El
tenebroso relato que extraemos de la prolifera bibliografía
existente en la actualidad acerca de la figura de Lucrecia Borgia
tiene su origen en la propia Historia y en el testimonio de algunos
personajes de la misma.
El terrible estigma de la niña
de los Borgia fue nacer a raíz de una relación tan
pecaminosa como resultó ser la existente entre el Papa
Alejandro VI y su amante Vanozza Catanei. La desdicha se agravaría
a partir de hechos como el de pertenecer a una de las familias
más corruptas de Italia o el que su vida transcurriese
en pleno corazón del Renacimiento cuando predominaban los
extremos, la suntuosidad y su latente violencia; cuando el esplendor
envolvía todas y cada una de las manifestaciones culturales,
políticas... italiana e, incluso, cuando eran harto comunes
los refinados crímenes para quitarse al adversario de en
medio; todos y cada uno de estos factores contribuyeron a crear
el mito negro hasta ahora conocido.
A medida
que iba cumpliendo años fue apoderándose de
ella una belleza...
Víctor Hugo contribuyó
a la leyenda al describirla como una de las mujeres más
terroríficas de la Historia, culpable de asesinatos por
envenenamiento, de incesto y muchas otras atrocidades que hasta
la fecha no han podido ser corroboradas; lo más interesante
es que de toda esa leyenda hemos rescatado el relato de otros
de sus contemporáneos quienes la vieron como una princesa
utilizada por su padre y hermano como moneda de trueque en pactos
políticos debido al enorme atractivo que proporcionaba
su situación social, su enorme belleza, su generosidad,
caridad y cultura entre la población masculina.
Si nos acercamos un poco más
a este "otro" personaje, a la Lucrecia bella, mecenas
de las artes y las letras, a la duquesa de Ferrara, a la madre,
hija y esposa; a la patriarca digna de altos designios de su alcurnia,
a la mujer, en definitiva, que erraría como cualquier ser
humano descubriremos como, de muy pequeña, fue separada
de su madre y su tía quien le procuró una sólida
formación intelectual y artística.
A medida que iba cumpliendo años
fue apoderándose de ella una belleza frágil, completamente
distinta al modelo rollizo al que estamos acostumbrados partir
de las obras pictóricas y escultóricas de la época
renacentista.
Con tal sólo 11 años ya la habían comprometido
dos veces, pero los acuerdos fueron anulados por Rodrigo. Cuando
éste se convirtió en Papa, la casó con Giovanni
Sforza, señor de Pesaro, en busca de una alianza con la
poderosa familia feudal que reinaba en la Lombardía y Milán.
A pesar de ello era considerada
una de las mujeres más guapas de Italia y muchos serían
los pretendientes ávidos de contraer con una de "los
partidos" más prometedores de la época (incluso
hablan las malas lenguas de su propio padre y hermano), pero fueron
las maquinaciones políticas de su propio padre las que
le llevarían a tener hasta tres maridos.
La primera boda se concertó
con Juan Sforza, sobrino del Duque de Milán cuando apenas
tenía 13 años y duró nada más que
dos escasos años ya que, tras trasladarse a Pesaro, el
propio Papa se encargaría de intentar liquidar al duque
mediante el burdo asesinato. Alertada por su propio hermano, Lucrecia
no dudó en poner en guardia a su esposo de forma que el
Papa no tuvo más remedio que quitárselo de en medio
anulando (a pesar de no ser verdad) el matrimonio a través
de la anulación de votos debido a la no consumación
de la unión.
Con el inesperado
embarazo de Lucrecia una vez sin marido y enclaustrada,
muchos fueron los...
La tristeza con la que recibió
esta noticia Lucrecia le hizo sumirse en un estado de depresión
y se enclaustró en un convento comunicándose únicamente
con su padre por medio de un mensajero.
Se dice que fue a raíz de este acontecimiento cuando surgió
el sórdido relato que rodeó a esta familia. Con
el inesperado embarazo de Lucrecia una vez sin marido y enclaustrada,
muchos fueron los rumores referentes a la paternidad del futuro
niño. Hay versiones que dicen que el padre era el mensajero
que se había hecho amante de la princesa (un tal Pedro),
otras dicen más bien que el niño era producto de
las supuestas relaciones que mantenía Lucrecia con su padre
o con su hermano.
Un segundo matrimonio se realizaría
con el príncipe de Aragón Alfonso de Biscaglie,
como estrategia de apoyo al Papa a partir de esta nueva alianza
con el Reino de Nápoles que terminaría siendo paradójicamente
adversa a los Borgia.
El príncipe Alfonso es apuñalado y al borde de la
muerte es la propia Lucrecia quien lo cuida y lo cura temiendo
más atentados contra su vida. A pesar de encontrar en este
hombre el que se dice que fue su verdadero amor, la ambición
de los Borgia de nuevo la dejarían viuda.
En el año 1501, Lucrecia
Borgia asume temporalmente la dirección de la Iglesia por
mandato de su padre el Papa Alejandro VI, quien debe ponerse al
frente de sus ejércitos para defender las tierras del Papado.
Alejandro VI otorgó a Lucrecia el título de Vicariesa.
A pesar de la férrea oposición de la Iglesia ante
este nombramiento, el hecho de que Lucrecia dominase el español,
el griego, el italiano, el francés, el latín y pudiese
escribir en todos esos idiomas fueron herramientas determinantes
para una espléndida gestión del cargo.
Las ambiciones políticas
de la familia Borgia harían concertar un tercer y último
matrimonio entre Lucrecia y, esta vez, el príncipe y heredero
del reino de Ferrara. Sería, por consecuencia, Alfonso
d'Este quien otorgaría el título de duquesa de Ferrara
a la cortesana. A partir de este momento, sus coetáneos
hablan de una Lucrecia buena como esposa y madre de cuatro niños,
aunque al mismo tiempo, mantuviera un romance platónico
con el poeta Pietro Bembo.
Con 22 años falleció
su padre y en su persona sufrió la terrible lucha por el
poder que muchas otras familias igual de corruptas mantuvieron.
El final de la familia Borgia como poderosos gobernantes llegaría
a su fin para pasar a una vida de retiro y de tristeza.
El fin de la platónica
relación de Lucrecia con el poeta le hicieron arrumarse
en el cuidado de su propios hijos en la ciudad de Venecia pero,
ante la negativa de su esposo, acabó sola enclaustrada
en un convento por un tiempo.
En estos años de su vida su marido le daría la estabilidad
añorada, el título de digna esposa del Duque de
Ferrara y un quinto hijo cuya alegría le duraría
apenas unos días ya que moriría poco antes de peder
ella la vida debido a una fiebre puerperal.