarca persa sería
derrotado estrepitosamente en Maratón, y Jerjes, el hijo
que lo sucedería en el trono, lo sería igualmente
en Salamina y Platea. Pero por fortuna estos reveses no tendrían
demasiadas consecuencias para el reino, y las relaciones económicas
y culturales con Grecia continuarían.
Pero ya en tiempos de Artajerjes, las dimensiones
del imperio y la dificultad de mantener a raya las ambiciones
de los sátrapas, abrieron un periodo de inestabilidad en
el que los asesinatos de los monarcas se sucedían y las
revueltas surgían por doquier. Esta época de decadencia
y de guerras intestinas, que se prolongará hasta el siglo
IV, acabará cuando Alejandro Magno cruce el Helesponto
y derrote a los persas en Issus y Gaugamela, acabando así
con la dinastía aqueménida.
Tras la muerte de Alejandro, el
enorme territorio conquistado fue dividido entre sus sucesores
y a Seleuco I le correspondió la mayor parte de Persia,
pero su gobierno fue débil y a mediados del siglo III Bactria
se sublevó y consiguió la independencia. Simultáneamente
Partia, bajo el mando de los arsácidas, expulsó
a los seléucidas y estableció un imperio parto,
sucesor del antiguo imperio persa. Aunque nunca llegó a
tener la extensión que en su momento alcanzó la Persia aqueménida, fue un temible enemigo
para Roma que no comenzará a flaquear hasta el siglo II
a.C.
La dinastía sasánida,
digna heredera de la aqueménida, acabará con el
último rey parto y levantará un nuevo imperio de
las ruinas del poder parto y seléucida. Los sasánidas
resultaron ser a su vez formidables adversarios para los romanos,
que lograron sobrevivir tras la caída de Roma y constituir
un imperio de esplendor legendario en la época bizantina.
Gracias a una administración eficiente Persia
vivió una era de prosperidad en la que florecieron las
artes y las ciencias, siempre bajo una fuerte centralización
y un sistema de clases, con el zoroastrismo como religión.
La invasión árabe
acabaría con la supremacía persa. El islam pasaría
a sustituir a la antigua religión y el califato se instalaría
en el territorio del que siglos más tarde emergería
el moderno Irán.