Podemos
decir sin temor a equivocarnos que nuestra civilización
occidental es deudora en su mayor parte del legado de Grecia.
El arte, la cultura y el pensamiento nacidos en esta pequeña
península se extendieron por todo el Mediterráneo
y por Oriente creando una civilización helenística
tremendamente rica, cuya influencia llega hasta nuestros días.
Unos dos mil años a.C.
mientras la civilización cretense estaba en pleno apogeo,
tribus indoeuropeas entre las que se encontraban los aqueos, invadieron
la península griega y fundaron diversas ciudades fortificadas,
como Micenas. La actitud belicosa de este pueblo le llevó
a conquistar en poco tiempo toda la península, las islas
del Egeo y Creta, extendiendo su influencia por todo el territorio.
En torno al siglo XIII, la rivalidad comercial
entre los aqueos y la ciudad de Troya en Asia Menor, acabó
desencadenando una guerra cuyo desarrollo narró magistralmente
el poeta Homero en la Iliada. Pero una nueva oleada de invasiones,
en esta ocasión los dorios procedentes de Macedonia, puso
fin a la cultura micénica ocupando el Peloponeso y las
islas. Fue éste el periodo en el que se empezaron a forjar las
ciudades-estado, completamente independientes unas de otras y
gobernadas por un rey, que sin embargo cedería el poder,
en torno al siglo VIII, a una elite de nobles guerreros.
Las ciudades-estado evolucionaron
a la vez que, por imperativos económicos, se fundaban multitud
de colonias en la península itálica y en Asia Menor
que derivaban en activos centros comerciales. Junto a la clase
aristocrática surgió una nueva clase de ricos mercaderes
que, poco a poco, fue tomando parte en el gobierno de la ciudad
hasta constituir una oligarquía. Además se redactaron
leyes escritas con los derechos y deberes de los ciudadanos. Así
surgieron las dos "polis" más importantes de
la antigua Grecia: Atenas y Esparta.
Esparta, dominada por una potente
elite militar y consagrada al culto a la guerra, sometió
entre los siglos VIII y el VI a.C. a prácticamente todo
el Peloponeso formando con las ciudades conquistadas la Liga del
Peloponeso. Atenas, por el contrario, se había volcado
en la consecución de una sólida democracia que sería
plenamente conseguida, tras los mandatos de Solón y Pisístrato,
con Clístenes, el cual consiguió que todos los ciudadanos
pudieran participar en el gobierno de la ciudad.
Mientas Atenas y Esparta imponían
su supremacía, Persia continuaba con su política
de expansión territorial sometiendo a las colonias griegas
de Asia Menor. El intento de rebelión por parte de éstas
ayudadas por algunas polis de la Grecia continental
fue el inicio de las llamadas guerras médicas. El primer
gran enfrentamiento tuvo lugar en la batalla de Maratón,
en el año 490 a de C. y fue resuelto por una clamorosa
derrota por parte de los persas comandados por su rey Darío.
Sin embargo, pasados diez años, su hijo Jerjes vuelve a
arremeter contra los griegos con una nueva expedición que
en esta ocasión acaba con la victoria persa en las Termópilas,
donde el formidable heroísmo de Leónidas y sus espartanos
ha pasado a la historia como ejemplo de valentía. Esto
posibilitó a Jerjes avanzar sobre el Ática hasta
conquistar y saquear Atenas, pero poco después sería
vencido por una coalición de griegos en la célebre
batalla naval de Salamina y obligado a retirarse. Al año
siguiente, en el 479 a. de C., las tropas que había dejado
para controlar los territorios bajo su dominio se enfrentaron
de nuevo a Grecia en Platea cayendo definitivamente
derrotadas.
Desaparecida la amenaza persa, el prestigio de
Atenas subió como la espuma y la democracia alcanzó
su mayor expresión con el mandato de Pericles, mientras
Esparta seguía con su política militar y su gobierno
oligárquico. La chispa entre ambas potencias no tardaría
en saltar y cuando en el 478 Atenas constituyó una liga
con las colonias griegas de Asia Menor, controlando así
todo el comercio del Egeo, Esparta reaccionó y aliada con
otras ciudades del Peloponeso, declaró la guerra a Atenas.
Tras una serie de enfrentamientos que incluyeron además
una terrible peste en Atenas que diezmó la población,
ambas potencias firmaron una paz en el 421 que no tardaría
en romperse tras el ataque por parte de Atenas a Siracusa, aliada
de Esparta. Los espartanos entonces se aliaron con Persia y consiguieron
vencer a los atenienses en torno al 404 a. de C., pero estas luchas
les habían debilitado mucho y finalmente acabaron sucumbiendo.
No sería hasta la llegada
de los macedonios al poder cuando se lograría la unificación
del territorio griego. Filipo II de Macedonia invade Grecia con su ejército y triunfa en la batalla de Queronea contra
una coalición de atenienses y tebanos, asumiendo más
tarde el control de la liga de Corinto. Pero sería su hijo Alejandro el que lograse someter y fundir a todos los griegos
bajo su mando y el que se propusiese extender la cultura helénica
hasta los límites del mundo conocido. Lucho infatigablemente
contra los persas logrando conquistar un enorme imperio pero la
muerte sorprendió al jovencísimo Alejandro en el
323 y su vasto territorio fue dividido en tres reinos: el de Macedonia,
el de los Seleucidas y el de los Ptolomeos de Egipto, que acabarían
cayendo en poder de los romanos.
Pero la influencia griega está presente hoy día en nuestra cultura en numerosos aspectos.
En Grecia vio la luz por vez primera la democracia,
que es la base del estado moderno y también nacieron allí
la poesía y el teatro. La búsqueda del conocimiento
se plasmó en la filosofía (Platón, Aristóteles...)
y en la ciencia, que destacó con disciplinas como la astronomía,
matemáticas, medicina, geografía o física.
También debemos agradecer a los griegos su legado en materia
de arte: la arquitectura, la escultura o la cerámica alcanzaron
unas cotas insuperables cuyos dictados en materia de armonía,
proporción y equilibrio han imperado miles de años
y aún siguen vigentes. La belleza arquetípica es
clásica, y el mayor exponente de clasicismo es y será la cultura griega.