El Sol
es una estrella ordinaria (en relación con el resto de
estrellas del Sistema Solar) que según las previsiones
ha consumido la mitad de su existencia vital.
Es la fuente primaria
de vida, pues aporta luz, calor y energía para la Tierra.
Quizás por esa razón, todas las civilizaciones primitivas
lo consideraron una divinidad a la que rendir pleitesía.
Los egipcios le llamaron Ra, y pensaban que cada mañana
nacía para ser transportado por el cielo en una barca.
Al final del día, moría, para renacer a la mañana
siguiente. Para la antigua Civilización griega, el Sol
era el dios Apolo, que conducía un carro de fuego a través
del cielo.
Ya en la Grecia
antigua, 2.500 años atrás, se preocuparon por estudiar
la naturaleza de la estrella que dominaba el firmamento. Entre
otras cosas, intentaron estimar su tamaño, la distancia
a la que se encontraba de la Tierra y observaron perplejos el
fenómeno físico que se producía tras un eclipse.
No andaban desencaminados en sus teorías (como la apreciación
de la forma esférica de la Tierra a partir de la observación
de eclipses, aunque no fuese hasta el siglo XVII -con las observaciones
telescópicas- cuando se aceptase la tesis expuesta por
los griegos, que partía del sentido común). En los
últimos tiempos, la Ciencia evolucionada, ha sido capaz
de evidenciar ciertos datos a través del estudio histórico
comparado de los eclipses solares y las mareas. Sobresalen, centrando
el argumento, dos datos: de un lado, se ha puesto de manifiesto
que los instantes y localizaciones de los antiguos eclipses no
son del todo consistentes con el movimiento de la Luna y la rotación
de la Tierra en la actualidad. Gracias a los eclipses se sabe
que la relación entre la Tierra y la Luna, a consecuencia
de las mareas, consigue alejar a ambos cuerpos a un ritmo aproximado
de 4 centímetros por año. Además, crece el
tiempo que la Tierra emplea en dar la vuelta diaria sobre sí
misma, alargando los días a razón de 0.002 segundos
cada cien largos años, algo casi imperceptible, pero constatado.
De otro lado, gracias a los eclipses se ha corroborado la Teoría
de la relatividad de Albert Einstein. Según esta teoría,
los rayos de luz se desvían al pasar cerca de un cuerpo
de gran masa como el Sol. Efectivamente, al observar la posición
de estrellas situadas en las proximidades del borde del Sol durante
un eclipse se comprobó el desplazamiento de sus posiciones
habituales cuando el Sol no está cerca de ellas.
Un eclipse solar sucede cuando
la Tierra atraviesa la larga sombra proyectada por la Luna en
el espacio. Un eclipse de sol solo se puede producir en el caso
de que la Luna esté en fase de Luna nueva.
Ateniéndonos a los datos numéricos, para que se
produzca un eclipse lunar, el satélite debe estar cerca
de uno de sus nodos o en ellos exactamente. Si el ángulo
entre la línea de los nodos y el Sol o la Luna es mayor
que 18º 31´ no puede haber un eclipse solar. Por otra
parte, pasan muchos años para que un eclipse de estas características
pase por el mismo punto geográfico.
Tipos de eclipse solar
Tres son los tipos de eclipse
solar, al contrario de lo que ocurre con los eclipses lunares,
que solo conocen dos formas en su tipología.
Eclipse
total: se produce cuando se dan todas las características
antes reseñadas, esto es, cuando sobre el firmamento se
puede observar Luna llena, y ésta atraviesa la sombra de
la Tierra.
Eclipse
parcial:
este tipo de eclipses suceden cuando el Sol o la Luna no se han
oscurecido totalmente por la sombra proyectada. Esta situación
no se produce en tanto en cuanto no se dé una alineación
y conjunción exacta de los cuerpos.
Eclipse
anular: este tercer tipo de eclipse se produce solo en
eclipses de Sol. Se puede observar en el momento en que la Luna
se alinea con el Sol, pero su disco es demasiado pequeño
como para ocultarlo por completo. De tal manera que se puede ver
el borde amarillento del Sol sobresalir en forma de anillo brillante
alrededor de la Luna. Este tipo de eclipse se produce debido a
la distancia que separa la Luna de la Tierra, que en estas ocasiones
es mayor que la longitud del cono de sombra que produce la Luna,
de modo que la sombra cónica no llega a ningún punto
de la superficie terrestre.
Duración
y secuencia
En un eclipse solar la sombra
de la Luna cruza la Tierra a una velocidad cercana a los 3.000
kilómetros por hora y la "umbra" (la parte
oscura y con forma de cono proyectada) sigue una trayectoria sobre
una parte de la superficie terrestre. El eclipse que más
tiempo duró tuvo lugar el 20 de junio de 1955, con una
duración exacta de 7 minutos y 8 segundos. Un eclipse total
empieza con la intrusión del disco de la luna en lado occidental
del Sol, oscureciendo de manera progresiva un área cada
vez mayor. Transcurrida una hora desde el comienzo se alcanza
la totalidad, el momento en el que la intensidad de la luz cae
al nivel del crepúsculo y se hacen visibles la corona y
la cromosfera. Acto seguido, reaparece la fotosfera (atmósfera
luminosa del sol), produciendo el efecto conocido como "anillo
de diamantes", ese efecto resultante de los primeros rayos
que emergen desde la oscuridad.
Según fuentes de la NASA
(National Aeronautics and Space Administration) durante el año
2004 se podrán contemplar dos eclipses solares. El primero,
que será un eclipse parcial, podrá ser visto el
19 de abril desde el Hemisferio Sur, en concreto desde Suráfrica
y una parte de la Antártida. El segundo, también
parcial, se producirá el 14 de octubre y sólo será
posible contemplarlo desde el Hemisferio Norte del Planeta: desde
el Noroeste de Asia, el Océano Pacífico y algunas
zonas de Alaska. En el año 2005 se puede contemplar otros
dos eclipses solares, uno de ellos será visto por la casi
totalidad del continente americano, exceptuando Canadá.
El segundo de ellos, fechado para el día 3 de octubre,
y que será anular, podrá ser visto en la práctica
totalidad de Europa, todo el continente africano y parte de Asia.
Según los cálculos, su duración rondará
los cuatro minutos y medio.