Queramos
o no, un número, una palabra, una simple sucesión
de caracteres, al fin y al cabo, es la que protege nuestros intereses,
tanto en Internet como en el mundo físico. Y no hablo de
un "sí" o un "no", hablo de las
contraseñas, lo PINs y las claves. En un mundo cada vez
más comunicado y con más aparatos electrónicos,
todo el mundo maneja alguna contraseña para proteger sus
intereses. ¿Elegimos bien?
Tres de cada cuatro
usuarios utilizan siempre la misma clave cuando se registran
en portales de Internet.
No suele ser lo habitual encontrar
personas que guarden con celo su contraseña. Es más,
se despreocupan del todo de la importancia de que sea una clave
única y complicada de averiguar para terceras personas.
Las contraseñas más habituales que manejamos a diario
son el código de la tarjeta de crédito, el PIN del
teléfono móvil, la contraseña de nuestra
cuenta de correo, la contraseña de nuestra cuenta de banco
online, el foro que visitamos a diario, y todas las páginas
de Internet que requieren registro. Son demasiadas contraseñas
para retenerlas en la memoria, y por eso tendemos a repetir un
patrón, o a usar números o palabras repetidas. Pero
desde luego, el que use su fecha de nacimiento como PIN del móvil
o código de su tarjeta de crédito, debería
saber que es cuestión de tiempo que se lleve un buen susto
al comprobar el balance de sus ahorros. Cuando están en
juego datos vitales, esto no se puede permitir, pues existe un
número finito de posibilidades que con el tiempo suficiente
pueden ser probadas.
Una vez alguien ha averiguado
una clave, y consigue suplantar la personalidad de la persona
afectada por el robo de su contraseña, el ataque puede
llevarse limpia y discretamente, sin dañar ni forzar ninguna
estructura, por lo que pasa inadvertido por cualquier sistema
de seguridad que se posea.
Según desprenden varios
estudios, tres de cada cuatro usuarios utilizan siempre la misma
clave cuando se registran en portales de Internet, ya sea para
realizar compras en la Red, recoger de billetes de avión,
consultar el correo electrónico o realizar operaciones
de banca on-line. Los resultados, obtenidos a partir de casi 3.500
respuestas de internautas, revelan que la mayor parte de los españoles
utilizan siempre la misma clave en sus accesos a portales de Internet,
compras on-line... lo que sin duda es un riesgo para la seguridad.
Además, en la mitad de los casos estudiados la clave utilizada
coincide con el número PIN del teléfono móvil
y la tarjeta de crédito. Esto es una de las peores políticas
que se pueden poner en práctica con las contraseñas.
Si se repite en varias aplicaciones, si sólo una de ellas
posee alguna vulnerabilidad que permite a una tercera persona
robar la clave, todos los otros servicios que protejamos con la
misma palabra quedarán expuestos, y, de un simple problema,
el caso puede derivar en catástrofe económica.
Si alguien realmente se lo propone,
podría sacar la contraseña de la mayoría
de las personas que se marcara como objetivo, a no ser, que hayan
reflexionado un poco sobre el problema. No es tan difícil
elegir una buena contraseña. No es que deba ser algo así:
€&&5"3oopp&4, pues es necesario encontrar
un compromiso entre la facilidad para recordarla y su efectividad.
Si eligiésemos contraseñas de este tipo, acabaríamos
apuntándolas en un papelito colgado del monitor, y esto
puede resultar incluso más peligroso.
Existen técnicas mejores
para elegir claves, por ejemplo: mi.Clave@paraPortal-mundos.COM
Esta clave tiene muchas más letras que la anterior, lo
que se lo pone complicado a una máquina que intente usar
la fuerza bruta, mantiene un par de símbolos y otros tantos
números, siendo muchísimo más fácil
de recordar. Por supuesto, es necesario aplicar un baremo de complejidad
de la contraseña y los datos que protege. No será
lo mismo un foro que una gestión de compra on-line.
Lo importante pues, es la estructura
de la contraseña, más que la posible complejidad.
Combinar una estructura fácil de recordar, la longitud
adecuada, con caracteres simbólicos y números puede
ser lo más apropiado.
Lo mejor es utilizar reglas memotécnicas
para relacionar la clave con el lugar en el que la usamos, y añadirle
un toque personal. Pero con toque personal, no me refiero a ningún
"dato personal" como fecha de nacimiento ni lugar
de residencia, sino algo más exótico que sólo
nosotros conozcamos de nosotros mismos.
Existen programas que gestionan
claves y las almacenan en el disco duro, volviéndolas accesibles
como si de una base de datos se tratara. Estos programas están
bien, pueden resultar útiles, pero nunca es bueno concentrar
la seguridad en un punto, y si este software o el ordenador donde
se almacena queda expuesto, de nada servirá haber inventado
claves distintas para todos nuestros usos. Las contraseñas,
en la medida de lo posible, nunca deben permanecer en otro lugar
que no sea nuestra memoria. Si manejamos una cantidad tal que
nos obligue a recurrir a algún tipo de ayuda, es preferible
almacenarlas en un disquete cifrado, comprimido con contraseña,
o en ficheros ocultos... como siempre digo, todo dependerá
de la importancia que le demos a esta información.
No es tan
difícil elegir una buena contraseña.
Aunque, quizás pensemos
que nadie quiere robarnos, y que es bastante improbable que alguien
desee conocer nuestros secretos, hay que pensar que precisamente
este puede ser un motivo para volverse blanco de ladrones cibernéticos.
En principio eres una persona anónima, hasta que se descubre
que en realidad, eres un blanco fácil. A veces las víctimas
son escogidas al azar, según su nivel de preocupación
por el tema, a menor preocupación, más posibilidades
de éxito para el ladrón.
Elegir bien la contraseña
que se va a usar, en qué sistemas, y por cuánto
tiempo (pues de todos es sabido que una buena medida de seguridad
es cambiar de clave cada tres meses), es algo complicado, pero
también se lo pone poco más complicado los atacantes.
Si la importancia de los datos merece la inversión, no
hay que descartar instalar dispositivos de contraseñas
de un solo uso o sistemas biométricos. Para lo realmente
importante, las contraseñas son, en cierta manera, algo
del pasado.