Contra
lo que a priori podría pensarse, no solo se considera desertificación
al aumento de la extensión de los desiertos que existen
en la Tierra.
Por contra, también
se considera como desertización al proceso regular y continuado
por el que las tierras fértiles se degradan en tierras
áridas y en lo que se llaman tierras semiáridas
y subhúmedas secas. Así lo considera la Secretaría
de la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra
la desertización, quien se encarga de poner los medios
para estudiar y ofrecer soluciones a este problema medioambiental.
Causas e implicaciones
El proceso de desertización es un proceso lento y gradual
que, de algún modo, va minando la productividad del suelo,
haciendo más delgada la cubierta vegetativa de aquél.
Dos son las causas que conducen a la desertización de áreas
fértiles, de un lado, la actividad de los seres humanos
y, de otro, los continuos cambios y variaciones de las condiciones climáticas.
En el pasado, este proceso no era de gran importancia, ya que
las tierras, tras prolongados periodos de sequía, se recuperaban
con facilidad. En la actualidad, los suelos pierden su productividad
–biológica y económica– con mucha rapidez.
La razón se encuentra en que la capa superior del suelo,
al recibir un trato inadecuado, al ser trasladada por el viento
y las lluvias en cortos periodos estacionales, tarda cientos de
años en constituirse. Los cultivos y el pastoreo inmoderado,
malas técnicas de regadío o regadío insuficiente
y la deforestación son las principales causas de la degradación
de los suelos. Algo que está sucediendo en todos los continentes.
Otra causa que opera en sentido negativo se encuentra en los desastres
naturales, como largos periodos de sequía, crecidas de
ríos o ciclos de lluvia demasiado prolongados, que son
inevitables y, aunque en algunos casos predecibles, poco se puede
hacer ante ellos, al menos de forma efectiva. Inevitables son,
por desgracia, otros hechos que contribuyen de forma indirecta
a que el suelo se vea afectado a cambios. Se señala a las
guerras o situaciones que movilizan gran cantidad de población.
Un estudio relacionado con la incidencia de las guerras que se
desarrollan en el mundo, apuntaba que en el año 1.994,
el 50 por ciento de los conflictos armados "había
factores causales medioambientales característicos de tierras
secas".
El desconocimiento del medio ambiente ha causado daños
graves al suelo en multitud de ocasiones, como el uso incorrecto
de arados, ejemplificado en lo que se conoce como el "desierto
de polvo", "dust bowl", que en los años
treinta del siglo XX aconteció en Estados Unidos, cuando
los agricultores de estados centrales utilizaron arados utilizados
en latitudes de Europa occidental, de características distintas.
Ese tipo de errores parece muy común, tanto en países
en vías de desarrollo y como los desarrollados, algo que
conduce a la degradación del suelo.
Para Naciones Unidas, la desertización es tanto una causa
como un efecto de la pobreza. De una parte, porque en muchos lugares
del mundo, la pobreza, obliga a sobre explotar las tierras para
la obtención de alimento y por extensión su fuente
de vida, teniendo en cuenta que la tierra –la agricultura–
es el único medio de vida en muchos lugares del planeta.
Ese sobre aprovechamiento encarece las cualidades de los terrenos,
al verse sometidos a ciclos acelerados de explotación.
La población se ve avocada a emplear los espacios de cultivo
a corto plazo, apremiados por la subsistencia. De otro lado, la
falta de alternativas en la fuentes de energía para el
abastecimiento de las zonas más deprimidas, también
conduce a la desertización. Se estimaba que en Zambia,
a finales del siglo pasado, un 70% de la fuentes de energía
provenían de la leña, lo que condujo a la masiva
deforestación de muchos bosques. Según fuentes del
Agricultural Statistical Bulletin, Policy and Planning Division,
se confirmaba que en el albor del siglo se habían deforestado
más de un millón de hectáreas solo en Zambia,
y solo contando el periodo comprendido entre los años 1989
y 1990.
Por lo tanto, la pobreza como causa y efecto debe ser afrontada
para evitar que, como proceso, siga afectando al medio ambiente,
y no ya solo en los países que se ven afectados por problemas
económicos, ya que el medio ambiente no conoce fronteras.
Incluso los países cuyas economías no dependen de
la agricultura y son considerados ricos tienen este problema.
Así, Estados Unidos, tiene afectados alrededor del 30 por
ciento de sus tierras por la degradación. En España,
se calcula una cifra muy similar, aunque como riesgo de alcanzar
la desertización. La suma de todas las tierras en peligro,
en el mundo, alcanzaban también el 30 por ciento, según
datos de la Organización de Naciones Unidas. Como era de
esperar, los resultados relativos al continente africano son los
más negativos.
De
tal manera que dos terceras partes del mismo en la actualidad
ya son tierras secas o llevan camino de convertirse en terrenos
desérticos. El problema se agrava cuando se repara en que
la población de dichas tierras, depende de forma directa
de las cosechas, ya sea para alimentarse o proporcionar los medios
necesarios para conseguir energía, como se apuntaba anteriormente.
Datos numéricos
La desertización, además de al medio ambiente, afecta
a las personas. Se calcula que unos 250 millones de personas lo
padecen de forma directa y unos 135 millones deberán desplazarse
de su lugar de residencia al no encontrar medios con los que subsistir.
Cada año, cerca de un millón de mexicanos cruzan
la frontera hacia Estados Unidos, dejando atrás sus campos
secos. En África occidental lleva décadas produciéndose
una masiva migración hacia lugares costeros. Ya en 1997
se multiplicó la población, calculándose
que en el próximo año 2020 se alcancen los 271
millones de personas. Se estima que entre los años 1.997
y 2.020, un total de 60 millones de africanos subsaharianos están
abandonando, y abandonarán, sus tierras desertificadas
rumbo al norte.
Está, por otro lado, confirmándose que año
tras año opera una clara correlación entre migración
y pobreza. Una cuestión que tiene como punto común
y de base el desgaste medioambiental, algo que corroboraba un
estudio del Instituto Natural Heritage.