Los
romanos, que culturalmente tenían un cierto sentido de
inferioridad respecto a los griegos, tomaron de ellos sin embargo
multitud de elementos que pasarían a formar parte de su
propia identidad.
Entre otros elementos el arte, la arquitectura, la filosofía
o la religión, transformándolos y adaptándolos
a sus necesidades para dar lugar a lo que conocemos como cultura
greco-latina que será una herencia de vital importancia
para la civilización europea.
La diferencia fundamental entre
Grecia e Italia es la mayor proporción de tierra fértil
de ésta última, que hizo de ella un territorio eminentemente
agrario durante toda su historia. Hasta el siglo VII antes de
Cristo, la zona estaba habitada por comunidades de pastores y
agricultores que se asentaron en las fértiles llanuras
que rodeaban el Tíber, pero a partir de ese momento los
etruscos comenzaron su dominación e impusieron un gobierno
más centralizado y con un carácter más urbano,
al estilo de las polis griegas. El de los etruscos era un pueblo
agrícola que, no obstante, había desarrollado una
importante fuerza militar que aprovechó para someter al
resto de las poblaciones y obligarles a trabar en sus granjas
mientras ellos se dedicaban así al comercio y a la industria.
Cuenta la leyenda que los gemelos
Rómulo y Remo, hijos de Marte, crecieron amamantados por
una loba y fueron los responsables de la fundación de la
ciudad de Roma en torno al 753 a.C. Inicialmente
bajo influencia etrusca, se estableció en ella una monarquía
durante la cual los sucesivos reyes ejercieron un gobierno despótico
con una férrea división social en "gens"
(familias) y plebe. Pero en el siglo VI los pueblos latinos se
rebelaron y acabaron derrocando a Tarquinio el Soberbio, instaurando
un régimen republicano en el que, no obstante, la aristocracia
siguió acrecentando su poder a costa del campesinado, aunque
los burgueses consiguieron ciertos derechos sociales y políticos.
Un pontífice máximo y dos cónsules asumieron
las atribuciones que anteriormente tenía el rey, asistidos
por ediles y cuestores y asesorados por el senado.
Ayudada por el derecho romano,
Roma extendió su poder por la península
italiana, ya fuera a través de alianzas o de conquistas
militares, manteniendo pese a todo su hegemonía política.
Derrotó a los samnitas (343-290 a.C.) en el sur y mas tarde,
tras someter a los cartagineses en las Guerras Púnicas, Roma se hizo también con la península
ibérica y con el Mediterráneo occidental. No tardaría
en extender su dominio así mismo por centroeuropa, Oriente
Próximo, Egipto y Grecia, asimilando arte, tradiciones,
religión..., y engrandeciendo así su propio patrimonio
cultural. Este afán expansionista estaba en parte motivado
por la escasez de tierras ante el empuje demográfico y
en parte por lo beneficios derivados directamente de la conquista.
Las provincias, bajo el mando de un gobernador, aportaban tributos
a la urbe pero conservaban sus leyes y jerarquías. Los
plebeyos consiguieron acrecentar sus poderes llegando incluso
a formar parte del senado, que era el órgano de mayor poder,
encargado de declarar guerras o establecer paces, y que fue el
impulsor de la política expansionista de Roma.
La crisis de la República
sobrevino en torno al siglo II a.C. debido entre otras cosas a
la vasta extensión del territorio romano, que ocasionaba
disputas políticas en el senado y a las desigualdades entre
la sociedad plebeya y los enriquecidos terratenientes. El largo
periodo de guerras civiles e inestabilidad acabaría cuando
Julio César se impuso como dictador, sentando las bases
del sistema imperial y siendo asesinado por ello el 15 de marzo
del año 44 a. C. Su sucesor Octavio César Augusto
se convertiría en el primer emperador y entre sus mayores
logros se cuenta el de pacificar los territorios del imperio,
iniciar grandes obras públicas o reformar el sistema impositivo.
Pero tras su muerte la relación de los siguientes emperadores
con el senado fue empeorando y su conducta moral se hizo cada
vez más discutible. Sin embargo, este es un periodo de
esplendor cultural y económico durante el cual el imperio
alcanzó su mayor extensión y que duraría
hasta la muerte de Aurelio.
A partir del año 180 d.C.
el vasto edificio de la Roma imperial comenzaría
a desmoronarse, el poder se fragmentaría y el ejército
reclamaría para sí mayores parcelas de influencia.
Diocleciano se vería incapaz de mantener la unidad y dividiría
el poder civil y el militar instaurando un sistema que se conoció
como tetrarquía, mientras Teodosio, ya en el siglo IV se
vería obligado a repartir el imperio en dos entre sus hijos,
estableciendo la capital del oriental en Constantinopla, la ciudad
fundada por Constantino pocos años antes. Por su parte, Roma fue sustituida como capital del imperio
de oriente por Rávena, lo que aceleró aún
más su caída. Sucesivas invasiones bárbaras
hacen mella en todos los confines del imperio (visigodos, vándalos,
hunos...) llegando incluso a saquear Roma. En
el año 475 Rómulo Augústulo, emperador de
la parte occidental, sería depuesto por Odoacro, un jefe
bárbaro que se proclamaría rey de Italia. El Imperio
Romano de Oriente, sin embargo, conseguiría perpetuarse
algunos siglos más, para desaparecer en 1453, cuando Constantinopla
cae en manos de los turcos.