Se denominan
rayos a todas aquellas líneas eléctricas, por lo
general líneas rectas, que parten de un lugar en el que
de manera natural se produce una forma de energía determinada.
Estas líneas
siguen la dirección a la que se dirige dicha forma energética
transmitida por el movimiento vibratorio del éter, del
vacío aparente.
En la Atmósfera
se produce el fenómeno conocido como ionización,
o lo que es lo mismo, que los átomos, las moléculas
o los grupos de moléculas adquieran carga eléctrica.
En el cielo, cuando se producen intensas corrientes de aire, los
pequeños trozos de hielo o las gotas de agua chocan entre
sí, provocando el surgimiento de partes cargadas positiva
y negativamente, esto es, contrapuestas.
Al rayo también se le denomina
"exhalación" o "centella". Cuando la
descarga se produce entre dos nubes o entre dos lugares distantes,
pero dentro de la misma nube, también recibe el nombre
de relámpago. La palabra relámpago proviene del
idioma griego y su traducción exacta o literal es "brillo".
Habitualmente, se conoce como "relámpago de calor"
al fenómeno que se produce cuando las descargas se producen
en el interior de una nube o en el espacio que queda entre dos
nubes que se encuentran próximas, generalmente esto ocurre
en épocas estivales. Lo que ocurre es que en ciertas ocasiones
no se trata de relámpagos en el estricto sentido de la
palabra, si no que se trata de una especie de reflejo que se produce
en las nubes a consecuencia de una descarga producida en un lugar
distante.
Existen fenómenos catalogados
y perfectamente reconocibles, quizá por la asiduidad con
la que se contemplan. Es un ejemplo de este hecho la llamada "luz
de los Andes"; descarga sin sonido que se puede observar
en las altas montañas. La causa que conduce al fenómeno
silencioso es la baja densidad que se puede registrar en el aire.
Lo que lleva a los electrones (las partículas elementales
más ligeras que forman parte de los átomos) a alcanzar
una gran aceleración y llenar el paisaje del camino que
recorren con una gran luminosidad blanca. Luz que puede llegar
a alcanzar fácilmente los dos o tres kilómetros
de altura.
Un rayo o un relámpago
no es otra cosa que electricidad, es decir, un agente constitutivo
de la materia que se presenta en forma de electrones y protones,
los primeros negativos y los segundos positivos. La corriente
por la que circulan dichos electrones y protones es lo que se
conoce como corriente eléctrica.
Un rayo representa un resplandor muy vivo, de gran intensidad
e instantáneo que se produce, como todos los fenómenos
meteorológicos, en la Atmósfera, entre dos nubes
o por debajo de ellas.
Lo que nos parece una descarga cuando contemplamos fijamente o
de reojo la luminosidad de un rayo, en realidad son, o pueden
ser, dos, tres y hasta cuatro descargas. La ausencia de discriminación
ante este hecho ocurre porque su velocidad es tan elevada que
parece una sola proyección cuando lo que ante nuestros
ojos se percibe es una sucesión única e instantánea,
así es para el ojo humano.
De forma común y comúnmente
admitido, se utiliza tanto la palabra relámpago como la
palabra rayo para designar lo que sin duda es una descarga eléctrica
de enorme intensidad.
El hombre es capaz de producir,
de forma artificial, la generación de rayos, entendidos
como producto meteorológico. Estos rayos creados por el
hombre pueden alcanzar sin demasiada dificultad los quince millones
de voltios (la unidad de potencial eléctrico, basada en
el sistema en que se basa el metro o el kilogramo, por ejemplo).
Lo que hace que veamos la luminosidad
que antes quedaba mencionada es la exposición o el choque
de las sucesivas descargas eléctricas contra los gases
que se encuentran en la Atmósfera.
Los sonidos que se pueden escuchar y que producen los relámpagos
pueden mostrar distintas características; pueden ser graves
o agudos. Por regla general, los sonidos más agudos suelen
ser absorbidos por el aire, mientras los graves no. Es por ello
que si el observador se encuentra en un punto próximo al
lugar en que se produce el fenómeno lo que perciba será
una especie de crujido o chirrido que prosigue al fogonazo de
luz. A mayor alejamiento, el sonido que llega gana en gravedad,
hasta poder producir una sensación de retumbe o estallido
profundo y distante.
Quedó demostrado por el
físico francés A. H. Louis Fizeau que la luz se
propaga a casi trescientos mil kilómetros por segundo.
El sonido, lejos de eso, se puede propagar a distinta velocidad
en función de la temperatura que en ese momento tenga el
aire. Así, a 0º C el sonido se traslada a unos trescientos
treinta y un metros por segundo. Si se incrementa la temperatura
también se puede incrementar la velocidad que alcanza el
sonido. Si la temperatura del aire se eleva en veinte grados centígrados,
la velocidad puede aumentar en trece o catorce metros por segundo
por encima de la medida a 0º C.
Es por estas diferencias que aún produciéndose al
unísono el golpe de luz y el golpe de sonido, para la percepción
de un observador, se contemplará con antelación
el fenómeno luminoso. Si el observador quiere conocer la
distancia a la que se encuentra respecto de la tormenta que provocan
los relámpagos, no tiene otra cosa que realizar el cálculo
en función de las medidas a las que se propaga –luminosas
y sonoras– el fenómeno. El sonido tarda unos tres
segundos en recorrer un kilómetro de distancia, mientras
que la luz se propaga, a nuestra percepción, de forma casi
instantánea.