Galileo
Galilei podía haber pasado a la Historia simplemente por
haber creado el primer termómetro en el año 1600,
al menos a él se le atribuye. Y es que desde siempre, es
razonable pensarlo, el hombre ha mirado al cielo, para saber si
el tiempo era o no benigno.
Y,
siempre, eso que llamamos el tiempo ha estado oscilando, sumergiendo
en la indecisión y en la duda hasta los más acertados
pronósticos; el tiempo parece tener la misión de
poner cierto orden en el desequilibrio que él mismo procura.
El tiempo se ha agitado siempre, y con solución de continuidad
lo seguirá haciendo.
Cualquier
día del año se puedan producir 40.000 tormentas
y 6.000 relámpagos sobre la Tierra.
Las cifras que
maneja la meteorología, en muchas ocasiones, tienen un
extraño acento a impacto, porque las magnitudes que les
acompaña, evocan el estupor y la sorpresa: "un rayo puede llegar a medir 32 kilómetros" o "un rayo
cayó el 23 de diciembre de 1975 en Zimbabwe, matando a
21 personas". Pero, el efecto del tiempo y de la meteorología,
en este caso de los rayos, no siempre tiene que tener un carácter
negativo. Es muy probable que los rayos contribuyeran a que existiera
vida en este planeta, ya que el impacto que provoca en el suelo
es capaz de atraer elementos que incitaron el surgimiento de la
vida. Roy C. Sullivan de nacionalidad norteamericana, y guarda
forestal de profesión, durante un periodo de treinta y
cinco años, desde 1942 hasta 1977, fue alcanzado y herido
nada más y nada menos que por siete rayos. No es que saliera
indemne, pues sufrió ciertos "trastornos",
tales como la pérdida de uñas, la quemadura de cejas,
hombros, pelo, piernas, un tobillo y el impacto de un rayo a la
altura del estómago. Muchos años atrás, en
la India de 1888, 246 personas murieron en el fragor de una sola
tormenta.
Las comparaciones suelen ser odiosas
y nunca obligadas. Aún así, conviene saber que un
tornado puede arrasar un edificio y dejar otro intacto situado
a 20 metros de distancia o que un géiser, el Waimangu,
en Nueva Zelanda, pudiera alcanzar en 1904 los 457 metros de altura,
altura superior a las famosas Torres Sears de Chicago. Hay cifras
que no tienen comparación alguna, como el hecho de que
cualquier día del año se puedan producir 40.000
tormentas y 6.000 relámpagos sobre la Tierra, y sólo
en Londres, pueden caer al año 4.200 rayos. O que el mayor volcán en activo, que se encuentra en Hawai, tenga 100
kilómetros de diámetro, o que el volcán más
alto en activo tenga una altura de casi 7.000 metros. Las explosiones
volcánicas, las erupciones volcánicas han tenido
efectos devastadores a lo largo de la Historia hasta nuestros
días. El intermitente monte santa Elena el 18 de mayo de
1980 entró en erupción. Se le pudo escuchar desde
350 kilómetros de distancia. La ceniza y el gas descendieron
rápidamente por la falda de la montaña, lo que provocó
la muerte de unas 60 personas. En 1883, en Indonesia, estalló
el volcán Krakatoa, lanzando rocas a una altura de 50 metros.
La explosión del volcán produjo una ola sísmica
que llegó a alcanzar los 40 kilómetros de altura,
y que llevó como consecuencia la muerte de 90.000 personas.
Lo imprevisible de algunos fenómenos
que se producen en el planeta ha obligado a establecer medidas
que aminoren los grandes males que, a veces, la meteorología
inflinge a su propia naturaleza. Un hecho ampliamente conocido
sirve de ejemplo: en las áreas de influencia de los terremotos,
los edificios especialmente diseñados pueden disminuir
de manera notable los efectos, no demasiado devastadores, de un
terremoto. Existen famosos edificios en muchas ciudades en forma
cónica, como el edificio TransAmérica en San Francisco,
EE UU. Y es que las paredes verticales no aguantan de la misma
forma que las de los edificios en forma piramidal.
La determinación de la ola más
veloz que se haya registrado nunca, que viajaba a 900 Km/h.
Y, en esto de la meteorología,
como en otros aspectos de la vida, también se encuentra
siempre lo mejor, lo más brillante, lo más grande.
Así, podemos encontrar multitud de ejemplos, como la determinación
de la ola más veloz que se haya registrado nunca, que viajaba
a 900 Km/h. La ola más alta que se llegado a mensurar,
se alzó frente a la costa de una Isla de Japón,
en el mes de abril de 1971, que llegó a alzarse hasta sobrepasar
los ochenta metros desde su línea de nacimiento. Es significativo
que en el idioma japonés exista una palabra para describir
las olas de origen sísmico, las conocidas como Tsunami,
olas capaces de provocar corrimientos de tierra y viajar, sin
variar el destino, atravesando cientos de kilómetros hasta
la colisión.
Estudiar lo que nos rodea, lo
que está junto a nosotros, es saber que en el cielo, en
la troposfera, hay tal cantidad de agua que si cayera, sería
capaz de anegar la tierra 1 metro, pero que sin embargo, permanece
ahí, sostenida. Estudiar lo que nos rodea es averiguar
que ahí afuera hay algo que hace que todo funcione con
equilibrios y desequilibrios que no dejan de ser producto y consecuencia
los unos de los otros, pero todos con certeza y con intención
regeneradora para que la vida siga funcionando.