Tras
la muerte de Pedro I en 1725, Rusia, convertida ya por aquel entonces
en una de las mayores potencias europeas, se ve sumida en un periodo
de inestabilidad.
En
medio de ese clima de revueltas nace el 2 de mayo de 1729 en la
ciudad alemana de Stettin (Szczecin, actual Polonia), Sophie Fredericke
Auguste von Anhalt-Zerbst, conocida más tarde como Catalina
la Grande y que será llamada a ser una de las figuras más
relevantes de la historia europea.
Hija del duque Anhalt-Zerbst,
la pequeña Catalina gozó de una exquisita educación
a la francesa que la familiarizó con la lengua, la cultura
y los principios políticos de aquel país. En 1745
contrajo matrimonio con el duque Pedro de Holstein, heredero al
trono de Rusia por ser sobrino de la emperatriz Isabel, y algunos
años después traería al mundo a su hijo Pablo,
que llegaría a ser también emperador. Sin embargo,
el temperamento de su marido, siempre inestable e iracundo, no
era bien recibido por amplios sectores de la sociedad rusa y Pedro
caería víctima de un complot de su propia guardia
imperial en 1762 y sería asesinado meses más tarde;
a decir de algunos, mandado ejecutar por la propia Catalina. Entronizada
aquel mismo año como emperatriz, Catalina fomentó
el proceso de afrancesamiento de su corte, y las ideas ilustradas
del país galo que comenzaban a hacer mella en Europa penetraron
en Rusia a través de la literatura, la música, el
teatro y de la estrecha relación mantenida por la propia emperatriz con personajes tan ilustres e influyentes como Diderot
o Voltaire.
Pero mientras este intento de
"europeización" se llevaba a cabo con el fin
de atraer la simpatía y ganarse el favor de otras potencias
del continente, los afanes expansionistas de Rusia iniciados con
Pedro I, continuaron militar y diplomáticamente de la mano
de Catalina. Así, apoyada por el príncipe Grigorii
Potenkim, reorganizó el ejército y emprendió
guerras contra el Imperio Otomano, conquistó parte de Ucrania,
Bielorrusia, Polonia, Lituania, Crimea etc. y se extendió
su influencia hasta el Mar Negro, el Caspio y los Balcanes.
No se puede dudar de que Catalina
fue una mujer fuera de lo común. Enérgica,
ambiciosa y decidida protectora de las artes y las ciencias, empleó
toda su astucia y sus hábiles dotes diplomáticas
en hacer de Rusia un país poderoso y culto, a la altura
del modelo que ella misma se había impuesto. Creó
escuelas para chicas y colegios de médicos, reformó
instituciones, fomentó la agricultura e impulsó
el comercio pero pareció olvidar que su pueblo llevaba
siglos de atraso respecto a Francia, y sus reformas jurídicas
inspiradas en Montequieu fueron un rotundo fracaso. Esta es la
paradoja que envolvió la política de esta mujer
inteligente y apasionada: mientras se dejaba fascinar por los
nuevos ideales que recorrían Europa y trataba de aplicarlos
a su país, manejaba con mano férrea los asuntos
de estado y reprimía cualquier intento de cambio dentro
de sus fronteras. Para asegurarse el apoyo de la nobleza, la colmó
de privilegios otorgándole tierras, siervos y títulos
mientras recrudecía el sistema de servidumbre (todo lo
cual chocaba abiertamente con los planteamientos ilustrados).
Los campesinos indignados, oprimidos y sumidos en la miseria se
rebelaron entre 1773 y 1775 bajo el mando del cosaco Yemelian
Purgachov. Antes de ser duramente reprimida por los ejércitos
imperiales, esta sublevación se extendió por la
cuenca del Volga y los Urales, y tuvo como consecuencia un endurecimiento
aún mayor de las medidas contra el pueblo. También,
contradictoriamente, reprimió la expansión del liberalismo
de puertas adentro y su política de centralización
fue tal que generó un enorme malestar entre las diferentes
nacionalidades del territorio.
La llamada Semíramis del
Norte tuvo además una vida privada de lo más peculiar.
Claro ejemplo de gobernante del despotismo ilustrado, supo rodearse
de una atmósfera cultural exquisita y llegó incluso
a escribir ella misma algunas obras como "El burlador
burlado"; pero simultáneamente, llevaba una vida
licenciosa llena de excesos en la que no faltaron numerosos amantes,
mucho de ellos militares a los que encumbró en su carrera,
como a Potenkim.
Catalina murió en 1796
en Tsarskoye Selo a la edad de 67 años, dejándole
a su hijo y heredero el zar Pablo I, una Rusia llena de contrastes
y tensiones pero más poderosa, bella y extensa de lo que
lo fue nunca. Gastó millones de rublos en la creación
de la colección del Hermitage, que aún hoy es una
de las joyas del país. Está enterrada en la catedral
de San Pablo, en San Petesburgo, donde vivió y reinó
esta extraordinaria mujer cuya vida merece ser equiparada a la
de los más grandes políticos y estrategas de la
historia.